Capítulo 43

Ni el ascenso del sol ante un nuevo día podía destruir la rutina y las conformidades de una vida llena de temor. La chica demonio se preparaba el desayuno con una rama, unos cuantos hongos y una fogata. Las abrasadoras chispas tostaban la merienda, pero la chica no se percataba de ello. Parecía estar desfasada de todo. Al sacarlos del fuego, quedaron duros como él carbón y así ni un mordisco quiso darles.

Dejó su desayuno de lado para adentrarse a los riachuelos. Hundió sus garras bajo el agua y se puso en busca de peces. Sus pensamientos imitaron el flujo del agua y empezaron a andar. No podía comprenderlo, estaba frustrada. Si ya había hecho todo lo que se suponía debía hacer, ¿Por qué seguía sintiéndose tan mal? Se preguntaba.

"Quizá me habré quedado corta de palabras", se dijo. "Teru está a salvo sin mí", pensaba, "pero es obvio que hay mucho que no dije y que aún así me gustaría haber dicho". "Reggie debe tenerme miedo", se dijo, "pude haber tenido una nueva familia pero lo arruiné". "Quizá me merezco todo esto."

Saliendo empapada sobre sus propias escamas, la chica traía consigo una carpa común. Frente a la fogata, tomó de la vara y se preparó para empuñar. Sin embargo, se había quedado estática varios minutos. Algo dentro de ella la detenía a seguir con su objetivo.

Con la cabeza dura de tanto pensar, bajó la estaca, y de palmas abiertas dejó ir la carpa por el rio. Su mente le decía que ahora moriría de hambre, pero su corazón le decía que se lo merecía.

El llamado de auxilio trajo consigo una acogedora mano sobre su hombro. Al voltearse en asombro, Tamara sonrió en gratitud ante el reencuentro con el hombre del remolino; el Señor Lewis.

Saltó de la emoción para abrazarlo, y aquel gesto fue más que correspondido. Ahora, eran dos figuras ante la fogata y una promesa que debía ser retomada.

-Y eso ha sido todo hasta ahora.- Tamara terminaba de contar su vida.

-Lo siento mucho, querida. Has pasado por demasiadas cosas.- Dijo Lewis apenado por como resultaba todo.

La chica no hizo más que asentar con la cabeza.

-No sé cómo me enfrentaré a Arzon ahora. Se que tengo habilidades, pero no puedo usarla por comando. Sin mi brazo, ni mis poderes, soy completamente inútil.

Aunque Tamara se sentía intrigada por descubrir más, su estado inerte le impedía ver un punto o conclusión a todo. Con un suspiro silencioso intentó dar de baja la idea de su entrenamiento, pero Lewis no se lo iba a permitir.

-Tamara, hay una razón por la que te ofrecí mis servicios. No es un secreto que estoy envejeciendo. Ya no tengo la misma resistencia que antes... Y mi demonio depende de mí tal como yo de él. Odio tener que dejar esto en tus manos, y sé que tú también debes odiarlo. Pero si alguien puede hacerle frente a Arzon ahora mismo, eres tú.

La chica aún no estaba del todo convencida. Su cabeza estaba ocupada de tanta bruma, que dudaba de sus propias habilidades. Creía ver como todo a su alrededor se volvía más grande que ella. Aun así, negando la oferta, decepcionaría a la única persona que estaba dispuesta a verla cambiar.

Sobre sus manos sintió su corazón retornar a una emoción muy familiar, la cual la empujó a aceptar la misión.

-Enséñeme todo lo que sabe.

Lewis fue bañado bajo un rayo de esperanza, pero la alegría duró muy poco. Ahora eran ellos dos en una carrera contra el tiempo, si Tamara no llegaba pronto a su máximo poder, Arzon lo haría.

Mientras tanto, sobre las gélidas montañas de la isla, un muchacho maldecido por su demonio escalaba con toda su ferocidad las capas de hielo. Estaba evitando a toda costa la presencia del anillo, el cual lo esperaba en la colina más alta.

Su mente no estaba dispuesta a lidiar con ellos, pues seguía aún muy atrapada en la pelea anterior. Veía a su rostro arder en llamas y derretirse, revelando bajo su piel, el esqueleto del demonio escarlata. No sabía si era remordimiento, vergüenza o temor por sí mismo. Solo sabía que fuera lo que fuera, se lo estaba comiendo vivo por dentro.

Con sus garras ardiendo del frio, entro debilitado y tambaleante a una cueva. Los témpanos de hielo tintineaban sobre su cabeza, y bajo sus pies la nieve ardía hasta quedar en roca.

