Capítulo 45
El panorama profético de Arzon se había cumplido tal como el lo había dictado. Eran las doce del mediodía y George ni se molestó en presentarse. Desde la cima más alta de la isla, el demonio mayor dio la espalda al mundo para regresar hacía su escondite.
La oscuridad y densidad de las neblinas confundía hasta el más capaz de los exploradores. Si es que este llegaba con vida, se perdería caminando en círculos hasta que el viento hiciese su trabajo. Nadie nunca había logrado encontrar el escondite del anillo, pues tras las robustas nubes de nieve se escondía el cuartel principal de este. La base de operaciones secretas de la organización, se cubría bajo la fachada de un gran castillo victoriano, el cual había sido degradado por el tiempo y el hielo.
Al ingresar, el demonio se dirigió sin más hacía la cámara de los experimentos. Avanzo sin mirar a ni uno de sus experimentos hasta el fondo del salón. Frente al panel de control, dejo levitando su dedo. De la yema emergía un suave liquido color púrpura.
Al gotear sobre el panel, este reaccionó identificando la muestra. Un brazo de aguja se elevó sobre el cristal y absorbió la sangre cuidadosamente.
En cosa de segundos, los tubos, cables y luces del salón temblaron en un leve remezón. Desde el techo emergía la prisión cristalina que trajo el cuerpo de Arzon a la vida. Al abrir sus puertas, entre la fría niebla caía arrodillado un nuevo clon.
-Tienes suerte de que haya salvado un poco de tu sangre, Koragg.
Un nuevo clon del maestro yacía inerte sobre sus piernas. Este estaba vivo, pero era totalmente inconsciente de ello.
-Siempre creí, por mucho tiempo que yo era tú mano derecha. ¿Cómo crees que me sentí cuando me enteré de que Greg, ese incompetente, era mejor candidato que yo?
El demonio serpiente se acercaba a paso lento hacia su victima.
-Ese imbécil no tuvo la desdicha de lidiar con tus caprichos, tus rabietas, tu personalidad cambiante...
El aire atravesaba el cuerpo hueco del maestro, un cuerpo gris y petrificado.
-Teníamos sueños, Koragg. Objetivos que solo tu y yo podíamos lograr juntos.- Arzon mostraba frente a él, el viejo libro de cuero marrón -Pero tomaste tu decisión. Te volviste un ser asqueroso y decidiste abandonarme, incluso luego de todo lo que hice por ti...
Arzon sujetaba del rostro del clon, contemplando su mascara en total detalle.
-¿Por que harías algo así? Claro, ya se por qué. Recuerdo bien lo que dijiste ese día, "los humanos me corrompieron. Ellos crearon lo que soy ahora. Ellos deben sufrir". Que lindo...
El demonio sin escrúpulos sobre su juicio, atravesó con sus garras el rostro del clon. Enfurecido, sujetaba de su mascara mientras su cara se caía a trizas.
-Patrañas... ¡Patrañas, patrañas, patrañas, patrañas, patrañas, patrañas! ¡¡Patrañas!! ¡Tu debes sufrir! ¡¡Tu eres quien debe pagar!! ¡¡¡Tú!!!
Arzon recuperaba el aliento de tanto gritar, aun clavado con firmeza en la cara de su amigo
-Creí que podría convencerte de cambiar, de que yo era la persona más indicada. Pero a estas alturas no eres más que una roca en mi camino. Te he superado con creces, y te diré lo que haré con semejante poder.
El demonio comenzó a jalar de la mascara, la cual arrastraba consigo el rostro del clon.
-Voy a cumplir con todas las promesas que me fallaste, pero lo haré a mi manera. Ya no ningún tengo motivo para complacerte.
La mascara del maestro comenzaba a despegarse de cabeza, revelando bajo esta un vacío indiscernible.
-Solo no olvides una cosa. Yo siempre estuve ahí.
Y al plantar su ultima amenaza, Arzon despojó al clon de su rostro. La mascara del maestro era finalmente suya. Un enorme hueco se extendía por toda su cara, dejando que el viento silbara sus melodías en él.
Arzon removió con enojo las escamas incompletas de su rostro, su poder ya no era ni una fracción de la que él creía que era. Ahora que había reclamado la mascara del maestro, se aseguró de que nadie más volviese a pisotearlo.
