Capítulo 36
-No puede ser...- Decía Tamara mientras observaba ante ella lo que
parecía ser el fantasma de su viejo cuerpo. La idea de ella siendo una mera
titiritera seguía siendo inaudita -Creí que...
-No.- Interrumpió el demonio abruptamente -Tú solo
eres la faceta dominante que se apoderó de esta pobre e indefensa niña. Pero ahora eso se
acabó.- Respondía Arzon de manera seria.
Ambas chicas se observaban aterradas, tocando sus rostros mientras
intentaban convencerse de que lo que veían. Una helada avalancha se deslizó
sobre sus espaldas, Priscila intentaba huir, y Tamara no hacía más que perderse
en sus pensamientos.
-No hay forma de que esto sea real.
-Solo mírate. Eres bastante real.- Decía el demonio mientras sujetaba
entre sus garras el brazo amputado de la chica. Tamara intentó embestirlo para
recuperarlo, pero Arzon sin ningún esfuerzo la empujó sobre la tierra.
Intentó una y otra vez, pero cada turno acababa con la chica mordiendo
el polvo.
Intercambiando miradas se dijeron todo lo que debían. No había
forma de rebatir esta pelea; Arzon había triunfado. Ya agarrando aburrimiento
de la situación, se alejó para acechar a su siguiente víctima: Greg.
El comandante sentía un leve terror recorrer su cuerpo, no sabía que era
lo que el demonio tendría preparado para él. Solo sabía que su mente no estaría
lista para ello. De un chasquido, Arzon liberó a Greg de su prisión gélida. Sin
embargo, su libertad tenía un precio por pagar.
-... Ya tengo el brazo, tal como te lo prometí. Te lo entregaría, por su
puesto... pero quiero algo más antes de concretar nuestro trato.
-¿Qué... que quieres?- Greg
intentaba ocultar su inquietud, sin resultados.
-Quiero respuestas. Sin juegos, ni mentiras. Quiero la pura verdad... ¿Dónde
está el cuerpo del maestro?- La amenazante voz de Arzon destruía las defensas
de Greg, ya no había donde correr.
El comandante tardaba en responder, dudaba de su siguiente movimiento.
Su corazón se aceleró, y sus ojos no podían quitarse del brazo roto de su hija.
Era todo o nada por recuperarlo.
-El tiempo está volando...
El demonio ya había visto pasar toda su vida frente a sus ojos, pero
quizá esa sería la última vez que lo haría. Al fin dejaría ir todos esos
recuerdos dolorosos, y las respuestas estarían al alcance de sus manos.
-Rápido... te estoy dando una segunda oportunidad, no la desperdicies. Responde o lo destruyo.
Ante la amenaza, a los pocos segundos el demonio cedió ante sus deseos.
-...Pasando el basural y antes de las montañas de mármol. Sobre la
colina ante el rio de la gravilla.
-Buena decisión.
El demonio mayor lanzaba el brazo a las garras de su viejo
compañero. Con este venía un pequeño tubo para experimentos vacío. Ambos estaban en perfecta condición. Greg levantó la mirada y solo se topó con Arzon dándole la espalda, se marchaba.
De un chasquido, este desintegró la extremidad en una masa viscosa. El
comandante, apresurado, no dudo dos veces en meter todo lo que pudiese en el
frasco.
-Necesitarás más que eso si quieres traerla de vuelta. Sin un corazón no hay punto en que lo intentes. Pero míralo así, al fin tengo lo que quiero,
y tú tienes lo que quieres. No es tan terrible. Con esto espero dejes de meterte en mis asuntos. Esto
no es una advertencia, es una amenaza.
Arzon recogió su máquina averiada, avanzando hacia la oscuridad de los
bosques. Había dejado atrás a Tamara, Priscila y
Greg, quienes estaban a punto de entrar en un nuevo conflicto.
Al principio Tamara había quedado ligas atrás de la situación, oyendo todo en total confusión. Pero una vez su mente rellenó los espacios vacíos, la indignación dio a pie. Estaba decepcionada, pero para nada
sorprendida.
-...¿Esto querías hacer todo este tiempo?