Al ver su reflejo ante las gélidas paredes, el chico tuvo un arranque de ansiedad. El demonio en su interior se desligaba del agotamiento, estaba dispuesto a interrogarlo con una mueca larga.

-¿Qué te sucede ahora?- Preguntó este al chico.

-... ¿Qué fue todo eso allá abajo?- Teru no podía dejar pasar lo ocurrido.

-Peleaste. Lo hiciste tal como querías hacerlo.

-¡Estás demente! Eso no fue una pelea. Eso fue una masacre.

El demonio no parecía entender cuál era el problema con toda la situación. Pero el chico temía en lo que se había convertido.

-...Pude haberlo matado. ¿Y si lo hice?

-¿No es eso lo que querías hacer?

La pregunta del demonio cayó como una tonelada sobre los hombros del chico. Él sabía que su enojo contra Arzon era enorme, pero no creía que sus impulsos hicieron algo así. Progresivamente, y en cosa de tiempo, el chico pensaba que se volvería tal como él.

-De todas formas yo no me preocuparía tanto. Está de vuelta, puedo sentir su presencia.

-...Si lo sabías ¿Por qué no me detuviste?- Teru no parecía tomarle peso al retorno de Arzon.

-Yo solo sigo órdenes, hago lo que tú quieras.

-¡Jamás te ordené eso! Jamás querría hacer algo así. No me mientas.- Dijo el chico en pánico.

-Tu orden fue que te diera mi poder, y eso fue lo que hice. El resto fue todo obra tuya. 

-¡Basta!- Teru se dirigía hacia la entrada –Necesito un poco de aire ¡Y te ordeno que no me sigas!- Dijo ante su estático reflejo.

Sin embargo, al regresar su mirada sobre las afueras, se topó frente a un chico de aire familiar. Sus prendas eran moradas, con trozos de armadura metálica y una capucha que cubría su rostro.

Era J, quien traía entre manos leña y carne. Al verse reunidos nuevamente, los dos chicos no hicieron más que gritar del susto. Y el ninja al ver en el fondo la silueta oscura de su rival, gritó aún más fuerte, lo cual solo hizo que Teru, también, gritara de la misma forma.

De retorno al bosque, Tamara estaba por iniciar su primera prueba. Sus ojos habían sido vendados por una gruesa capa de tela, mientras que el anciano dirigía las brisas por sobre sus oídos, mano y cuerpo.

-Siente las ráfagas del viento. El aire reconoce cada cosa por la que cruza, y pronto tú serás una con él.

Tamara daba su primer paso hacia adelante, confiando en plenitud con su entorno. Por poco perdía el equilibrio, pero con calma todo se iba recobrando.

-No temas a dar pasos, pero ten cuidado.

Dentro de la visión vacía de Tamara, el girar de un bastón retumbaba dentro de sus oídos. Se frenó antes de tiempo, sabiendo que algo había empujado el aire hacia ella.

-Avanza con lentitud, pon tus manos al frente.

Al estirarlas y caminar, la chica sintió sobre su palma un leve pinchazo.

-Ahora sabes a qué te enfrentarás. Poco a poco iré subiendo la velocidad.

Ahora, Tamara se encontraba sentada bajo una enorme catarata. El peso de las mareas caía sobre su cuerpo, mientras ella hacía un esfuerzo por inmutarse.

-Tus sentidos agudos son un arma de doble filo. Busca algo en que concentrarte y aférrate a él.

La chica, con su rostro completamente fruncido, trataba de centrar su mente. Estaba el aire, las hojas crujientes, el agua sobre ella, y bajo sus piernas escuchó el nadar de unas pequeñas criaturas. Eran renacuajos. Pudo percibir sus diminutos aleteos.

-¡Puedo oírlo! ¡Lo logré!- Pero al levantarse de la emoción, todos los sonidos volvieron a ser un desastre. Tamara se desilusionaba otra vez, pero Lewis seguía confiando en ella a pesar de todo.

Pasaron del rio hacía las praderas de la isla. Los ojos de Tamara habían sido liberados, y ahora debía prepararse para una prueba de fuerza.

-Los demonios púrpura son buenos cazadores por sus enormes garras. Enséñame lo que tienes.

Tamara se encontraba frente a varios muñecos de tronco. Con incertidumbre miró al anciano, quien algo confundido, levantaba sus pulgares en apoyo. La chica acertó devolviendo el gesto. Se acercó rígidamente a los muñecos, con sus garras abiertas para atacar.

