Capítulo 40
Habían pasados años desde la última vez que el mundo sombra se veía tan caótico. Las ventanas en las entidades públicas caían a piedrazos, las estaciones de policía recibían sobre sus muros bombas embotelladas, mientras que en las calles las protestas se intensificaban. Los demonios llamaban a acabar con el reemplazo del maestro, pues significaría para ellos continuar con la guerra.
Las noticias por el otro
lado, se inundaban de demonios que querían justicia por su servidor. Querían a
Greg pagando la pena máxima, y reclamar el espacio en el que se les negó
tanto vivir; la superficie.
A las
afueras de las estruendosas calles, en el campo iluminado bajo un suave cielo
amarillo, Greg caminaba junto a su esposa en tranquilidad.
Las gentiles brisas les guiaron hacia el hogar que alguna vez compartieron.
Greg estaba contento de poder tomar su mano nuevamente, pero su mujer seguía con la mirada inerte sobre el horizonte.
Ante los prados y sobre la
colina, el demonio divisó la choza en la que todo inicio. Abrió el portón de su
cerca sin echar ni una mirada sobre el correo.
Llamó su atención que la
puerta de la casa ya estuviera abierta. Supuso que la policía ya investigó el lugar, debía ser cauteloso. Sin embargo a sus alrededores no había ninguna patrulla, tampoco
ningun oficial. Tomando a su esposa del hombro, Greg ingresó al
hogar cuyas paredes se impregnaba de dolor.
Sobre el tapete, los
sillones y el suelo felpudo abundaban la basura y las telarañas. La televisión
estaba fundida, y los cuadros eran irreconocibles de tanto polvo que tenían.
-Espero no te moleste el
desorden. Voy a limpiar todo, te lo juro – Greg estaba avergonzado, y Honey no
le dirigía ni la mirada.
-Ven linda, toma asiento –
El demonio sentaba a su esposa en la mesa living, limpiando un poco del polvo
con su manga.
Se alejó del comedor para
acercarse hacia la radio, donde insertó una de sus caseteras favoritas; sonidos
del mar crepúsculo, una balada lenta de violines y pianos que resonaron con levedad dentro del hogar.
En la cocina limpió
fervientemente las cacerolas, y se puso manos a la obra. Preparó un sobre de
sopa de espárragos, la comida preferida de su esposa.
Sirvió los platos para
ambos, y esperó pacientemente una reacción de la mujer. Sin embargo, desde que dijo su nombre en la carpa de experimentos, Honey no era
capaz de enunciar ni otra palabra. A Greg no parecía molestarle demasiado.
-Realmente extrañaba esto.
El comandante tomó un sorbo
de su sopa, intentando incentivar a su esposa.
-¿No vas a probarla? Le eché sal y pimienta, tal como te gusta.
Sin embargo, una expresión
de amargura arrugó el rostro de su esposa. Quejidos mudos salían de su boca.
-¿Linda? ¿Qué te pasa? ¿Qué
te duele?- Greg estaba preocupado.
Honey seguía jadeando del dolor, no podía dar más respuestas.
El comandante voló hacia las
estanterías en busca de su botiquín. Sacó una gaza, pomadas, remedios y demás.
Dejó sobre la mesa todo el arsenal que disponía para sanar a su mujer.
Gentilmente posó las pomadas
sobre su frente, dándole los remedios para anestesiar su malestar. Posó su
garra en sus mejillas y su cuello. Honey estaba hirviendo.
Greg supuso que podría tratarse de una fiebre.
-Espera aquí, traeré el
anti-inflamatorio.- Greg se había convertido en un manojo de nervios. Ayudó a su esposa a tragar las pastillas con un sorbo de agua, pero el dolor parecía ser interminable.
La peor pesadilla del
comandante se volvía realidad: el experimento y la operación habían
salido mal. Y ahora, Honey sufriría hasta cesar toda función de su organismo.