-No lo entenderías.- El demonio había perdido toda su energía.
-Créeme que entiendo a la perfección. No soy una tonta. Querías
quitarme el corazón para revivir a Mamá. ¿Me equivoco?
El silencio de Greg fue lo que único que logró inculparlo.
-¿Qué le habrías explicado, eh? ¿Qué me mataste solo para traerla a la
vida? ¿Tienes idea de lo asqueada que se sentiría?
-Vuelve a tu viejo cuerpo, márchate. Ya no hay nada más por hacer aquí.-
Greg pretendía no oír nada. Esto solo acabó irritando aún
más a Tamara.
-¿Crees que ella te amaría si supiese lo que hiciste?
-¡He dicho que te marches!- El comandante perdía los estribos, pero al
notarlo acababa hundido en una profunda tristeza. No hizo más que volver a dar
la espalda.
-...Bien, me iré.- Tamara ya no quería seguir lidiando con la discusión, y decidida tomó la mano de Priscila. Esta, sorprendida, dejó salir
un pequeño chirrido.
Ambas se quedaron estáticas esperando alguna reacción, alguna señal de
que sus cuerpos volverían a unificarse. Sin embargo, nada ocurría. Pasaban los
segundos y cada vez se volvían más largos. La fusión ahora mismo no era una
opción accesible, y con esto concluido, la chica humana apartó su mano
rápidamente en terror.
Tamara regresó la mirada a Greg, quien no hizo más que encogerse del
miedo.
-Esto no puede acabar así... esto no puede acabar así.- Susurraba Greg
para sí mismo.
Tamara observaba los brillos cristalinos en el bolsillo de su padre; el
tubo de experimento. Lentamente se acercó para intentar quitárselo. Pero este
sintió sus pasos, y resguardó la extraña materia entre sus manos.
-¡Aléjate de ella! ¡Es mía!
-Honey no es de nadie ¡Reacciona Greg, maldita sea!- La voz de
Tamara comenzaba a elevarse, mientras Priscila observaba todo algo atemorizada.
-¡Oh, ahora no es de nadie! luego de que la usarás como tu maldita
herramienta todo este tiempo.
-Eso fue lo que ella quiso ¡Ese fue su último deseo! ¡Suéltala!
-¡No dejaré que me quites esta oportunidad!
-¿Oportunidad de qué? ¿Qué quieres demostrarle? ¡Ya déjala descansar!
La discusión estaba cerrando con un último alarido de Tamara. El
silencio se ahogó entre las densas brisas del aire. La chica respiraba ahogada
del desgaste, mientras Greg solo miraba al suelo, silencioso, pensativo, y
serio. Priscila por el otro lado, solo observaba como la
situación escalaba a peores, no había nada que pudiese hacer.
El demonio miró a los cielos, sabiendo que lo que haría ahora no tendría
el perdón de dios. Destrozaría el último pilar de una niña que ya estaba rota,
pero al fin le haría saber la verdad detrás de todo. Tomando aire, caminó para encararla,
dejando que la historia se desenvolviese entre sus miradas.
-No quiero demostrar nada ya, solo quiero saber la verdad. Tú madre... ella no era quien creíamos que era. Nos mantuvo escondidas
cosas que nunca creyó que averiguaríamos y... Es probable que quizá haya habido
aún más antes de esto.
Tamara estaba lista para contraatacar, pero algo dentro de ella se
llenaba de incertidumbre al oír el tono de Greg.
-No eran cosas sencillas como mentiras blancas, u otros hijos... No eran
las cosas de una típica familia. Era una doble vida. Tú madre nunca se llamó “Honey”.
La chica pudo reconocerlo, era una faceta de su padre que nunca había visto antes. Lentamente y llena de dudas, se quedó para
oírlo todo.
-"Honey" no existe... Es solo una palabra a la cual le preceden toda una enorme lista de otras. "Miranda", "Kaytlin", "Vera"... Todas identidades falsas para tapar las cosas que estaban ligadas a su persona real. El maestro me lo contó todo. Y sé que todo puede ser una gran farsa pero aun así hay tantas piezas que encajan tan bien... que llega a ser una locura. ¿Por qué sus soldados siempre la perseguían si era falso? ¿Por qué él le tendría miedo a ella si era falso? ¿Por qué ella tenía tanto miedo si era falso?... Tamara, tú madre... ella... ella...
