Capítulo 38

En las profundidades de la isla yace la ciénaga, cuyo fango es caracterizado por ser extremadamente tóxico. Los arboles a sus alrededores se secaron y perecieron ante el contacto, extendiendo sobre su corteza una alargada cara de agonía.

Los esqueletos de aquellos que se aventuraban por estos paramos ahora descansan a punto de hundirse en la tierra, con sus armas y dagas alzadas en el aire.

Tamara observaba con curiosidad el destino de estas personas, mientras que con su único brazo cargaba a una muy aterrada Priscila. Ambas chicas eran casi idénticas, como si hubiesen mirado sus reflejos en el agua. La humana portaba el mismo peinado y vestimenta que su demonio. Solo que esta a comparación, había emergido de la chica con su piel muerta y escamas imitando el ropaje.

Las dos estaban en busca de Teru, del cual cuyas pisadas ardían en llamas hacía un rumbo desconocido. La humana, atormentada por sus alrededores, no pudo dejar pasar su inquietud.

A pesar de haber estado juntas más de treinta minutos, las chicas no habían intercambiado ni una palabra desde que se conocieron. Tamara estaba insegura de como debían percibirse la una a la otra, pero Priscila ya tenía todo muy definido.

Las chicas atravesaron las aguas posadas, los escondites de los sapos y los densos terrenos de lodo. El rumbo estaba perdiendo su curso, pues las pisadas de Teru comenzaban a volverse borrosas. Sin embargo, entre los esqueletos de los viajeros encontraron otras cosas.

Eran mochilas llenas de herramientas y utensilios de supervivencia. Con todo en mano, las chicas decidieron tomar un descanso ante el arroyo. Tamara recolectaba champiñones, cortándolos y examinando su interior. Mientras tanto, Priscila se sentaba sobre los troncos a observar, intentando encontrar la calma para poder hablarle.

Con algo de habilidad y destreza, la chica demonio encendió una fogata, y en cosa de minutos las brochetas estuvieron listas. El demonio zampaba mordiscos de diestra a siniestra a su bocadillo, luego dos, y luego tres. Estaba muerta de hambre. Sin embargo, su compañera no parecía tener las mismas ganas. Tamara no sabía si la chica observaba su brocheta o el suelo en un punto muerto.

Sabía bien que no podía forzarla a hablar. Y cuando creyó que no diría nada más, las palabras se escaparon de su boca:

-¿Son seguras de comer?- Decía Priscila algo nerviosa.

-...Sí, claro. Lo son.- Tamara cubrió su asombro iniciando una pequeña charla -No pienso intoxicarte ni nada por el estilo.

La chica demonio intentó reír para calmar las ansias de su amiga, pero esta no le siguió el juego. Limpió su garganta y desvió el tema rápidamente.

-Muchas veces tuve… bueno, “tuvimos” que sobrevivir en los pantanos por órdenes del maestro. Distinguir champiñones normales de los venenosos es vital para seguir adelante.

-No recuerdo eso. Hay muchas cosas que no recuerdo de mi vida... digo, "tu" vida.- Priscila estaba triste ante dicha realización.

-...¿Entonces si hay cosas que recuerdas?- Dijo Tamara intrigada.

-Muchos momentos, algunos claros y otros difusos. Recuerdo la escuela, a Greg, a Teru... En un principio creía que estaba soñando, pero luego entendí que yo no era quien estaba en control. Solo me quedé ahí y observé. Recuerdo muy bien una ocasión en particular- Priscila rememoraba el momento en que se encontró cara a cara con Robin.

-Desperté y vi a un chico de pelo blanco frente a mí, detrás de él estaba Greg. Ambos se veían muy heridos, y mi brazo estaba fundido en un muro de carne. Apenas tuve la chance de hablar, y después de eso, volví a quedar relegada.

La chica demonio cargaba con un fuerte sentimiento de culpa. No podía evitar el pensamiento de que le había arrebatado gran parte de su vida, todo sin haberlo planeado.

-…Lo siento tanto.

-Está bien, no te preocupes.- A pesar de sus disculpas, la chica no parecía poder levantar sus ánimos.