Sobre el panel de control envió ordenes y comandos, era momento de dar inicio al fin del anterior mundo. Un gran trono oscuro se levantaba tras sus espaldas, con telones rojizas que caían cubriendo el salón.
Con la tecnología a su disposición, ordenó a la máquina invadir todas las señales del mundo sombra, tomando de rehén a los canales televisivos, radios y toda pantalla existente.
En la ciudadela los demonios estaban sorprendidos, contentos,
horrorizados y desconcertados. Su maestro había regresado de la ultratumba, no sabían si lo que presenciaban era real o una broma de mal gusto. Sin embargo, este quiso inspirar confianza dejando ante todos un importante mensaje.
-Saludos, habitantes del mundo oscuro. Soy su maestro
Koragg, maestro numero cinco del gran parlamento de las sombras. Me comunico hacia ustedes sano y salvo desde mi escondite en las instalaciones del
Anillo Escarlata. Mi muerte fue un truco para llevar a la justicia al comandante Gregorio, quien no solo planeó asesinarme con años de anticipación, sino que
ahora también está aliado con su hija, la conocida rebelde "Tamara". He formado una alianza con el anillo para acabar con ellos y al fin reclamar la
superficie para ustedes. Se muy bien cual es mi historial con esta organización, pero ahora
no podemos contar ni con nuestras propias fuerzas para ganar. Esta alianza es necesaria para nuestra supervivencia. Si eres un verdadero
residente de la ciudadela oeste, o de cualquier parte del mundo, toma tus armas y ven a la cima de la montaña más alta en Isla Frontera. Nuestra
invasión comenzará desde allí. Tienen 4 horas para presentarse, no me fallen.
La transmisión cerró abruptamente, desplegando en
todo el mundo un conteo para la guerra final. Las noticias, la radio y demás
medios no tenían forma de recuperar su puesto. No había forma de hacer oír sus
sospechas, ni forma de rastrear quien había pirateado su señal.
Arzon al terminar su cometido, se levantó a caminar en
dirección a la azotea, observando con orgullo que era lo que se escondía tras
las sombras. Era un gigantesco árbol, radiante de vida y salud. Bajo su tronco
se extendía una enorme pradera de pasto y flores. A sus alrededores, se alzaban
las casas de adobe formando un simple y pequeño pueblo rural.
Pronto, el demonio mayor sabría que vería su sueño
hecho realidad. Sin nada más que hacer, regresó hacia al cuartel, donde esperó
pacientemente la llegada de su ejército.
Mientras los deseos y maquinaciones de Arzon
se formaban en realidad, Teru y su compañero emprendían un viaje de
destino secreto y motivaciones difusas. Caminaban juntos por un puente de solo
tres cordeles, manteniendo el balance y la calma ante lo que les esperaría
abajo.
El chico observó con temor quien le observaba sobre su hombro. Sobre la ladera de la montaña posaba una enorme y alada criatura de nieve, cuya mirada le atravesaba hasta el alma.
Al otro extremo, estaba el inconcluso cuerpo de una columna; una montaña tan larga que se perdía entre la neblina. Su distracción le hizo casi perder el equilibrio, a lo cual el ninja respondió molestado.
-Sigues distraído.
-Lo siento.- Teru recobrara su postura con calma. El ninja seguía dando pasos con sigilo, mientras su compañero solo estaba estancado. El chico miró a las alturas bajo sus narices, esperando una respuesta o algo que le diera la razón en aquel momento de crisis. Aunque sabía que lo que obtendría no le gustaría.
-...Oye, respóndeme una cosa.- Dijo J queriendo saber más de lo que le acomplejaba -Tú peleas con demonios todo el tiempo, ¿Por qué
esto del niño y Arzon es tan diferente?
-Porque peleo para defender a la gente, eso lo que
hago.
-Eso es admirable, pero solo eres tu y tu amiga contra el mundo, y ambos son muy jóvenes como para preocuparse de perecer ¿no crees?- J intentaba seguir con su camino. Teru se quedó pensativo por un momento, viéndole las espaldas.