-Greg, se lo que vas a hacer.-La tranquila y serena voz de Tamara lo
estaba llamando a voltear.
Su padre estaba rígido, tenso por la ansiedad. Al volver al presente, se
topó con el preocupado rostro de su hija.
-No busques palabras para adornarlo. Quiero que seas franco conmigo.
Era una mirada que a pesar de cargar con pesos en sus hombros, sabía bien que lo había visto todo. Que ya no había nada allá afuera que pudiese sacudirle el suelo.
Todo este tiempo el comandante la había tratado a Tamara como una extraña, una molestia y un obstáculo en su camino. Aquella oportunidad para transparentarse con ella le habría las puertas a una nueva visión sobre ella.
-...Tú madre asesinó a personas, muchas de ellas. Era una criminal. Quería
traerla de vuelta a la vida para que pudiese contarme la verdad, y yo así al
fin poder descansar de todo esto. El maestro no se dignó a decirme si era falso,
así que la única persona que puede hacerlo… es ella misma.
Greg miraba firmemente a su hija, esperando una reacción catastrófica. Sin embargo, no obtuvo nada. La chica miraba a todos lados en una desfasada confusión. El demonio no sintió su respiración, ni un pequeño suspiro de shock o asombro.
La chica a pesar de sentir su espalda helarse, sabía que estas emociones era lo mismo de todos los días. Cedió ante sus confusas ideas y se empeñó en caminar sobre ellas:
-¿Cuándo te enteraste de esto?
-Tenías doce años cuando ocurrió...
-¿Por eso actuabas así conmigo?- La voz de Tamara susurraba entre
dientes.
-Quería protegerte.
-…Hiciste un buen trabajo.- Tamara sabía que aquellas palabras
ya no significaban nada para ella.
Inerte, se quedó allí mirando el horizonte en un punto muerto. Ni una sola palabra más salió de ella en ese entonces. Greg obedeciendo a sus impulsos ante la incomodidad, se preparó para abandonar la escena. Con el tubo de experimentos en su posesión, marcó rumbo hacia las fauces del bosque maldito, pero algo lo detuvo. Tomó un momento para voltear, captando como su hija hacía exactamente lo mismo.
Tras varios segundos de pensarlo, tomaron la decisión de retomar sus caminos. Así, Greg se embarcó al bosque dejando atrás a su hija, su alter ego, y
toda una vida que pronto olvidaría para siempre.
Tamara suspiraba desahuciada, como si su alma escapara de su cuerpo. Rápidamente
recobró la compostura, y volteó a mirar a Priscila.
-Entonces... Supongo que ahora solo seremos tu y yo.- Tamara reía con una
débil sonrisa, esperando que la chica pudiese devolverle la misma energía. Sin embargo, nada de aquello ocurrió.
Mientras tanto, al fondo entre las copas de los arboles, bajando por las montañas
hacia la arena, el sol se escondió para traer la penumbra sobre Isla Frontera.
En las gélidas orillas del océano, Teru observaba sus pacificas olas bailar sus
danzas.
Teru secretamente resentía aquella harmonía, deseando el también poder experimentarla. Recordaba a Nick en cada momento, pero cada memoria dejaba caer su
máscara, revelando el frio rostro de Arzon. Cayó de rodillas ante la
impotencia, no quería llegar a términos con la idea de que el amor de su vida
no era real, y que peor aún, había muerto tiempo atrás.
Creyó que iba a echar a llorar, pero entre sus puños estrujó la arena que resbalaba de sus dedos.
Aquel amor que sintió por él se habían transformado en una pesadilla. No importaba a donde intentase correr, pues los malos momentos con Nick, le recordaban a los malos momentos con Tamara. A pesar de haber oído sus disculpas, el chico seguía lidiando con un sentimiento injusto que no podía cortar de raíz.