En ese preciso momento, una bombilla de luz se encendió sobre Tamara. Pensó que conocerse y darle la compañía que merecía sería lo mejor que podría ofrecerle. Apenas se acabó la merienda, las chicas siguieron su rumbo completamente a ciegas.  Ambas estaban muy calladas, y Tamara se sentía incomoda. Para romper el hielo, el demonio jugó su primera carta.

-Oye, Pri… ¿Tu qué edad tienes?- La chica demonio sentía vergüenza de sus propios avances.

-¿”Pri”?

-Es un apodo. ¿Tienes algún apodo?- Tamara sonreía incómodamente.

-… No

-Pues ¿Qué te parece Pri? O ¿Pris? ¿Prisci? ¿Cici? ¿Cila?- Mientras más opciones buscaba, mas avergonzada se sentía.

-Dejémoslo en Priscila.- La chica se reía ante los intentos de Tamara, y el demonio sentía como un pequeño vínculo se formaba. –Tengo veintiuno.

-Veintiuno, tal como un viejo amigo... Yo apenas tengo diecinueve. ¿Cómo…?- Tamara estaba desorientada.

-Parece naciste un tiempo después de mí.

Los ojos del demonio se iluminaban de alegría. Recordó con cariño a Reggie, mientras veía en su bolsillo el molino que obtuvo de regalo.

-¿Sabes? Siempre quise una hermana mayor.

Dijo Tamara con una cálida y melancólica alegría. Priscila a pesar de sonreír, ocultaba sobre su hombro una mirada preocupada.

-Oye… Priscila. ¿Te importaría contarme un poco sobre Honey?

-¿Honey?- El nombre no le parecía del todo familiar- Oh, ¡Honey! Mamá, ¿verdad?

-¡Si, Mamá!- Tamara se emocionaba ante la respuesta.

-Eh… Bueno, recuerdo algunas cosas. Honey era...Ella... bueno... ¿era muy buena y dulce conmigo?- El tono de Priscila se volvía inestable, claramente mentía para escapar de la situación. Pero Tamara no parecía notarlo, y si lo notaba, inmediatamente lo ignoraba.

-Es tal como la recuerdo yo.- Tamara se sentía feliz de oír aquellas palabras, pero evitaba pensar que se aferraba a migajas de nada.

–Oye, ¿Y cómo era ella con Greg?- Continuó la chica demonio

Priscila no respondía.

-Puedes tomarte tu tiempo.

Y misteriosamente, tampoco podía sentirla sobre su brazo. Al voltear aterrada, encontró a la chica tirada sobre el pasto.

-¡Priscila!- Tamara corrió en su ayuda. Sin haberlo notado, la chica se había golpeado la cabeza con una gruesa rama de árbol. El demonio despejó su rostro para verla. No era una herida muy grave, solo un raspón. Pero aun así, la chica no reaccionaba.

Desesperada y en busca de alguna ayuda, la chica vio entre los árboles cruzando la laguna, una mochila de cruz blanca. Ya decidida y llena de vigor, se adentró entre la oscuridad para salvar a su amiga.

Habían pasado ya unos buenos minutos, casi una media hora. Priscila estaba despertando de su inconsciencia con una fuerte jaqueca. Al abrir sus ojos se encontró a sí misma rodeada por los dolientes árboles en completa soledad.

Miró por todos lados, pero no encontró rastro del demonio. Hasta que entre las sombras apareció con la cura.

-¡Ah, despertaste!

Priscila se dirigió hacia la voz de Tamara, quien yacía parada llena de sanguijuelas, cargando un kit de auxilios con una sonrisa campeona. La chica humana solo pudo gritar del terror al verla.

Más tarde, su cabeza fue vendada, y con unas pinzas ayudó al demonio a retirar los parásitos.

-Lo siento... me temo que no podré ayudarte con Honey. No recuerdo nada de ella.

-¿Como? ¿Pero lo que dijiste hace poco?...

-Mentí, lo siento. No sabía que responder.

Tamara parecía tener la intención de querer desanimarse, pero algo innatural dentro de ella la forzó a seguir empujando.

-Ok, no hay problema.- Dijo ella algo rígida, levantándose y limpiándose el polvo de encima.

-¡Espera!- Dijo Priscila preocupada -¿No te duele nada? ¿Estás bien?

