Capítulo 39
Un gran estruendo azotó las paredes del Anillo Escarlata, era el retumbar del portón cerrando sus fauces. Arzon caminaba ominosamente junto a sus súbditos fantasma, portando sobre sus hombros una nueva armadura de combate. Sus seguidores miraban intimidados la gran sombra que le acompañaba tras sus espaldas. Era un ser robusto, de cuernos alargados y capa monárquica.
Los soldados formaron hileras y rodearon los
pasillos de la organización. Leales ante su presencia, saludaron a
Arzon y al nuevo emperador del mundo.
Al llegar a la sala de su
trono, las viejas cortinas de la O.P.P. se habían transformado en desgarrados telares del
anillo. Las plantas que rodeaban su trono se volvieron pilares de mármol, y el agua a su
alrededor se volvió una candente y densa lava.
Frente a su silla real,
George Scaffer se preparaba para recibir a ambos líderes. Las bolsas bajo sus
ojos habían crecido exponencialmente. Su piel se había vuelto más pálida y su
expresión gritaba cansancio y debilidad. Se saludaron, y presionando un botón
escondido en el trono, la cascada de lava tras ellos se abrió revelando
una nueva puerta.
El científico se arrodilló ante los seres, dándoles el paso hacia la sala secreta. Tímidamente al rato les siguió por detrás, con la cascada ocultando aquel pasaje nuevamente entre las penumbras.
En cosa de segundos, los gigantescos tubos de plasma se iluminaron, junto a los paneles y las mesas de control. George, Arzon y la
sombra avanzaron por el cuarto en busca de lo que necesitaban. En los tubos se
desplegaban un arsenal de humanos, demonios, y fusiones dormidos en un líquido
verdoso. Eran seres de todos los tamaños y colores, desnudos y preservados
perfectamente.
En el fondo del pabellón, un
solitario panel se sentaba frente a la azotea. La vista de lo que se escondía
en su interior seguía siendo indescifrable para todos, y Arzon prefería
mantenerlo así. Era su “sorpresa” cubierta en las sombras.
Arzon ordenó a George traer el “espécimen especial”. Tecleando a través de la pantalla, el clon 934 fue llamado por la computadora madre. En cosa de segundos, un tubo especial emergió desde el suelo. Una brisa gélida envolvía el cristal, cubriendo el rostro de aquella criatura desconocida.
A George se le pidió retirarse, a lo cual accedió sin ningún pero. Finalmente a solas, el demonio
mayor deshizo su cuerpo de materia y atravesó el cristal para al fin tomar control de aquel títere congelado.
Golpes, trizadas de hielo y
respiraciones profundas se oían desde el interior del cristal. Unos intensos
ojos rojos se encendieron, y con ellos se abrió la puerta del compartimiento.
Ante la sombra gigante, se estaba acercando a paso lento un jovencito de pelo castaño, rostro redondo, y ropajes de campo. De su frente se alzaban dos pequeñas astas rojizas. El demonio sabía que quizá esto desenterraría alguna memoria en su viejo amigo. Extendió sus brazos y dejó relucir ante la luz su nuevo cuerpo; un clon de Teru.
-Mira, Koragg. Qué buenos
recuerdos, ¿verdad?- Decía el demonio susurrando en una melancólica nostalgia.
El maestro a través de su
máscara no hacía más que clavar una mirada muerta sobre la criatura.
-¿Te gusta? Le pedí a ese
incompetente de Gregorio que me encontrara a alguien similar a mi cuando era joven...
Pero aun así el maestro no
se dignaba a decir ni una palabra.
-Los cuernos son buen
detalle, ¿cierto? metí lo poco que quedaba de mi viejo esqueleto en esta cosa... Ahora, está será mi apariencia para
siempre. ¿No es genial?
Pero la felicidad del
demonio se quebraba ante la fría mirada de su superior. Él podía
presentirlo, conocía esas emociones a la perfección. Su cuerpo hueco y corazón
reanimado, ardían de la decepción en sus interiores.
En shock, Arzon intentó
desviar el tema colocando algo más positivo por encima.
-Eh... ¡Claro! Seguro también debe estar muy asombrado por mi colección de clones. Un cuerpo diferente para cada situación, nadie sospecharía nada de mi con ellos... y... si eso no le llama la atención, quizá esto lo haga- El demonio se acercó al panel, tecleando y enviando nuevas órdenes.