Al alzar su mano, vio frente a ella a su padre copiando sus movimientos. Cargaba consigo su vieja espada, y estaba listo para dejarla caer sobre ella. Intentó avanzar para atacar al muñeco, pero sabía que Greg haría lo mismo que ella. Estática y sin dar respuestas, bajó sus garras y dejó ir al comandante, quien la regañaba con una mirada indiferente.

Lewis no tenía idea de lo que ocurría, la chica había estado sola todo ese tiempo. Aunque el demonio que le acompañaba creía tener una idea detrás de todo.

-Está muy triste, puedo percibirlo.- Decía este dentro de la mente del anciano.

-Todo esto parece ser demasiado para ella.- El anciano respondía

La chica no tuvo el valor de voltear a ver a su mentor, la idea de decepcionarlo estaba desordenando su cerebro. Sin embargo, el anciano tomó de su hombro para darle apoyo.

-Tomemos un respiro. ¿Sí?- Dijo este amablemente

-No... Puedo hacerlo. Solo necesito concentrarme. Eso es todo.- Tamara avergonzada, esquivaba la propuesta de su mentor.

Las brisas frescas de las praderas acababan congeladas sobre la cima de las montañas. La tormenta había empeorado en el exterior, era una ventisca brusca y aullante. Teru y su demonio observaban sobre un tronco como el ninja preparaba el almuerzo. Era un jugoso bistec de venado con una guarnición de papas rústicas.

-Se ve bastante bien.- El lado tranquilo del chico volvía a resurgir.

-Bueno, digamos que un campista me motivó a mejorar mi comida.- Dijo J al fin pudiendo devolverle el favor.

Cada uno se sirvió lo suyo y empezó a comer. Sin embargo, Teru sentía como el ninja clavaba su mirada sobre él, y como el demonio también lo hacía. Desconcertado, tragó de su comida y preguntó por direcciones.

-¿Qué sucede?- El chico estaba inquietado.

-No, nada. Es solo increíble. Jamás creí que Nick... Bueno, Arzon, estuviera detrás de todo, todo este tiempo.

-...No soy el único al que engañó.- Dijo mientras se llevaba comida a la boca.

-Nos vio la cara a todo el mundo.- El ninja imitaba lo mismo que Teru.

El demonio se quedaba silencioso, viendo la fogata y contemplando la charla entre ambos muchachos. Al terminar su merienda, se unieron a él a contemplar las llamas.

-¿Qué poder tiene?- J tenía curiosidad.

-...Fuego.

-Ese infeliz... Sabía lo que conseguiría de ti.

-¿A qué te refieres?- Teru obtenía más preguntas que respuestas.

-Los poderes de un demonio se desarrollan a base de ciertas cualidades humanas, y Arzon tiene un modus operandi cuando quiere conseguirlos. Vio algo en ti que sabía podía explotar, y así hizo sin ninguna vergüenza. 

Las memorias del chico resurgían como navíos estrellados. Creía saber que era lo que Arzon encontró en él.

-El poder del fuego es altamente peligroso. Nadie sabe como manejarlo, y quienes nacen con él evitan a toda costa usarlo. El último demonio que lo poseyó se derritió vivo. Era un horno andante.

Pero Teru no podía oír nada de su explicación, estaba en las nubes.

-...Oye, ¿estás bien?

-Creo que ahora si iré a tomar ese "respiro", lo siento.- El chico se levantó, dejando al ninja y al demonio solos. J estaba visiblemente incómodo con la decisión, pues la criatura no hacía nada más que observarlo sin decir nada.

-Bueno... ¿Tienes algún hobby?- Preguntaba intentando ser amistoso, pero el demonio a cambio respondió retirándose del lugar.

En la entrada a la cueva, Teru se sentaba a sentir las gélidas brisas sobre su cara. Necesitaba que algo lo sacara de su estado mental. Pero para empeorar las cosas, el demonio había aparecido detrás de él.

-Solo quédate adentro, por favor.- El chico sabía le había seguido hasta allá.

-Te vas a morir de frio, no puedo permitir eso... Se en lo que estás pensando. Compartimos cuerpo una vez, ¿recuerdas?

El desaliento del chico se transformaba en un manojo de nervios.

-No quiero hablar de ello, gracias.- Dijo algo molesto.

-¿Hasta cuándo crees poder evitarlo?

-Por siempre. Lo hecho por años y puedo aguantar unos cuantos más.

El silencio entre ambos seres era devorado por la ventisca. Pero el demonio aún no tenía suficiente del tema.

-Seguir corriendo así no te llevará a ningún lado.