Se había quedado atrapado entre las enredaderas de sus dilemas. Sentía que debía seguir peleando porque tenían las habilidades para hacerlo, que quería proteger a aquellos que no podían protegerse, pero al mismo tiempo, que quería que todo acabara y al fin pudiese descansar. Quería volver a su universidad, graduarse, quizá tener una familia y una casa.
Él sabía perfectamente que podía escoger ambas, pero manejar una doble vida le iba a costar caro. Un paso en falso bastó para hacerlo resbalar, hundiendo su cuerpo en las ventiscas de la montaña y el interminable vacío bajo él.
Se colgó firmemente de la cuerda, pero la tensión hizo
que su compañero cayera junto a él. Ahora, ambos se suspendían por el aire en
una sola mano.
El ave guardián de las montañas, quien los estuvo
observando todo este tiempo, tomó la oportunidad que se presentaba ante él. El
ninja tenso e irritado, estaba listo para regañar al chico, pero sus intenciones se vieron interrumpidas por el agudo rugir de la bestia alada.
La enorme criatura de ojos rubí volaba en círculos
sobre ellos, decidiendo quien sería su primera presa. Rápidamente, abrió sus
zarpas en dirección al ninja, quien de una patada desvió al monstruo lejos de él. A pesar de ello la criatura aún no se rendía, pues intentó atacar de la misma forma a Teru. Este sin
embargo la esquivo columpiándose con la cuerda.
-¡No hagas eso o caeremos!- J estaba
inestable -¡Al otro extremo, rápido!- Y con ambas manos el ninja comenzó a
avanzar. Teru le siguió de la misma forma, pero la bestia alada quería su presa a
toda costa. Volvía a atacar, y el chico sin saber qué hacer, esquivó su zarpada abrazándose contra la cuerda.
La fuerza la hizo tambalear, haciendo que J poco a
poco perdiera el agarre. Molesto volteó a mirar a su compañero, quien solo pudo
corresponderle con una sonrisa nerviosa. El ninja siguió pateando y luchando
contra la criatura apenas se le acercaba. Esta ya se había aburrido de jugar con J, y cuando llegó el turno de Teru, esta se
lanzó para estrellarse contra su cuerpo.
El chico había vuelto a colgar de sus manos, pero esto le costó a J todas sus fuerzas. El ninja ahora contaba con solo sus dedos para sobrevivir.
La bestia volvió a sobrevolar las cabezas de los chicos, estaba planeando su siguiente ataque. El ninja pasó del enojo al terror. Intentó llamar al chico, pero cada vez que intentaba avanzar, la criatura cruzaba frente a él como un feroz dardo. J pensaba en la perdición, no había forma en la que pudiesen salvarse.
El fatídico pensar del ninja se volvía una
inminente verdad, cuando la bestia se posó firmemente sobre sus dedos. Lo miró fríamente con sus ojos rojizos, sembrando una sensación de superioridad
ante su víctima.
Con sus garras presionó contra los dedos de J, liberando cada uno de la
soga directo a la perdición. Cuando dos dedos quedaban ya, la bestia
impacientemente los mordió, dejando a J a manos del vacío.
La emergencia hizo que Teru llamase a su demonio, quien recubrió su cuerpo en una capa de zafiro. Su palma quemó él extremo de la
cuerda, creando una liana que poco a poco lo acercaba hacia su amigo. La criatura alada descontenta
voló en camino hacia el demonio, creando entre ellos un triángulo de sucesos y acciones.
El chico firmemente sujetó la mano del ninja, y a
punto de alcanzar el máximo de su arco, soltó de la vaina en dirección a la montaña.
J temía por la sanidad mental de su compañero, pues estaban por estrellarse contra hielo
puro. Sin embargo, Teru hinchó su pecho en una radiante luz azul, y escupió fuego
contra la barrera.
Se creó un estrecho túnel de topo, en el cual Teru y
su compañero se deslizaron con velocidad, encajando perfectamente. J se
sujetaba de las paredes con todas sus fuerzas, observando como la bestia
alada intentaba meter su hocico y garras dentro del hueco. Al ver que no obtenía resultados, se marchó
chirreando en enojo, perdiéndose entre la niebla que alguna vez lo invocó.
