Capítulo 37

Las nubes se calmaban tras la tormenta, cubriendo el cielo en un denso manto gris. Bajo ellas y entre los árboles, Greg avanzaba bajo el reflejo de las hojas. Se encontraba camino hacia una nueva locación, un lugar que solo él conocía.

De tanto andar empezó a notar bajo sus narices los cacharros oxidados que se enterraban en el lodo. Siguiendo pistas, a lo lejos divisó un laboratorio de carpa, abandonado. Tomando el tubo cristalino que cargaba consigo, se acercó decidido hacia el lugar.

-¿Funcionará de verdad?- Se preguntaba a si mismo-

Dentro pudo contemplar el desastre que se había desembocado. Las mesas estaban cubiertas de telas, las cajas se recostaban esparcidas por el suelo. Las sillas se encontraban volteadas y las maquinas estaban llenas de óxido y polvo. Greg no sabía si aquella destrucción la ocasionó el maestro y sus soldados, o la propia inestabilidad de Arzon.

El demonio dejó su frasco a un lado, revisaba los cajones en busca de un objeto olvidado; una llave. Sus alrededores se fundieron en las memorias de su encuentro con Arzon. Había invadido su hogar de sorpresa, y Greg estaba listo para atacarlo con su espada.

-Tú... ¿Qué haces aquí? ¡Lárgate o llamaré a la policía!

-Solo me pasaba por aquí luego de ver una de tus miles de humillantes derrotas. ¿No te aburre? ¿No te deprime? Tengo un trato para ti... Puedo darte algo especial.

Greg arrancaba los cajones fuera de su estanterías, los papeles y el polvo volaban por los aires, y aun así no había ninguna pista de la llave.

-Me enteré de que tu hija logró tomar posesión del brazo de tu esposa.

-Metete en tus asuntos, zángano. ¡Ese fue el brazo que tú le cortaste!

-Detalles. Se lo mucho que la desprecias junto al maestro, y también se lo mucho que anhelas ver a tu esposa de nuevo.

-Estás tan tonto como de costumbre, deja ya esas estupideces...

-Esta vez puedo probártelo, puedo probarte que hablo muy en serio. He creado algo que podría cumplir nuestros deseos... Y ese “algo” puede traer a Honey a la vida otra vez…

Greg buscó entre las cajas, bajo los estantes y entre los bultos en la tierra, pero no había caso. La llave estaba perdida. Sin remedio y con su cuello estrangulándole el aire, corrió hacia el fondo de la carpa. Una torre de cajas restaba, pero el comandante no tenía tiempo para examinarlas. Con su hombro, de un empujón, derribó el pilar cubierto en telas.

-Te dije que dejaras esas estupideces.

-Cuando la veas me creerás, la llamo la “la capsula madre."

El polvo se levantaba junto a la tierra, dejando a las arañas huir despavoridas de su escondite. Bajo aquellas cajas, se escondía una escotilla secreta protegida por un candado. Entrando en total desesperación, Greg tomó una roca y empezó a golpear. El sudor caía por su cara, mientras dejaba salir rígidos quejidos de fuerza.

Las paredes de su hogar se habían derribado, transportándolo hacia el nuevo y secreto escondite del anillo. Allí, el demonio mayor celebró su retorno con champaña y aperitivos. Sin embargo, Greg seguía sin aceptar el trato, pues demandaba saber más acerca de la máquina.

-Tú sabes que la sangre de un demonio es muy especial. Después de todo, el corazón es el único órgano que poseemos. Dentro de él portamos nuestros poderes, y la sangre es la que mantiene la estabilidad de nuestro cuerpo.

Las chispas saltaban, y el rostro de Greg se tensaba de la impaciencia. La roca disparó sus fragmentos con cada golpe sobre el metal, hasta que no pudo resistir más y colapsó en escombros. Enfurecido y lleno de impulsividad, el comandante golpeó la escotilla con todo lo que encontraba a su merced. 

-No solo contiene nuestro ADN. Nos ayuda a respirar, a ver, a pensar, y también a recordar. He potenciado esa máquina con mis poderes, y es capaz de clonar a quien sea con tan solo un tubo de muestra. Una mitad para crear el cuerpo, y la otra para darle la vida.