-Quizá necesitas quitarte
ese estrés ¡Ya sé!...
Greg subió el volumen de sus
baladas, encendió la tele sin ningún éxito, y trajo sobre la mesa todas las
cosas que le encantaban a Honey.
Eran chocolates que ya habían
vencido, bordados malogrados, caseteras, todo lo que el demonio sabía reavivaría una llama
dentro de su mujer. Sin embargo, estaba muy equivocado. La enfermedad de Honey avanzaba para peor.
La balada terminó y la sopa
se enfrió. Greg intentó rebobinar la cinta, pero de la desesperación y de tanto
forzar los botones, estropeó la casetera.
El comandante lo había
perdido todo, otra vez. Enfurecido, sujetó de la radio entre sus garras y la estrelló contra el
suelo. La señal junto a sus voces distorsionadas emitían noticias que apuntaban a la guerra, y al descontento de la gente.
-Jamás creí que el
comandante nos traicionaría de esa forma. ¿Ahora quién nos protegerá?
-El comandante Gregorio,
inculpado del asesinato del maestro Koragg, sigue suelto por las calles. Se
desconoce si su paradero reside en la superficie, o en entre nosotros dentro del mundo sombra. Nuestra unidad policial está dando su máximo esfuerzo para encontrarlo e inmovilizar su escape.
Greg se liberó de su trance,
y en sus brazos, cargó a su esposa hacia el segundo piso. No quería que oyera
nada del asunto. Si su mujer se llegase a desvanecer una vez más, quería que lo hiciera
de la forma más tranquila posible; recostada en su cuarto, con las brisas
tocando su rostro.
-Encuentren al asesino, que
se haga justicia... por nuestra gente.
El demonio cerró la puerta
tras sus espaldas, ignorando las voces que llamaban a su nombre. Gentilmente recostó a
su esposa sobre la cama, y se sentó a un lado a apreciar lo poco que le quedaba.
Greg intentó tomar su mano, pero en un segundo se arrepintió. Ambos miraban al techo, pensando en si es que había un dios allá afuera que los estuviese contemplando.
Las memorias de sus vidas
colgaban de la pared en unos cuadros polvorientos. Tenían una foto de la primera vez que se
conocieron, eran dos científicos en los laboratorios de Arzon; dos desconocidos
que no planeaban pasar más allá de una relación laboral. Pero de un momento a
otro, se empezaron a fijar en su cabello, sus ojos, sus labios y manos.
Tenían fotos junto a sus
primeras máquinas, junto al jefe y demás empleados. Pero de un momento a otro,
saltaron a su primera cita. Luego la segunda, luego la tercera y así le seguía la
cuarta. Miles de fotos por todos los rincones del mundo sombra; fue una conexión
casi instantánea, "un milagro del amor". Greg jamás conoció a alguien que lo
entendiese como Honey, y ella jamás conoció a alguien que la entendiera como
él.
Los años pasaban y el lazo
se volvía más fuerte, pues la pareja había reunido dinero suficiente para
comprar una casa en el campo. Con el tiempo y a pesar de la fuerza de su amor,
la abrumadora soledad llegó a tocarles la puerta. Esta cultivo en ellos el anhelo
por crear algo más grande que una eternidad juntos; una familia. Pero de a poco, al dejar la puerta abierta, nuevos problemas ingresaron a sus vidas.
-Honey... Honey.- La voz de
un Greg más joven y preocupado retumbaba dentro de su cabeza.
-Honey, ¿Estás ebria?
-Aún no.- La mujer
estaba recién sirviendo su primer vaso, recostada sobre la mesa de su comedor.
Greg dejó sus pertenencias a un lado, se sentó junto a ella y le quitó la
botella un momento.
El demonio acarició su mano esperando a que le pudiese hablar de alguna forma.
-Lo siento tanto, amor.- Honey quería llorar.
-Linda...- Greg sabía exactamente a qué se refería.