Teru se había hartado. Se levantó de su posición y empezó a escalar colina abajo.

-Creo que no fui muy claro conque te vas a congelar.

-Te ordeno que te quedes ahí. Esta vez, de verdad.- El chico estaba visiblemente enojado, quería un tiempo a solas. Su cuerpo fue consumido por la niebla y la nieve a medida que descendía. El demonio se quedó en las alturas, contemplando aquel acto de locura. Suspirando, sabía que eventualmente lo perseguiría para acabar la interrogación.

Entre los congelados cúmulos de nube, Teru continuaba su reflexión. Lo que Arzon y su demonio había visto dentro de su mente era uno de sus mayores arrepentimientos. Su reciente encuentro con Tamara había vuelto a reavivar aquellas viejas experiencias. Lo recordó todo muy bien, era un niño en la escuela pública para ese tiempo. Tenía unos doce años.

Teru no era particularmente como otros niños. Al igual que Tamara, nunca tuvo amigos ni pudo entablar buenas relaciones. A comparación de ella, no era por ser un niño problema o pelearse con sus compañeros. Teru era un ermitaño, pues sabía que a los chicos de su propio curso, o los de al lado, se mofaban de los chicos que eran gay.

Algunos lograron sobrevivir a la escuela, otros se iban a medida que el acoso escalaba. Teru, quien sentía había perdido una buena relación con su padre por un divorcio, y una leal mascota en ese poco tiempo, temía en perder algo más dentro de lo poco que tenía. Pero eso él no lo sabía, la coraza que había creado estaba hecha de puro instinto.

Un día sus intensas emociones amorosas no pudieron contenerse más. El único chico con quien podía confiar y hablar, se iría pronto de la ciudad. En un esfuerzo de convencerlo que se quedara, se confesó ante él bajo la lluvia, un día después de clases. Las memorias querían seguir su flujo, pero el mismo Teru era quien las paraba. Sabía que lo que seguía desde punto en adelante no fue más que miserias y desastres.

Esos remordimientos del pasado eran compartidos con Tamara, quien pensaba en la pésima impresión que dejó en Reggie ese día.

El pesar de nunca haber tenido amigos, y el haber ahuyentado a las personas que le querían, la estaba demoliendo por dentro. Desde una muy temprana edad, sabía que ella era un blanco fácil para los niños en la escuela. Era una humana cuya madre había muerto y su padre no le daba ni una pizca de atención.

Las burlas y las mofas eran cosa de cada día. Bolas de basura volaban por su cabeza, insultos o nombres cruzaban por sus oídos, y algunos moretones eran los remanentes de su visita a los baños de las chicas. Las agresiones escalaban cada vez más, pero el enojo embotellado que le provocaba su padre, junto a su injusta situación, solo lograba ejercer presión sobre ella.

Un día, un chico decidió probar su paciencia metiendo comida masticada en su cotona. y aquel día acabó con el chico en el hospital. Su padre al seguir ausente frente a sus problemas, solo hizo que la frustración no hiciese más que crecer y crecer.

Con el tiempo los papeles se invirtieron, el resentimiento de Tamara se había vuelto una muralla que arrasaba contra aquellos que se le acercaban. No había nada que la ayudase a comprender su malestar, ni siquiera una forma de llamar la atención de su padre.

La vergüenza por su pasado la obligó a enterrar a esa niña a miles de pies bajo tierra. 

En el presente, el entrenamiento continuaba arduamente. Lewis con su lanza tiraba estocadas por doquier, empujando el aire de estas hacia la chica. Tamara podía percibirlas y sabía cómo debía esquivarlas. Pero nuevamente empezó a dudar. Temblorosa, hizo unos intentos de evasión.

-¿Señor Lewis?- Dijo esta mientras entrenaba.

-Dime.- El anciano trataba de enfocarse en ambas cosas a la vez.

-¿Ha sabido algo de Reggie? ¿Cómo está?

-Hm... No lo sé realmente. Ha estado algo callada estos días, y probablemente ahora está muy molesta conmigo, después de todo me escapé de casa.

El anciano siguió hablando sobre las miles de veces que escapaba de casa para escabullirse en aventuras, y las miles de veces que Reggie se enojaba con él. Esa fue la palabra clave que desbloqueó las inseguridades de la chica, justo a tiempo de la estocada final disparándose hacia ella. La chica no atinó a más que retroceder del susto.

-De nuevo.- Dijo ella.

Lewis simplemente siguió sus órdenes, y se preparó para otra ronda de simulación.