-Sujétate.-
Dijo Teru prendiendo fuego a sus garras. Excavó el hielo
volviéndolo vapor al tacto. El túnel se extendió hasta formar una curva,
la cual condujo a ambos chicos a la superficie.
Desenterraron sus cabezas en la nieve, respirando de grandes bocanadas. Al liberar sus cuerpos, observaron que su misión había sido cumplida: cruzaron hacia la ladera de la montaña más alta. Sin embargo, aún quedaba mucho camino por recorrer.
J a pesar de seguir con vida, estaba
descontento con los resultados de la misión. Sin decir ni una palabra, se encaminó en el sendero
hacia la cima. Teru le siguió tras de él, recobrando su forma original.
-Oye...- El chico había notado la expresión de su
compañero.
-Solo sígueme. Quiero mostrarte algo- El ninja hacía su mejor esfuerzo por mantenerse paciente. Siguió su camino sabiendo que tras sus pisadas
le acompañaban las de Teru. El camino hacia las instalaciones del anillo no
era algo fácil, y el ninja sabía que su compañero no sobreviviría de esta forma.
Mientras la subida a la montaña se desenvolvía, a
nivel del suelo Tamara se sumergía en la latitud más baja de la isla. Se
encontraba sí misma en un lugar donde la luz del sol apenas penetraba, pero la
oscuridad tampoco prevalecía; era el reino de nadie.
La chica se estaba abriendo paso entre la hierba alta,
leyendo cautelosamente el mapa que le fue confiado. Si sus cálculos eran
correctos, debía toparse con un gran cañón dentro de poco.
Y tal como si fuera una profecía, Tamara creía percibir algo a la distancia. Eran techos de hogares, junto a postes y cables de luz. Todos se alzaban sobre su cabeza como adornos y guirnaldas. Tamara no creía lo que veía, el pergamino no revelaba la ubicación de un lugar así.
Al apurar el paso y quitar las hoja de su rostro, encontró todo menos lo que ella esperaba. Era un pueblo abandonado, sepultado bajo las gigantescas copas de los árboles. Se había llenado de dudas, pero pensaba que habría una chance de encontrar más pistas. Sin más se adentró a las calles silenciosas de la villa. Ni el aire, ni el suelo, ni las hojas emitían un ruido; todo parecía estar inerte.
Observó con cuidado sus alrededores, eran casas
agrietadas de ventanales rotos, cables cortados, y puertas reventadas.
Al asomarse a su mirar su interior, encontraba ante sí misma salas abandonadas
en el polvo y el tiempo. Fotos de familias que no reconocía, peluches, chozas para perros y buzones. Todos fueron devorados en el olvido.
En su camino por los senderos encontró un objeto de interés;
una bicicleta. Estaba oxidada, aturdida y muy malograda. La chica tenía el
presentimiento de que algo muy malo había ocurrido allí, pero no sabía que, ni como. Al
alzar la mirada sobre el cacharro viejo, observó su objetivo a la distancia.
Se acercó lentamente, rodeada por las vallas podridas que cerraban su sendero. A sus costados se caían a pedazos los graneros y sus cultivos los cuales ya no ofrecían nada. La chica en poco tiempo se encontró contra el cañón que el mapa indicaba.
Era un hueco tan grande que el otro extremo de este era
totalmente invisible. En las profundidades, la chica era llamada por
una luz tintineante. Al deslizarle por las laderas del cañón Tamara pudo ver
con claridad lo que Arzon tanto buscaba; la espada exorcista.
Era un filo de cuarzo que se había enterrado al revés; su mango y cuerpo eran totalmente invisibles. Su brillante cristal era opacado por una materia oscura que infectaba su interior, emanando asi una densa y potente aura. La chica se preparaba abriendo sus garras para la excavación. Sin embargo, al intentar revelar el cuerpo del arma, se topó con que estaba flotando estática en el aire.
Revisó el mapa una vez más, confundida y en busca de explicaciones. Este no decía mucho al respecto, solo que el arma se encontraba en el cráter, y que tuviera cuidado con tocarla. La chica se puso manos a la obra, deduciendo algo con lo poco y nada que tenía de información.