-Es que no lo sabía, no tenía idea. Es muy injusto...
¿Por qué?- La voz de Honey se quería quebrar.
El demonio intentando hallar
una forma de animarla, enseño ante ella un panfleto.
-Mira esto, hay un orfanato
cerca del centro. Hay miles de niños ahí que desearían tenerte como su madre.
Honey se quedó callada por
un largo rato.
-No sé si eso me haga sentir
mejor...
A pesar de sus intentos, Greg
siguió consolando a su mujer. Ambos se quedaron en silencio sobre la mesa,
acurrucados uno al lado del otro pensando que era lo que seguiría mañana.
Aunque su esposa intentaba centrarse en lo positivo, la raíz que negaba todo lo que deseaba yacía dentro de ella.
-Lo lamento, no quería
volver a beber.
-Está bien. Es solo una recaída,
saldremos de esta.- Dijo Greg
dándole una sonrisa. Sonrisa a la cual Honey correspondió de vuelta. Al día
siguiente en la mañana, Greg sacó a su esposa a tomar un café. Le compró un
bonito sombrero de playa y le tomó una foto para conmemorarlo.
-Creo que esta es la más
bonita.
-Para mí todas son igual de
bonitas, todas son tú.
-Ay, ya cállate.- Honey reía
de la vergüenza.
Y desde ese momento en
adelante, la pareja de científicos fue poco a poco encontrando la alegría
nuevamente.
Dejaron pasar los meses,
hasta que un experimento les hizo abandonar su puesto. Entre el horror
y la incertidumbre, la mujer vio en aquella catástrofe una oportunidad para
ambos.
-Ella está viva, y merece
ser querida como un ser vivo. Es un milagro.
Y así, la familia que tanto
deseaban se había concretado. Ahora entre sus brazos, cargaban a una humana de
cabello pelirrojo.
Aunque criar una niña humana era un terreno al que ningún demonio se había aventurado antes, Greg y Honey estaban dispuestos a dar el paso. Mucho prejuicio y rumor envolvió a la familia, tal como también lo hizo un poco de aceptación.
Todos los días era un cálido día en el hogar de la pareja. Tamara era una chica muy mimada, pero también una muy bien educada. Greg se mantenía perseverante y siempre se ofrecía a ayudar en el hogar, pues tenía problemas para conseguir un puesto laboral. Todos los espacios vacantes estaban saturados. Y Honey a pesar de contar con un trabajo, saltaba de oficio en oficio por su reputación con el maestro.
Aún así, la felicidad y cuidado sobre la niña nunca faltó, tal como el amor que unía a ambos seres. Habían cuadros de sus cenas juntos, de los primeros pasos de su hija, su primer día de escuela y su primera obra teatral. En todas estaba Honey, sonriendo llena de orgullo con su niña. Estaban en un aprieto económicamente, pero no dudaban en que eventualmente algo cambiaría.
Aquel cambio solo fue para mal, pues el autor del dichoso experimento demandaba su creación de vuelta. Un día Greg recibió una amenaza por correo. Era devolver a la niña a Arzon, o perder a cambio la vida de su esposa. Ingenuamente pensó en mantenerlo en secreto hasta que lidiara con el asunto el mismo. Lo que le siguió después, fue la impulsividad embotellada en una decisión que le costó toda su familia.
Greg volvía al presente, volteando a mirar a su esposa. Presenció las lágrimas caer de su congelado rostro. El comandante se notaba cada vez más mortificado por la decisión que había tomado. Cabizbajo y dando un profundo respiro, dejó volar su mente a través de palabras.
-...Antes hubiera peleado hasta el final por mantener tu sonrisa. ¿Y ahora?
Honey solo seguía llorando,
no había nada más que pudiese hacer. El comandante se armaba de valor, sentía
que ya era hora de acabar con lo que había iniciado.