Tamara regresó sumergida bajo la catarata, donde hacía un esfuerzo por recobrar la concentración. Lewis se notaba preocupaba frente a los poco ortodoxos comportamientos de su alumna.

Quiso hablarle, pero se arrepintió de ello al instante. Alzo su mano para llamarla, y luego la bajó de inmediato.

-¿Qué tan callada?- Tamara preguntaba seriamente.

-... ¿Eh?- Lewis estaba confundido con la pregunta.

-¿Qué tan callada ha estado Reggie?

-Oh, pues... ¿Mucho? Creo yo al menos. Solo responde lo básico y así. No es como que pueda contarme demasiado, solo soy un viejo comparado con ella.- Dijo mientras reía intentando calmar el ambiente, pero Tamara estaba más tensa que relajada.

-¿No le ha dicho nada de mí?

-Bueno, no que yo lo recuerde.- Dijo Lewis colocando accidentalmente los clavos en el ataúd. La chica estaba tan nerviosa que los estímulos externos la estaban sobrecargando. El anciano la notaba tensa, y al intentar acercarse a ayudar, la chica se había lanzado de cara al agua.

Los muñecos de madera siguieron esperando a ser atacados. La calma de la pradera y el aroma de las flores era totalmente incapaz de consolarla. Solo se quedó ahí parada simulando a los muñecos en rigidez y expresión. Lewis esperaba atónito alguna reacción, pero sabía que este problema ya se estaba saliendo de control. De un suspiro, intentó insistir con tomar un descanso. Y antes que Tamara pudiera decir algo, se la llevó bajo los árboles a armar una carpa.

La chica no lo había notado, pero al sol le faltaban unas meras horas para caer sobre el horizonte.

La fina línea entre el cielo y la tierra, se había vuelto gris, lúgubre y difusa. La gran tormenta de nieve se había encargado de absorber a Teru dentro de su denso cuerpo.

El chico caminaba apuntando a un destino incierto. El hielo y la nieve estaban arrasando contra él, pero no pensaba darse de baja. Cumpliría su objetivo de escapar, incluso cuando no sabía que haría una vez lo lograse.

Sus pestañas estaban rígidas, su expresión mortificada, y sus manos recogidas. Empujó con su cuerpo ante la gran barrera de viento, hasta que eventualmente no pudo más. Sus quemaduras y el cansancio le arrebataron la consciencia en un santiamén.

Dentro de sus sueños regresó a ese día en específico; el día de la confesión. Teru se había declarado, y la confusión en la cara de su amigo era visible. Para él, ser gay era algo con lo que sus compañeros jugaban y se burlaban, pero no algo donde estuviera en su interés por investigar.

El amor de Teru no fue correspondido, y aunque intentaba hacer luces de que todo seguía bien, tal como su amigo lo hacía, la realidad arrastraba su cuerpo hacía el infierno. Ahora que alguien lo sabía, era cosa de tiempo que más gente se enterase. 

Tal fatídico pensamiento se volvió presagió, y ese presagio se volvió un hecho. En tan solo días, todo el salón estaba informado del tema. Los amigos de su príncipe azul habían esparcido la información que este de corazón les confió. El chico muy apenado intentó hablar con Teru, y aunque todo seguía bien entre ellos, el problema era más grande de lo que parecía.

Si arrastraban a uno, arrastrarían a los dos. Los chicos de carácter más tosco se encargaron de hacer sus vidas una pesadilla. Algunos se reían junto a ellos, otros solo miraban sin entender que hacer. Y otros además se alzaron en defensa.

Aunque el apoyo existía y su ayuda había tomado un lugar especial en Teru, lo negativo parecía tener más peso en su corazón. Las mofas se volvieron bromas crueles, las bromas crueles se volvieron ofensas, y las ofensas acabaron en agresiones.

Teru sabía que podía seguir confiando en su amigo, quien se mantenía a su lado a pesar de todo. Excepto por la ocasión en que dejó de hacerlo, el día que marcó el punto sin retorno. El chico estaba fuertemente deprimido, y ya había tenido suficiente. Sus padres iban a cambiarlo de escuela.

Aunque Teru suplicó y suplicó, ya no había nada que hacer. No era una decisión que dependía de él. Este lo motivó a cambiarse de escuela también, que buscara un mejor lugar. Y aunque en cuerpo y alma lo desease, Teru estaba muy avergonzado de contarle a alguien lo que le sucedía. Sentía que no era capaz de mirar a su madre y decirle todo, no sin llorar antes, durante, o después de sincerarse. No quería llorar más, no quería doler más.