En un santiamén, las paredes de vidrios plasmáticos se vieron revestidas en aceros hexagonales. Guardados entre estos se escondían cristales brillantes, frascos de líquidos tan tintineantes como la galaxia misma. El demonio tomó unos
cuantos para enseñarlos a su superior; eran muestras de poderes robados.
-¿Qué tal, hm? Y hay más de
estos guardados en los hexágonos. Lo que te rodea es mi selección especial de
poderes. Me encargué de recolectar y drenar cada una de las habilidades más peligrosas
del planeta. No sería posible sin mi extractor... Hay algo más que quiero que vea.
Ante el maestro, Arzon
reveló una muestra de color rosado.
-¡Es el poder de Tamara, 721! la hija del comandante Greg. No está del todo desarrollada aún, es débil. Pero al dominarla en su máximo potencial, puede convertirse en una arma temible. Sé lo mucho
que deseabas tenerla todo este tiempo. Y ahora está aquí en la palma de mi
mano, para nosotros...
Y aun con todo lo que el demonio tenía para ofrecer,
el maestro no se veía sorprendido, ni un poco.
-Vamos, tómalo- Arzon insistía en querer darle el poder como un
regalo, pero Koragg se negaba en recibir el gesto.
-Tómalo.
Su mano reforzada en armadura no se movía ni un
centímetro, ni siquiera crispaba.
-Tómalo, Koragg. Tómalo.
La paciencia de Arzon empezaba a colmarse.
-¡Tómalo maldita sea, tómalo! ¡Tómalo! ¡Tómalo!...
¡Tómalo, tómalo, tómalo, tómalo, tómalo, tómalo, tómalo, tómalo, tómalo!
¡¡Tómalo ya!! ¡¡¡Tómalo!!!
Y aun así nada. Con su voz habiendo raspado hasta los fines de su garganta, Arzon no conseguía nada. Sujetó de su cuello ante la tos seca, y sus ojos descontentos finalmente devolvieron la mirada al maestro.
Abruptamente, George ingresaba corriendo a la sala.
Temía interrumpir el momento, pero tenía noticias importantes para su amo. Al
oírlas, por primera vez en mucho tiempo el ser sintió una genuina pizca de asombro.
A los pies de la montaña más alta de Isla Frontera, lejos de la ciénaga y el bosque, el demonio Teru se abría paso como una avalancha, arrasando contra los arboles secos y las cenizas que desprendían.
-Es el chico, se aproxima hacia las instalaciones.
Los súbditos cercanos a la zona intentaron cerrarle el
paso, pero todos fallaron, esfumando sus cuerpos en una suave neblina morada.
-¿Cómo logró detectarnos?
Los refuerzos se desplegaban para proteger las
instalaciones, todos rodeando a Teru a punta de armas. Sin embargo, aquellos súbditos fueron barridos contra el suelo en segundos. Una densa llamarada
azul se encargó de derribarlos.
-Debió detectar al maestro... su demonio interno lo hizo.- Dijo
Arzon maquinando una oportunidad para usar el extractor –Me encargaré de
esto. Pon un ojo sobre Koragg, que no se escape.
Más y más ángeles seguían interponiéndose ante Teru. Cada corte y apuñalada de sus armas se resbalaba contra su cuerpo, rompiendo el filo hasta de la daga mas filuda. La determinación de Teru era tan firme como su ira, y los súbditos ya no querían seguir jugando con su paciencia. Intimidados, decidieron emprender una retirada.
Ahora que el camino estaba despejado. No obstante, el chico era poco consiente de que cada paso que
daba reanimaba cenizas de su alrededor.
Con su mente centrada en Arzon y la venganza, no tuvo
el tiempo de digerir su presencia una vez lo vio a la cara finalmente. El
diablo disfrazado había descendido de su escondite para detener el mismo la
amenaza.
De brazos cruzados observó a su creación con lujo de
detalle. Sin embargo, Teru no estaba muy agraciado con la reunión. Era un
encuentro de él contra su reflejo
-Esto si es una sorpresa. No esperaba verte por aquí
hoy.
El chico demonio, al igual que el maestro, no se
dignaba a soltar ni una palabra.
-Nadie está de humor para charlar hoy, ¿eh? Cambiaste
de forma, pareciera que ya estás en sincronía con tu demonio...
Al terminar su turno de hablar, Teru tomó la
oportunidad para empezar a acercarse a él. Arzon no apreciaba la poca cortesía.