Una silla metálica fue lo que el demonio utilizó para azotar sin piedad a la escotilla. Ya no apuntaba al candado, apuntaba a la puerta en sí, abollándola y esperando debilitarla.

-Si atrapas a esa niña yo me encargaré de quitarle su brazo fácilmente, conozco unas técnicas...

Los golpes continuaban, retumbando sobre la lona de la carpa como los truenos de una tormenta. La paciencia de Greg se colmó, y de un estruendoso alarido, dio su golpe final. La escotilla junto al mueble se había roto hacia el fondo del escondite, donde cayó revelando las escaleras que aguardaban hacia el final.

-Pero hay algo que debes saber.

El demonio sin dudar bajó hacia el salón oscuro. Cada pisada contaba, pues tenía contados los días desde el inicio de su misión. El tiempo efectivamente se estaba acabando. 

-Me he quedado sin “donadores”, y sin ellos no hay forma de continuar con el procedimiento de clonación. Sin embargo, tu hija, ella es una fusión. Su corazón es especial; una pieza única y sobresaliente que contrasta con la biología humana y demonio...

Colocando su pie sobre el último escalón, Greg se encontró a si mismo rodeado en un gran cubículo metálico. Y ante él presenció una monstruosa e intacta máquina de cables, tubos y bombillas. Era la dichosa "Capsula madre".

-Si logro extraerlo... todo tu sufrimiento habrá acabado, Greg. Se irá para siempre. Y si dreno sus poderes, sus habilidades psíquicas serán solo para nosotros. Piensa en todo lo que podremos hacer.

-El maestro... Al fin podría acabar con él.- Decía la memoria del comandante.

Greg se dirigió lentamente hacía la máquina, disecando cada complejo detalle. Allí, sin pensarlo dos veces, inyectó bruscamente la muestra de Honey.

-Sin embargo, tú sabes que siempre quiero algo a cambio. Tenemos un enemigo en común, Greg… No desperdicies mi oferta. Y si la niegas, me temo que no podrás ver nada similar nunca más...

Las bombillas emanaron un resplandor azulado que se esparció por todas las grietas de la sala. Uno de los tubos vacíos reaccionó, cerrando sus escotillas y preparándose para operar. El demonio no había acabado, pues una vez clavada la muestra en la máquina, este ordenaba un nuevo comando sobre su pantalla.

Greg tecleó letra por letra hasta completar su mandato; "Extracción: un medio de corazón". La orden se había enviado a la máquina, la cual preguntaba por defecto: "¿Estás seguro de esta opción?".

El demonio respiró hondo, lo que haría sería una apuesta entre la vida y la muerte. Pero Greg ya estaba cansado de temer. Él pensaba que ya lo había perdido todo, y que si esto llegaba a fracasar, no arriesgaría nada en realidad.

-Haré lo que sea.

El demonio reafirmó nuevamente su elección. La máquina recibió su respuesta, y abrió detrás de él, el tubo que le pertenecía. De su frio interior emanaba una suave y pálida niebla. El demonio dio lo que creyó serían sus últimos pasos, y recostado se puso a contemplar el techo.

-Pero quiero que sepas que no soy tan estúpido. Se que algo más traes entre manos, siempre lo haces. Traicióname y haré tu cabeza rodar.

Una enorme garra mecánica de agujas, bisturís y demás artilugios, descendía ominosamente sobre él. Sus ojos ya estaban empezando a caer dormidos por el efecto anestésico de los gases.

-Entonces tenemos un trato, comandante Gregorio.

Mientras la operación se llevaba a cabo, al otro lado de las montañas marmoladas, el demonio mayor emprendía la búsqueda por su difunto maestro. Sus alargadas prendas rojizas acariciaban con penuria las hojas del pasto. Bajo su mano derecha cargaba un enorme saco, lo suficientemente ancho como para meter el cuerpo de un gigante.

Las nubes del cielo empezaban a oscurecer para una nueva llovizna, y Arzon ya había caminado bastante. Recorrió los fríos prados, las cuevas y las montañas, y aunque parecía que el aliento no se le agotaba, lo único que poco a poco decaía era su cordura.