Por semanas, el chico aguantó sobre sus hombros el peso de avanzar solo por la escuela. Aunque otros compañeros se acercaban para ofrecerles su amistad, Teru no podía evitar querer estar solo. Los malos tratos se fueron acumulando en él, pero poco y nada se sabía de qué el también empezó a absorber dichas actitudes.

En el exterior, la tormenta de nieve parecía alivianarse, pero aquello era algo lejos de la verdad. Era su corazón, el cual había empezado a encandilar como un faro hacía la oscuridad. Teru despertaba de su inconsciencia, notando que la nieve y el hielo ya no tenían efectos sobre él.

Entendiendo las implicancias de ello, se levantó de golpe, asustado, mirando a sus alrededores en busca del demonio. Era muy tarde, pues la criatura ahora mismo se encontraba en su interior. Le había salvado la vida, sin embargo no le iba a salir gratis.

-¿Echarte a morir bajo la nieve era parte de tu plan?- Decía el demonio.

-...Solo quería volver a casa. Te dije que no me siguieras.- Aún con intención de retirarse, Teru empezaba a caminar.

-Alto. No irás a ningún lado.- Pero su demonio tenía otros planes, había paralizado su cuerpo.

-¿Que haces?- El chico empezó a batallar por el control.

-No te irás de aquí hasta que lo recuerdes todo.

-No... ¡No!- Los alrededores de Teru se volvieron burdos y mareantes, dejando una agridulce sensación en su boca. 

El atardecer se posaba finalmente sobre las colinas, y Tamara aún era incapaz de encontrar algo de tranquilidad.

Las carpas estaban listas, y el señor Lewis ya terminaba de encender la fogata. Su demonio se había desligado de él para darle una ayuda, era una criatura azulada de cuernos grafito, una mirada amable y trenzas por todos sus cabellos.

Tamara estaba enternecida por su dinámica. No se odiaban a muerte, mucho menos tenían miedo el uno al otro. Ciertamente, deseaba que Priscila y ella se hubiesen llevado igual de bien.

El fuego encendió sus llamas, dejando a Lewis y su demonio celebrando con aplausos. Ahora que todo estaba listo, solo faltaba la comida. Lewis se ofreció en la búsqueda, pero apenas se levantó de su tronco, su espalda tronó como miles de rayos.

-No se preocupe. Yo iré.- Dijo Tamara en voz monótona. Al caminar unos cuantos metros se topó bajo sus narices el riachuelo. Arrodillada ante él, cerró sus ojos y se preparó para la cacería. Intentó concentrarse, hasta que hoyó el caminar de unas criaturas. Tenían tenazas y miles de patas. Con sus garras atravesó la corriente y extrajo la comida que acabó resbalando de sus manos.

Los langostino regresaron donde pertenecían, dejando a Tamara con una sensación de inutilidad. A su costado, había aparecido una nueva figura. Era el demonio del señor Lewis quien había venido a charlar con ella.

La chica solo suspiraba, recogiéndose para abrazarse las rodillas y ocultar su cara.

-Estoy bien, no te preocupes. Ya iré con la cena.

-No creo que alguien diría "estoy bien" para luego enrollarse así- Decía el demonio entre risas -Piensas mucho en tus amigos, ¿cierto?

Tamara lo miró con sorpresa, viendo que atinó perfectamente. Pero a los pocos segundo ya tenía la cabeza escondida de nuevo.

-Creo que al fin luego de un tiempo logré agradarle a alguien...- Decía la chica refiriéndose a su contraparte humana- Pero se que Teru me odia, Greg también. Y Reggie... ella debe estar tan decepcionada de mi misma ahora.

-Tranquila. Debe estar procesándolo todo aún, después de todo la aldea sufrió un ataque. Volver a ponerse de pie no es cosa sencilla.

-¿Pero qué hago si también me odia?... Maldición, ¿Qué hago ahora que todos me odian? y con justa razón. Moriré sola, joven y sin haber logrado nada... Si eso pasa, por favor no dejes que el señor Lewis me vea. No quiero decepcionarlo a él también.- Tamara regresaba a su posición fetal, sin decir ni hacer nada.

El sol escondía su cuerpo bajo las mareas, abriendo paso sobre ella a las nubes que cubriría el cielo nocturno.

-...Quizá los humanos tienen razón, no deberíamos existir. 

El demonio a su costado apoyó su mano sobre su hombro, hacía lo mejor que podía por consolarla.