Molesto, siguió queriendo monologar.
-Mira, no pensaba capturar tu poder todavía. Pero parece
que tendré que adelantar mis planes para hoy mismo.
Los pasos de Teru se vuelven cada vez más bruscos.
-¿En serio quieres hacer esto, muchacho?
El chico se aseguró de que el
demonio sintiera sus gruñidos. Ambos se
encaraban el uno contra el otro, a pocos centímetros de chocar sus cuernos tal escarabajos.
-¿Para esto me usaste?... ¿Para robar mi cuerpo?-
Fueron las únicas palabras que Teru dijo.
-No me gusta a lo que juegas, niño.
Las engreídas palabras de Arzon encendieron un impulso
primitivo en Teru, el cual atinó a plantar sobre su rostro un puñetazo limpio.
El demonio mayor había retrocedido, nunca había tenido la chance de lidiar con
una fuerza así.
-... ¿Crees que vine a jugar? Mataste a Nick, y ahora vas a pagar.
Arzon estaba sorprendido. El chico era poderoso, pero
dudaba que fuera lo suficientemente inteligente para ganar. Tronó su cuello,
limpió la sangre de sus labios, y se preparó para el combate.
-...Por supuesto que esto sería así.
En tan solo tres pasos, con una velocidad sobrenatural, el demonio mayor le devolvía el puñetazo a su rival. Se deslizó por sobre sus talones, resistiendo el impacto hasta recuperar el equilibrio. El combate oficialmente había iniciado.
-Trae la máquina.- Ordenó Arzon a George a través de uno de sus súbditos.
-¡No puedo! Aún está en reparaciones.
-¡Me importa una mierda, tráela ya!
Separados por el frio y las cenizas en el aire, los
demonios planeaban con cuidado su siguiente movimiento. Eran dos fuerzas
imparables a punto de colisionar, y el error más pequeño resultaría en una fatalidad.
Arzon al sumergirse en sus estrategias, no pudo notar
que Teru ya corría hacia él. Esquivó sus puños, y atacó sus tobillos para
hacerlo caer. Una vez sentado sobre la tierra, pateó su vientre para hacerlo
mirar el cielo.
El demonio se lanzó como un depredador para devorarle la cara, pero Teru rodó por la tierra esquivando su aterrizaje. Arzon lo persiguió desenfrenado sobre sus cuatro patas, y sobre su cráneo se alzaron los fervientes puños del muchacho.
Su golpe cayó como un martillo sobre la cabeza del demonio. El impacto y la fuerza hicieron que chispas de fuego saltaran en el aire, la reacción de las cenizas a su alrededor no se hizo esperar.
Teru sujetó al aturdido enemigo por los cuernos,
girándolo como una bala hasta lanzarlo contra las rocas. Los escombros volaban
en miles de pedazos, y tras el aterrizaje, Arzon se levantó en impotencia para
limpiarse el polvo.
El chico demonio se abalanzó a gran velocidad,
arrastrando con su nudillos el rostro del líder. Su cabeza y cuerpo eran golpeados contra un árbol seco, el cual incapaz de sostener tal fuerza, acabó partido en dos.
Con Arzon bajo su merced, comenzó a molerle el cuerpo
sin piedad. Cada puñetazo se volvía más rápido que una bala, y más pesado que una
tonelada. El demonio mayor debía hallar una forma de frenar su energía, o
pronto no sería más que papilla de huesos.
Firmemente detuvo los puños del chico, y empezó a empujar en su contra.
-Eres bueno, muchacho. Pero yo soy mucho mejor.
Arzon había logrado apartar a su enemigo. Tomó de su
pierna, y empezó a girarlo tal como este lo hizo con él. Se aseguró de que cada
árbol en su caminó fuera derribado por el mismo chico. Y cuando se cansó de
girarlo por doquier, el demonio mayor lo disparó hacia el cielo.
Teru debía recuperar su racha. Al devolverse el equilibrio, se empujó en una firme patada en dirección hacía Arzon. Sin embargo este en la superficie no parecía tener motivos de querer moverse. Estaba dispuesto a aguantar el ataque. Pocos metros quedaban para el impacto. El pie de Teru por mera fricción empezó a prenderse en fuego. Aún así, Arzon no temía, se mantenía derecho sobre la tierra.
Pocos metros quedaban, y de los metros pasó
rápidamente a los centímetros. Teru estaba listo para acabarlo, hasta que en un
abrir y cerrar de ojos el demonio mayor desapareció.