-Claro, estoy bien. Sigamos andando.- Un inquietante optimismo invadía a Tamara, y a Priscila no le gustaba para nada.

La siguió por detrás, mientras su compañera demonio intentaba retomar sus estrategias. No saldría de ese bosque sin un lazo con esa chica, pero lo que Tamara no sabía que cada vez que lo intentaba desencadenaba una trampa o una desgracia sobre ambas.

Una poza se presentó ante ellas, y Tamara se ofreció como puente humano para cruzarlo. Priscila llegó al otro extremo sana y salva, pero por un descuido nuevamente, Tamara cayó al fondo ante el agua infestada.

A pesar de ser devorada nuevamente por sanguijuelas, el demonio escaló con mucha dificultad de vuelta a la superficie. Allí se encargó de defender a su humana de las bestias salvajes del pantano. Arácnidos musgosos, bestias lodosas, y sapos gigantes con espinas como cardos. Tamara no podía sentir el veneno de aquellas criaturas, pero si el dolor de cada una de sus picadas.

Eventualmente encontraron fruta fresca de un árbol que aún no perecía. Priscila no presentaba signos de hambre, y la chica demonio ya se estaba encargando de recolectar tantas manzanas como pudo. Por su impulsividad, resbaló de las ramas y cayó del árbol sobre su propio rostro. Quedó en el suelo, aturdida y sin ninguna ayuda.

Al entregarlas a la humana esta agradecía con una sonrisa, que eventualmente se desvanecía. Tamara ya notaba todas sus reacciones, pero no pensaba nada malo de ellas.

-Quizá es un poco tímida.- Pensó ingenuamente para si misma.

Y bajo esos engaños se mantuvo a si misma rondando hasta el anochecer. A la luz de la luna, las chicas construyeron otra fogata y comieron brochetas una segunda vez. Desde las alturas de la colina, a lo lejos veían lo que creían era el punto de partida. Para Tamara significaba que había un progreso, pero era un avance sin finalidad.

-¿Estás cansada?- Preguntaba la chica demonio

-Sí, bastante.- Priscila seguía respondiendo de manera monótona. No parecía tener interés de a dónde iba ni que hacía, solo buscaba a sus alrededores una salida.

Tamara sentía como los muros de hielo volvían a crecer entre ambas. Y en su soledad, las dudas emergieron más fuertes que nunca.

-¿Pri? ¿Estás bien?- Tamara tomaba de su hombro, intentando ver la cara de su compañera. Priscila sudaba y sudaba, pidiendo al destino una forma de zafarse de todo. Pero el llamado no fue oído, estaba en un aprieto. La ansiedad rebasaba su límite, y Priscila sentía que ya no podía seguir más.

-¿Puedo preguntarte algo?

-Oh, claro... ¿Qué-?

-¿Qué quieres de mí?- Dijo la humana tajantemente.

-¿De ti?- Tamara estaba desfasada de todo.

-Sé lo que quieres hacer. Eres amable conmigo para que cuando baje la guardia poseas mi cuerpo otra vez. 

-¿Que? no, para nada. ¿Por que creerías que haría eso?

-Porque se lo que eres. Eres un demonio, mi demonio.

La culpa de Priscila se estaba transformando en un gran nudo de emociones, del cual poco a poco estaba perdiendo el control.

-Lo aprendí todo durante los años, todo a través de tus ojos. En las peleas, en la escuela, en la armada. Lo sé. Se de donde nacen, por que están aquí, por qué se parecen tanto a nosotros... pero no se por qué intentas ser tan amable conmigo.

-Creí que era lo correcto... ¿Por que no me dijiste nada antes?- Tamara estaba apenada y sorprendida.

-Tenía miedo de hacerte enojar, con tus garras y colmillos pensé que moriría.

La chica demonio estaba sorprendida, incluso llegó a estar pensativa por un momento.

-Pensé que si seguía tus planes todo estaría bien, pero ya no lo aguanto más. Solo quiero salir de aquí.- Continuaba Priscila. Sabía que este sería el final para ella, y aun así seguía completamente equivocada, pues la reacción de Tamara fue todo menos agresiva.