El cráter poseía el arma tal como se había dicho, pero era solo un fragmento de esta. Aquel trozo de espada desafiaba toda ley de comprensión humana, a menos que dichas leyes no fueran hechas para encajar junto a las de ellos. Todo apuntaba a que la razón tras la anomalía debía ser obra de habilidades demoniacas.
-¿Que tipo de poder pudo haber hecho esto?- Tamara pensaba para si misma. Al pasar sus manos bajo el arma, descartó el que fuera invisible. No detectaba ningún demonio dentro de su radar, así que tampoco era una trampa. Todo parecía muy complicado, hasta que los mínimos detalles le dieron una respuesta.
El aura que emanaba la espada emergía desde los extremos de su cuerpo cortado, empezaba estrecho y acababa flameante sobre la cúspide. Sin embargo, nada salía desde abajo. Algo impedía que aquel poder pudiese ondear con libertad, como si el arma estuviese atrapada.
-"Atrapada"... ¡Eso es!- Tamara ya creía tener una respuesta. Si el filo de la espada estaba en el mundo humano, entonces la empuñadura debía estar en el otro lado. No era una arma enterrada, era un arma atrapada entre mundos. Al concluir aquellas observaciones, Tamara guardó su mapa y posicionó sus manos para rezar.
-Espero poder hacerlo bien...- Se dijo a sí misma.
Respiró profundamente, moviendo sus dedos y palmas en gestos incomprensibles. Creaba formas y símbolos mientras susurraba para sí misma un idioma antiguo. Una luz comenzaba a brillar bajo sus pies,
sumergiéndolos bajo la tierra de a poco.
Tamara sostuvo la respiración, preparándose para lo que seguía. Rápidamente, su cuerpo fue succionado hacia la luz. Fue envuelta entre las corrientes de la realidad, y las capas dimensionales que separaban ambos mundos. Sobre su cabeza, observó las estructuras fantasmales del pueblo abandonado, y bajo ella, se acercaba velozmente el cráter del mundo sombra.
Al otro lado de la superficie, Tamara resurgió en territorio de demonios. Tal como lo había predicho, la empuñadura de la espada se encontraba allí estancada. Era un pilar barroco hecho arma, con petroglifos y una forma singular, cuya energía oscura seguía sobresaliendo de sus entrañas.
Los alrededores de la chica había cambiado drásticamente; la grieta, el cielo y tierra ya no eran los mismos. El suelo estaba seco, y el cielo era visible sin ningún rastro del bosque. Su mirada recayó nuevamente sobre la espada, la cual aunque ya encontrada, era imposible de tocar.
-“Advertidos quedan aquellos que sujeten del arma y no
estén listos para afrontar la verdad”.- Recordaba Tamara, era uno de los escritos del pergamino.
Catastróficamente, la profecía de la espada estaba por
volverse realidad. Tamara, decidida, tomó firmemente de ella, liberando un poco
de oscuridad hacia ella.
La chica fue arrastrada al vacío en una intensa ola de dolor. Su cabeza punzaba como miles de agujas, sus músculos se tensaban con calambres, y su pecho pedía a gritos poder sentir el aire. Ante ella se
presentaban visiones del pasado; voces difusas que gritaban en todas direcciones, y un gran monstruo demonio que le rugía directo al rostro.
Al soltar el arma, la chica cayó desvanecida sobre la tierra. Sobó de su cabeza y ojos en inmenso dolor. No comprendía nada de lo que había visto, pero sabía que era una sensación abrumante.
Los secretos de la espada exorcista era para quien los quisiese, eran la clave para la supervivencia fuera del cráter. No obstante, aquel conocimiento traía consigo un enorme pesar capaz de exceder todo malestar físico. La chica había experimentado tan solo una fracción de aquella maldición, no sabía lo que le provocaría al absorber el resto.
Espantada por la idea, decidió evadir el arma y examinar su entorno. Pensó que quizá alguien o algo podría ayudarla a extraerla sin mayor problema. Sin embargo, tomar esa ruta acabaría en un plan distinto para ella. Si disponía de continuar sin el conocimiento de la espada, el camino no se volvería más que la mera desembocadura hacía una pesadilla, la cual estaba apunto de empezar.
-Capítulo 45: El reino del nuevo mundo.-
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