En donde se suponía debía estar su presencia, una
estela de nebulosa purpura ocupaba su lugar.
El chico no tuvo tiempo de analizar la situación, pues un gran rodillazo sobre su vientre había
prevenido la colisión.
Las pocas llamas que sobrevivieron de su patada,
cayeron sobre la tierra y la ceniza, levantando aún más fuego por el lugar.
Teru salió propulsado hacia el horizonte, amortiguando la velocidad con cada árbol que se le cruzaba. Ante el último
tronco, el chico cayó aturdido sobre el suelo. Arzon se alzaba casi
victorioso sobre él, volviendo su presencia una mera burla.
El chico intentó levantarse nuevamente a luchar, pero Arzon no tenía forma de saciar su aburrimiento. Pateó su cadera, dejándolo sobre
el suelo sin mayor movilidad.
A pocos centímetros de él, se acercaban los ángeles
soldados cargando el extractor. Arzon, bruscamente, lo arrebató de sus manos ordenándoles retirarse. Un nuevo prototipo estaba siendo construido sobre aquel alargado guantelete de aguja. Arzon jaló de la
palanca que emergía de su brazo, empujando el arma a su máximo rendimiento.
Disparos de vapor emergieron de sus costados, cubriendo
sin éxito los fríos ojos serpentinos del demonio.
-Al fin. ¡Todo tu poder será mío!
La aguja avanzó ferozmente hacia el pecho de Teru.
Pero este obedeciendo su reflejo por sobrevivir, sujetó de la aguja con sus garras en llamas. En cosa de segundos, el extractor no se había vuelto nada más que
un simple guante de acero. Sin la aguja; su elemento principal, la máquina cayó a pedazos hasta quedarse obsoleta.
-¡No!- Gritó Arzon en desconcierto.
Teru no parecía saber rendirse, pues seguía intentando
levantarse. Al demonio mayor no le gustaba aquella insistencia, y enfurecido,
se subió sobre el chico para atizarle el rostro. Puño tras puño la conciencia
de Teru llegaba a los bordes de su estabilidad. Era cosa de tiempo hasta que
cayera desmayado, y por ende, cayera también bajo las garras de Arzon.
La idea de volver a ser manipulado por aquella bestia hervía la sangre de Teru. Operando una de sus manos
libres, El chico lanzó un codazo sobre el cuello del demonio. La respiración de Arzon se
estaba cortando, y en un santiamén, sintió la pesada pata del demonio
intentando sepultarlo en la tierra.
De un chasquido el líder desapareció en una nube de
humo, reapareciendo para retener al muchacho tras sus espaldas. Una inmensa
onda de calor envolvió el cuerpo de Teru, disparando una llamarada por los
aires que hizo retroceder a Arzon. El suelo que se había prendido en fuego, ahora se
alzaba hacia las nubes a través de los árboles.
El final del combate entre ambos demonios estaba por
desencadenarse dentro de las murallas de un abrumante averno. Tanto Arzon como
Teru se encontraban agotados, empujándose el uno al otro para poder alcanzar la
victoria. Sin embargo, una amarga sensación estaba despertando en el demonio. Algo le hacía sentir tristeza en ver aquel
bosque en llamas.
Las memorias estaban volviendo a él, y tras ambos, unas fuertes pisadas se acercaban hacia el lugar. Arzon podía sentir su presencia; era un aura debilitada por el tiempo, la venganza, y los experimentos a los que fue sometido. Al voltear, Arzon se topó nuevamente con el rostro de su viejo amigo; el maestro.
-¡Koragg! Viniste a ayudarme...
Pero había cantado victoria demasiado pronto, pues el
maestro no pensaba moverse de su lugar.
-¿Qué sucede?
Arzon estaba confundido, pero el plan del maestro cobraba sentido poco a poco. A
sus alrededores, los arboles en llamas comenzaban a caer frente a él, tapando
el camino.
-¡No! ¡Alto!- Arzon se separaba de su cuerpo, liberando
el esqueleto y materia dentro del clon.
Pero Koragg ya había tomado su decisión. Iba
encerrarse a sí mismo tras el muro de llamas, hasta que el fuego consumiese
todo su ser.
-¡Por favor no, ya basta!- Arzon luchó por cruzar las llamas, pero no tenía ningún resultado -Sé que me equivoqué, ¡pero puedo arreglarlo!