Dentro de él, aquella flama se quería avivar una vez más. Y con ella, un
llamado nació entre las brisas.
-...Lo presiento, es ese fuego otra vez.
Teru volteaba para reconocer a aquella voz. Era el jinete de su furia,
el gatillo de su lado más oscuro, y el ente que siempre lo empujaba a pelear. Parado
en un costado, Teru reconoció a aquel demonio como un fantasma de él mismo.
-Hay algo que te abruma ¿Cierto?- Decía el demonio monotonamente,
sin tapujos y sin esperar una respuesta real. El chico retrocedió aterrado,
enterándose de que lo que veía ante él no era un espejismo.
-¡Tú... Tú te ves como yo!
-Relájate, he sido parte de ti por bastante tiempo. Ya deberías reconocerme.
-Tú me transformaste en un monstruo... ¡Aléjate de mí!
-Solo obedecí tus órdenes, eso es lo que hago; brindarte mis
poderes si eso es lo que quieres.
-¡Que te alejes! ¿Por qué querría hacer eso?
-...Quizá para darle a Arzon una cuchara de su propia medicina.
Teru se vio indignado ante la idea, pero en cosa de segundos se tragó su respuesta. Algo traía entre manos, y sus ideas se distorsionaban cada vez más por los humos del momento. Quería que aquella bestia pasase el mismo sufrimiento que él. Sin embargo, no dudo en sentir terror ante sus propios sentimientos.
-¡No! ¿Cómo podría hacer algo así?....- El chico, pudoroso pero firme, rechazaba la
oferta del demonio dándole la espalda.
-Porque ya lo hiciste antes...- El demonio recordaba bien su monstruoso enfrentamiento contra Tamara -Y porque se que esa no es tu verdadera respuesta.
-¿Cómo estás tan seguro?
-Si fuese así tal como dices, yo no existiría.
La mente del chico rozaba entre el enfado y el pudor, no sabiendo como ocultar aquella parte de sus pensamientos.
-Sé que quieres vengarte, pero no haré nada a menos que tú me lo pidas.
El chico sabía que aquellas llamas dentro
de él lo consumirían tarde o temprano. No había donde correr, solo quedaba
aceptar la oferta. De todo el torbellino que se volvió su mente, solo una cosa
pudo tener en claro;
-...No quiero que vuelvan a pisotearme nunca más. Arzon caerá.
-Entonces ¿Cuáles son tus ordenes?- Decía el demonio detrás de él.
El chico alzó su mirada hacia la luna, aceptando la pérdida de su
humanidad como un regalo del destino; el regalo que sepultaría a Arzon bajo la
perdición.
-Dame tu poder.- Dijo Teru con total seriedad.
-Como tú desees.
El demonio se desintegró, ingresando a través Teru como agujas por su espalda. Un inmenso dolor azotó al cuerpo del chico, una nueva mutación
estaba por iniciar. Sus costillas se ensanchaban, sus manos crecían, sus
músculos se inflaban y de su frente emergían dos afilados cuernos oscuros color grafito.
Lentamente, su cuerpo se recubrió en una densa capa rocosa que lo
petrificó por completo. De un feroz rugido, el demonio despertó de su crisálida,
revelando ante la luz de la luna su nuevo cuerpo color zafiro
Su tamaño en vez de aumentar, se mantuvo tal como estaba. Desde su boca,
el denso y ardiente humo raspaba contra sus colmillos. Sus pupilas se habían
desaparecido, y su cabello se levantaba ante las cálidas brisas del fuego.
De un gruñido, encendió sus puños en llamas y golpeó las orillas de la playa.
Bajo sus pies levantó enormes pilares de vidrio, partiendo el océano por una pequeña fracción de segundo. Enormes olas y marejadas se alzaron contra él, azotaban al
chico intentando derribarlo.
Pero aquella noche, Teru se mantuvo firme como un monolito ante la tormenta. Sentía que ya no había nada allá afuera que pudiese asustarlo o dañarlo. Su mente fue apoderada por el rencor y una insaciable sed por pelear.
-Capítulo 36: Alfa y Omega.-

Comentarios
Publicar un comentario