-No somos malos, pero tampoco somos buenos. Créeme que somos tan humanos como ellos mismos. Reggie también lo es, y necesita tiempo. Sea cual sea la conclusión a la que llegue, nunca dudes si fuiste digna de cariño o no. El cariño es real, está allá afuera, y tu sabes que es real porque estás lleno de él.

La luz solar se estaba apagando, dejando a las estrellas brillar ante el cielo azulado

-¿Sabes algo?- Dijo el demonio en dirección al anciano, Tamara le siguió la mirada. Ahí estaba, fumando otro cigarrillo para quitarse el hambre de encima.

-Lewis te tiene un montón de aprecio. Aunque sabe que puedes derrotar a Arzon, tiene un profundo miedo de que te ocurra algo. No se lo perdonaría jamás.

-¿Si?- Los ojos de Tamara se iluminaban por la ilusión.

-Sí, le recuerdas mucho a cuando era joven. Su familia lo apartó cuando se enteraron de que un demonio “salió de él”. Creían que era un niño maldito, y todo el mundo lo veía así; mas o menos un chico problema. Empezó a vivir solo, condenando el día en que nací.

-Vaya, no creí que se odiaran así de mal. Se ven tan unidos ahora.

-Bueno, todo inicia por un algún lugar. Ser el reflejo oscuro de alguien no es sencillo. Tanto a un humano como a un demonio le pesa. Pero con el tiempo hayamos una forma de coexistir. No es necesario que lo sigamos haciendo, pero ya nos acostumbramos a vivir de esta manera.

-¿Pero eso es todo lo que somos? ¿Un complemento? ¿Quién es la contraparte original?- Susurraba algo decaída.

-Ambos lo somos.

La respuesta del demonio animó levemente a la chica, quien abruptamente recordaba que había prometido traer comida a la fogata. Rápidamente sumergió sus garras en el rio. El demonio entre dientes volvió a reír de una manera amable. En un gesto de solidaridad, se puso a buscar junto a ella.

La corriente del rio era un flujo delicado, contrastando contra la fuerte tormenta que se cerca de las montañas. Teru todavía batallaba incansable contra su demonio, quien quería hacerlo admitir todo su pasado.

Se estrellaba de cuerpo contra el piso, quejándose y gruñendo ante los golpes. Sin embargo, su demonio era quien lo levantaba por cada caída.

-¡No conseguirás nada de mí!- Decía Teru enfurecido.

-Escúpelo todo de una vez. Sabes lo que hiciste, yo se lo que hiciste.

-Mentiroso ¡no sabes nada!

Los forcejeos y los gritos se extendieron sobre toda la meseta, alarmando al ninja que aún se encontraba en la montaña.

-¿Ahora pretenderás que tampoco peleaste con Arzon?

-No... ¡Ese fuiste tú!

Los calambres azotaban su cuerpo, a medida que los moretones dejaban sus marcas sobre él.

-Todo lo que hiciste vino de tu mano, Teru. Lo sabes.

La tormenta le quería robar el aire, la llama en su corazón se estaba extinguiendo con lentitud. El chico quería correr pero sabía totalmente inútil, solo quedaba aceptar la verdad al desnudo.

-... ¿De verdad lo maté a golpes?

-Solo tú sabes cómo responder a eso.

-... Lo maté a golpes.- Teru perdía el aliento de la ansiedad.

El chico cayó de rodillas, dejando que las brisas congelaran su cuerpo y arrasaran con todo lo que era. Detrás de los densos copos de nieve, la voz de un ninja se alzó en busca de aquellos gritos.

-¡Teru! Teru, ¿estás bien?

-¡Aléjate de mí!- Gritó el chico en descontento.

-Si eres tú ¿Qué pasa? Oí muchos gritos y...

-¡Peleé contra Arzon, gané! Lo maté, J. Lo molí a golpes. Corrió de mí apenas tuvo la chance... Se quemó. Lo quemé. Lo destruí, en serio lo hice.

Teru esperaba una reacción de disgusto, miedo e incluso incertidumbre, pero J estaba más que sorprendido. Aliviado incluso.

-¡Eso es increíble! ¿Pero cómo...? Eso es, ¡tú poder! ¡Tú poder nos ha salvado a todos!

-¿¡Es que no entiendes!? ¡Yo no quería hacer eso! yo no quería hacerlo... No salvé ni una mierda, solo cumplí con mi venganza.- Dijo el chico al fin dejando su afligida voz salir -Yo no soy así, debes creerme... no quería hacerlo.

El chico se mantenía arrodillado, dándole la espalda al ninja. Meros centímetros los apartaban, como si de una barrera invisible se tratase. 