Todo extrañamente se resbalaba del demonio, quien aún mantenía una calma innatural ante todo. La chica humana se había rendido. Dejó su comida a un lado para mirar el fuego fijamente, buscaba una distracción o una señal que le diera la verdad detrás de todo. 

-Pensé que actuar así me haría al fin una buena amiga para alguien. No quiero cometer los mismos errores que antes, quiero ser una mejor persona. Quiero ser de apoyo, útil, y compensarte todo lo que te sucedió.

-No se como creerte...- Algo en Priscila le había desconfiar intensamente.

-No tienes que hacerlo. Entiendo lo que es confiar demasiado en alguien.

Aunque no quería admitirlo, Priscila al fin podía sentir algo genuino en sus interacciones con la chica demonio. Aquella honestidad le otorgó libertad ante el peso sobre sus hombros. Sin embargo, su consciencia no asimilaba el alivio con un tono amable. Su cuerpo entró en un trance de luchar o correr, y mente tomó lo ultimo como su única opción.

La chica humana escapó hacia las profundidades de la ciénaga, donde se hundió hasta no dejar nada visible de ella. Tamara intrépidamente salió tras ella, gritando su nombre e intentando alcanzarla.

Dentro, la luz de la luna se volvía cada vez más opaca. Las ramas secas cubrían el cielo en un gran pasillo de árboles. Los esqueletos y sus armas se volvían más abundantes, y los pasos de Priscila se perdían cada vez más. 

El frio azotó toda la isla con fuertes brisas. Las costas estaban a grados de pasar al negativo, las praderas dejaban sus pétalos volar, y las pisadas ardientes de un monstruo desatado, no podían ser calmadas ni con la ventisca más helada.

Unas pequeñas luces se divisaban sobre las copas, eran las luces del pueblo de Solárne. Allí, las ferias se preparaban para cerrar, mientras los bares y restaurantes se preparaban para abrir. Cerca de las avenidas a un costado de la pileta del pueblo, yacía el hogar de los molinillos multicolor.

Sus luces seguían encendidas, y alguien subía las escaleras para una visita repentina.

-Ey, abue- Una jovencita en overoles se hacía presente –Llamaron del hospital, me dejaron unos remedios que podrían ayudarte.

Sin embargo, el abuelo no respondió. Reggie se quedó frente a la puerta de su cuarto suponiendo que debió haberse quedado dormido. Llamó a la puerta, y aún así no obtuvo una respuesta.

La jovencita abrió la puerta sin pensarlo, esperando poder encontrarse con su abuelo. Sin embargo, este no podía ser visto por ningún lado. El cuarto y cama del anciano estaban completamente vacíos, con la aguja de su suero empapando las sabanas.

Reggie temía lo peor al ver frente a ella la ventana de su alcoba completamente abierta. Apresurada se precipitó hasta ella, aun sin encontrar rastro de él a la distancia. Al bajar la mirada, sobre el velador encontró una nota escrita.

La chica abrió la carta contra la tensión cayendo sobre sus hombros.

-“Querida Reggie, fui a comprar leche.”

La jovencita entendió perfectamente lo que significaba. Con toda la ira del mundo, estrujó la carta en su puño, se apoyó ante la ventana, y gritó:

-¡¡¡Tú eres intolerante a la lactosa!!!

Dentro de la densidad del bosque en las afueras del pueblo, el señor Lewis emprendía su escape hacia un nuevo destino. Cubierto por un sombrero y gabardina azulada, escapó con la fuerza que sus piernas le permitían. Logró perder de vista  a la última luz del pueblo, encontrándose cara a cara con el corazón de la naturaleza.

Entre jadeos y cansancio, el anciano reía del entusiasmo celebrando su logro. La emoción dejó sus piernas tambaleando. Tanto así que el demonio que yacía en él, se desligó para echarle una mano.

-Quizá si estoy algo añejo para estas locuras.- Dijo sarcásticamente.

-Sino lo haces tú, ¿Quién lo hará? - El demonio cargaba al anciano bajo su ala –Tenemos que irnos, Arzon se pondrá en marcha pronto.

-¿Será una aventura como los viejos tiempos?

-Si, como los viejos tiempos.

-Capítulo 38: Humano y demonio, Parte 1-

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