-Cariño, no sé a qué lugar del mundo perteneces ahora. Solo se que cuando sea mi turno, jamás querrás verme otra vez. Antes de que eso pase, quiero saber la verdad. Honey ¿Cuál es tu verdadero nombre? ¿eras unas criminal?
El fantasma de su esposa
estaba muy silencioso, su mirada reposaba sobre el cuadro de su hija.
-Linda, di algo por favor...
La mujer permanecía callada,
y Greg hacía un esfuerzo por no derrumbarse. Al tomar su mano en un intento de
aterrizarla, la sintió muy fría.
-¿Linda?
El comandante saltó a la cama
en desesperación. Rápidamente tomó de su brazo, solo para sentir ese mismo frio otra vez. Impactado, pero en el fondo ya casi resignado, tomó el
pulso de su cuello. No había nada, ni una señal. Honey había muerto sin anunciar en ningún momento su partida.
Un manojo de emociones se formaba en el corazón de Greg. Punzones amargos, penurias sofocantes, fríos turbulentos, y una frenética necesidad por llorar que solo culminó en desilusión. Una desilusión dura y profunda. Sus palabras ahora eran de nadie, junto a sus lamentos y sus preguntas que se las llevaba el viento.
Sin decir ni una palabra, le limpió las lagrimas para gentilmente cerrar sus ojos. Con una sábana cubrió todo su cuerpo, y se fue de la habitación sin decir su adiós. Ese día, Honey reposó en su habitación ante las brisas, dejando ir el espíritu que alguna vez murió carcomida por la culpa y los secretos.
-El maestro nos estaba
enviando a aniquilar allá afuera, a manchar nuestras manos en sangre de
inocentes.
Greg bajó las escaleras sin
ningún propósito, con las transmisiones fermentando en el
fondo de su mente.
-Todos aquí queremos un cambio, ¿Pero cuánto más tendremos que morir para lograrlo? ¿Qué debemos hacer para ser oídos?
-Tenemos hambre, tenemos
sed...
El comandante ignoraba todo a su merced, nadando contra la corriente en una marea de estímulos turbulentos. Poco contaba con que algo
más saldría a flote para hundirlo otra vez. Greg bajó las escaleras con rapidez, y se agachó ante el
aparato para oír con claridad. Las palabras de los noticieros y la gente se disiparon para dar paso la voz de una niña pequeña.
Sus padres la habían extraviado, y sus llantos resaltaban entre el disturbio colectivo -No hay forma de que Tamara haya vuelto al mundo sombra- Pensaba Greg, pues esa voz le recordaba a su versión mas joven.
Creyó en la posibilidad de su cordura llegando a un punto de no retorno, pero sabía que lo que oía era real. La voz lo conmovió hasta las lágrimas sin que este lo notara. El cosquilleo sobre sus mejillas lo hizo reaccionar; había llorado luego de años. Las perlas sobre sus manos le hicieron ver que a pesar de tener un hueco en su corazón, el aún estaba vivo.
-¿Pero por que?...- se preguntaba a si mismo, sabiendo perfectamente que la respuesta estaba ante él. El llanto de la niña le hizo pensar que quizá no importaba si Honey era buena o mala después de todo; nada podía justificar el daño que infligió sobre su hija.
Entre esas pequeñas gotas de esperanza, se reflectaron también las luces del final.
-¡Te tenemos rodeado,
Gregorio! –Eran los oficiales bajando de sus vehículos, la actividad errante en el hogar alertó sus alarmas. Repentinamente, el día se apagó para empezar a llover. El demonio era apuntado firmemente con
armas, listas para disparar ante cualquier movimiento.
Tronando su cuello, y
revelando ante las autoridades sus afiliadas garras, Greg declaró la guerra contra la ley; la última lucha que desataría, y la última lucha que sabría ganaría.
-¡Vengan por
mí! ¡Adelante!
-Capítulo 40: La maldad en ti.-

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