Trágicamente, tras encontrar el rio entre la gravilla, alzó su mirada hacia la gran masa terrosa ante él. Era el barranco, había llegado. Su mente quiso jugarle bromas, diciéndole que el maestro podía seguir vivo, que aún había una oportunidad. Que Greg no tenía la habilidad suficiente para lograr semejante cosa. Pero al toparse con el decrépito cuerpo de su amigo, sus ojos no hicieron más que romper en llanto.

Sus lágrimas se mezclaron con la furia de la lluvia, que quería silenciar su sufrimiento. Levantó su máscara solo para toparse con el rostro esquelético del demonio; el rostro de alguien con quien vivió y creció antes del inicio de la primera guerra.

Arzon limpiaba sus lágrimas, contemplando como el rostro de su salvador ahora le miraba desde el interior de una gran bolsa con sus restos. Un relámpago azotó tras sus espaldas, y su mirada de tristeza se deformó en una de genuina ira.

Entre los arbustos, moviéndose a un paso muy lento, su primera víctima se aproximaba. A punta de pistola, uno de los soldados mas leales del maestro se acercaba para recuperar el cuerpo. Estaba tembloroso, lleno de rasguños y heridas en su cuerpo. El bosque se había encargado de hacer su camino un infierno en carne. Mientras que los demás soldados, abrumados y empujados a su límite, no estuvieron dispuestos a seguir con la misión.

Con el maestro muerto, no había una presencia que los demás demonios pudiesen localizar con facilidad. Y sin un jefe, las fuerzas militares de la ciudadela iban de ojos vendados hacia la perdición.

-¡Manos arriba! ¡Suéltelo ya!- Ordenó el soldado, amenazando con presionar el gatillo.

Él sabía muy bien quien era la bestia con la que se enfrentaba; el rumoreado ente que la historia intentó ocultar. El jefe se había encargado de destruir cada una de sus instalaciones, a cada uno de sus seguidores y cada rastro de él. Sin embargo, nunca podía acabar con el líder en persona.

Arzon se negó ante la orden. Dejó su bolso de lado y se acercó lentamente hacia el soldado. Este sin dudarlo dos veces disparó directo a su blanco. Sin embargo, las balas se quedaban atrapadas en la viscosidad de su cuerpo; una vez entraban en contacto, nunca más eran vistas de nuevo.

El soldado, atemorizado, seguía disparando a pesar de que no tuviera ningún efecto. No tenía más alternativas, pero no podía darse a la fuga luego de tanto. Los pasos de Arzon cada vez eran más ligeros, más rápidos.

Eventualmente de tanto disparar, el soldado se había quedado sin munición. Aterrado miró incrédulamente su arma, y sobre ella ante el horizonte descansaba la mirada de la bestia ojos de serpiente.

Los gritos desesperados del soldado no tenían forma de alcanzar a Greg, quien apenas estaba despertando de su sueño.

Sentía un gran dolor en su pecho. Estaba jadeando, y sus garras se hundían con tensión sobre su camisa. Sentía que iba a desmayarse pronto. A pesar de que todo le diera vueltas, caminó lentamente hacía el tubo que se encontraba a su otro extremo.

Allí, se apoyó a observar lo que la capsula revelaba al abrir sus puertas. Entre la gélida niebla, el demonio pudo distinguir lo que creyó era un espejismo de su esposa. La máquina había funcionado tal como Arzon lo dijo; Honey había sido clonada con éxito.

Greg llegaba a sentir escalofríos de lo similar que era a su esposa, su expresión vacía le provocaba una profunda inquietud. El demonio no sabía si celebrar, o abrumarse ante los terrores de la creación que había traído al mundo.

Cargándola en sus brazos, el demonio la llevó de vuelta a la carpa, donde la sentó y la miró cara a cara. A pesar de haber nacido producto de un solo brazo, este era el único elemento que se ausentaba en su cuerpo. Ni una sola palabra, emoción o expresión se escapaba de ella. Esta miraba sus alrededores y jugaba torpemente con el polvo entre sus dedos. Pero aun así, no reaccionaba.

Greg temía que aquel fragmento que tenía como corazón, fuese la causa de todo ese mal en ella.

-Linda, soy yo, Greg.