Más troncos cayeron en su camino, fortaleciendo así la convicción del maestro. Este le dio la espalda a su viejo amigo, y al
chico que alguna vez creyó era una amenaza para su imperio.
Sentía un irónico pesar. Estaba a punto de
experimentar la muerte por segunda vez, mientras que frente a él veía como su jurado enemigo ayudaba a derrotar a uno mayor. Pensaba que todo era tan confuso y tan absurdo, pero en el fondo estaba agradecido con que entre bandos opuestos supiesen reconocer cuando era hora de trabajar juntos.
Difuso a través del mar de llamas, escuchó las
suplicas de su viejo amigo. Sin embargo, el maestro ya había tenido suficiente.
Sabía que si debía responder algo, solo diría las cosas que Arzon ya sabía.
-...No tienes... nada que probarme ya... me
decepcionas... Me das... asco.
Dijo con la ultima pizca de su aliento, dejando que los troncos cayeran sobre él. El fuego se encargó de borrar al maestro y
consigo las memorias de su compañero.
Tanto el demonio como el chico observaban la gran
fogata en shock. Arzon había perdido a su maestro, y Teru había gravado en su
mente como un demonio destrozaba en desesperación el reflejo de su propio
cuerpo.
El ente de materia viscosa se volteaba a mirar al chico, con sus huesos expuestos y los pocos rastros de su cascarón. Respiraba agitadamente, estaba desesperado y listo para dejarse caer ante el dolor.
-¿Que hice mal?... Koragg...- El combate iba finalizar
pronto -... ¿A quién quería engañar? Todo fue una fantasía mía. Y ahora que al
fin veo la verdad... desearía no haberlo hecho nunca.
Esas últimas palabras fueron las que sellaron su destino. Sus penurias y arrepentimientos fueron la gota que colmó
el vaso para Teru.
-¿Ahora comprendes cómo se siente?...-
El paralelismo que se generaba entre ambos le hacía
enfermar, y el chico no quería lidiar con su presencia ni un momento más.
-¿¡Ahora entiendes lo que hiciste!?
Conducido por la frenesí, el chico demonio se lanzó
contra Arzon para darle una golpiza que no olvidaría. Cada puño que levantaba, era sangre
que salpicaba sobre sus nudillos.
-¡Me usaste!
Sangre caía sobre las cenizas.
-¡Me usaste para tus enfermos experimentos!
Sangre caía sobre el pecho de Arzon.
-¡Yo era tu campeón, el invitado estrella! ¿Por qué?
¿¡Por qué!?
Los huesos tronaban ante los puños de Teru, junto a los cascarones y la masa que componía a Arzon. A los pocos segundos, se sintió sucio e inmoral. Sus mano estaban empapadas. Arrodillado en desconcierto, miró sobre el ojo de Arzon, la crisálida de su propia pupila. Y sin comprender bien el por qué, las ganas de llorar lo atacaron.
-... ¿Por qué?... ¿Por qué te callaste tanto
tiempo?... ¿Por qué les permitiste dañarte tanto?... ¿Por qué?
Teru estaba entrando en un conflicto interno, y Arzon ya sabía que debía hacer. En su momento de debilidad, empujó al chico y empezó a correr.
El demonio por primera vez en mucho tiempo se sentía
intimidado por uno de sus rivales. Sin embargo, los daños alrededor de
su cuerpo hicieron que este empezara a desmoronarse con cada paso. Primero fue
su pierna, luego le siguió su brazo, y eventualmente, cayó desmoronado todo su torso.
En su última voluntad, Arzon volteó a darle la cara a Teru, quien estaba horrorizado por lo que veían sus ojos. Con su brazo
esquelético, debilitado y tembloroso, lo apuntó para dejarle un recado final.
-Te encontraré, niño.
Y ante la última palabra los ojos del demonio se
fueron a blanco. Lentamente, la materia que envolvía su esqueleto empezó a
derretirse, siendo tragado por la tierra.
Una delicada brisa envolvió los alrededores de Teru,
desintegrando consigo las llamas y las cenizas del bosque. Ante él se alzaban lo
que él percibía eran los estragos de su ira.
La pelea estaba lejos de estar por terminada. Ese día, a
pesar de que había vencido a un poderoso enemigo por su cuenta, Teru sintió como
había matado algo o alguien dentro de él.
-Capítulo 39: Instinto de Lucha.-

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