-¿De que hablas? no lo comprendo.

-...No es la primera vez que he hecho algo así. Me prometí a mi mismo nunca volver a repetirlo, pero aquí estoy de nuevo.

Teru ya había sumergido a J varios centímetros dentro de su pasado, sería inútil avanzar sin contarle la verdad. Tomó aire profundamente, y se preparó para sincerar la razón de sus miedos:

-Cuando tenía doce era un "niño bien", porque eso era lo que todos esperaban de mi. Mi madre, mi padre, y mis profesores. Tenía un bully, me apartó de mi mejor amigo y me enseñó a golpear, indirectamente. Todos los días era el mismo cuento, excepto por una ocasión. Ese día tuvimos educación física, me bañaba en los camerinos. El se metió al cuarto del conserje y robó un cubo de agua sucia. Me empapó entero. Olí horrible todo el día. Aún recuerdo las cosas que sus amigos me dijeron... "Poco hombre", "Maricón", "Niñita". No dije nada, no hice nada. 

La tormenta poco a poco aumentaba su intensidad.

-Así estuve hasta que fue hora de irnos. Y no se por qué, no se que quería demostrarle, pero apenas cruzamos la salida, lo seguí, lo agarré de su camisa, y le golpeé. Le golpeé tan fuerte que le saqué los dientes. Sentí las miradas de todos por sobre mi nuca. Quizá algunos no les importó y otros me felicitaron, pero sabía a quienes les provoqué miedo, y quienes ya no me veían de la misma forma. Jamás volvieron a molestarme, pero y aun así me sentí tan mal ese día...

El ninja lentamente se acercaba a su compañero, con el huracán entre ellos impidiendo que se reunieran

-Y ahora volvió a pasar, no dudé en querer ver a Arzon destruido ante mis pies... Lo ataqué en su momento más vulnerable, soy tan malo como él.

La fuerza de la tormenta no iba a impedir que J siguiera intentando. 

-Quizá si me merezco todo lo que me ha pasado.

El ninja tomó de su hombro para poder animarlo.

-...Pero no eres él. No tienes idea de las desgracias que trajo a este mundo, y de las tragedias que estaban por llegar. Lo detuviste, Arzon no volverá a atormentarnos.

-No, él revivió. No se como lo hizo, pero se que está allá afuera. Puedo sentir su presencia. Está furioso y pronto vendrá por mi.

J estaba tan confundido como su amigo, pero no dudaba ante las habilidades sobrenaturales de Arzon.

-Entonces no le daremos el lujo. Hay que encontrarlo y vencerlo otra vez.

-No quiero hacerlo, no quiero volver a pelear nunca más.

-Arzon no es alguien con quien puedas razonar. Si quieres vivir, tendrás que luchar.

-¿Pero por que debo pelear para matar?

El chico encapuchado creía empezar a comprender cual era la raíz de todo el problema. Pero a pesar de ello, no podía simpatizar del todo. J fue entrenado bajo otros ideales y creencias, otros objetivos y misiones. Las visiones de ambos estaban opuestas la una de la otra. Y sin embargo, no dudaba en que su corazón estaba en el lugar correcto.

J se puso cuidadosamente frente a él, en un intento de verle a los ojos y ser sincero desde lo más profundo de ser.

-Escucha, yo soy un ninja. Mi trabajo siempre ha sido romper huesos y servir en la guerra. Es cierto, a veces no entiendo tu forma de ser. Pero hay algo de eso que me generó curiosidad. 

Teru comenzó a alzar la mirada, intrigado ante su monólogo.

-¿Sabes por que vine a las montañas? Vine aquí para entrenar y desarrollar lo que vi en ti ese día en el bosque. No dudaste en querer encarar a Nick y salvar a tu amiga, incluso cuando experimentamos el peligro de primera mano. Fuiste valiente y decidido, pero ahora dudas. Quiero saber más. Enséñame como luchas de verdad. Y entonces, pero solo entonces te juzgaré por como eres.

La tormenta a sus alrededores se estaba disipando, el calor dentro de Teru limpió en un  circulo la nieve sobre la pradera. El Ninja podía sentirlo, era pasto lo que acariciaba entre sus manos. Era increíble, el poder del chico no solo traía la destrucción consigo, sino que también evolución. 

Poco a poco la ventisca cesaba, y Teru veía como alguien finalmente estaba dispuesto a creer en él. Sería un camino duro, ningún cambio grande se concreta de un día para otro. Pero al menos, ahora sabía que no estaría solo en su viaje.


-Capítulo 43: A Ciegas.-

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