Pero Honey no decía nada, solo lo observaba inertemente.

-Linda, por favor, di algo...- El comandante agarraba sus hombros con tristeza, pero no obtenía algo a cambio. Se desanimó bajando su mirada hacia el suelo y perdiendo toda esperanza de una respuesta. Su sacrificio había sido en vano, o eso fue lo que creyó. Una dulce melodía estaba intentando romper el paso entre los labios del clon.

-G... Gre...- El comandante lo escuchó atentamente; era la voz de su esposa. Rápidamente levantó el rostro para verla lleno de emoción.

-...Gre... Greg... Greg.-

-...Honey- Dijo el comandante al borde de las lágrimas, recibiendo a la mujer con un gran abrazo de vuelta al mundo.

-Funcionó. Realmente funcionó...

La felicidad de Greg no podía ser compartida con Arzon, quien se hundía en el estrés y la miseria de su siguiente paso. El demonio mayor cargó su enorme bolso hacia los cuarteles del Anillo Escarlata. Allí en una morgue criogénica dejó el cuerpo en un cajón, descansando antes de la tragedia.

Arzon limpió la sangre de sus garras, mientras desplegaba sobre la mesa sus artilugios para trabajar; eran miles de herramientas quirúrgicas, de todos los tamaños y filos. Sobre su rostro se resbalaba un frio sudor cargado de frenesí.

De todos los experimentos que había hecho, este era el único que le provocaba asco. Sin embargo, el demonio mayor se rehusaba a dar un paso atrás. Ya era demasiado tarde.

Al retirar el cuerpo congelado, Arzon arrastró al maestro junto a sus herramientas hacia una oculta sala de cirugías. Las sombras de ambos seres se alzaban ante las paredes, estaban preparados para empezar la operación. Arzon, titubeante pero impulsivo, tomó del bisturí mientras el maestro se recostaba sobre una mesa encadenada.

Miró con nauseas como su garra se acercaba para abrir el pecho de su amigo.

-¿Realmente lo vale?... ¿Realmente estoy haciendo esto?...

Los recuerdos de su amistad con el demonio lo atormentaron como almas en pena. Recordó su sonrisa, su voz, la comida que compartían, las charlas antes de dormir… y entre toda esa dulzura, se clavó su traición como un puñal.

Arzon estaba fuera de sí, y al recobrar sus sentidos, se espantó.

-¡Maestro, no es lo cree! Déjeme ayudarlo…

Pero su garra no quería soltar el cuchillo. Tomó de su muñeca intentado forzarse a sí mismo. Estaba levantando el bisturí fuera del cuerpo, pero la vileza lo forzó a dejarlo caer una vez más.

Y luego otra, y otra vez. Arzon ya no podía detenerse, no podía luchar contra su instinto. A pesar de la nostalgia que sentía al estar con el maestro, quería que este sintiera el mismo dolor por el que le hizo pasar.

La sangre putrefacta de su cuerpo se manchaba sobre el rostro de Arzon, quien aún no estaba satisfecho. Continuó a pesar de que su aliento se agotara, y los músculos de sus brazos dolieran.

Ya no había espacio que el demonio no hubiese apuñalado. Estaba listo para su estocada final, alzando el bisturí entre ambas garras en el cielo. Sin embargo, algo sucedía. El pulso del demonio disminuía, su respiración se calmaba, y sus brazos se aflojaban, todo al ver el reflejo de su rostro sobre el filo del cuchillo.

No podía reconocer su rostro de lo empapado que estaba, ni el cuerpo del maestro de lo dañado que quedó. Su furia cayó en un declive hacia la decepción, viendo que efectivamente era tan patético como Greg.

-Perdóname, Koragg… Esto no debía ser así.

Suspirando, miró al cielo en busca de alguna señal, algún mensaje divino o de consuelo del espíritu de su amigo. Pero reconocía que aunque estuviese oyéndolo, él nunca se dignaría a hablarle. No en este estado, ni en este tiempo. Pensó que quizá en otra vida las cosas hubieran sido muy diferentes, pero los cambios que ambos habían experimentado los habían apartado tanto al punto volverlos enemigos mortales.

 

-Capítulo 37: El conocimiento es un amigo letal.-


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