CAPÍTULO 24
Era un nuevo día en el mundo sombra. Greg estaba intentando cocinar el desayuno, pero algo estaba mal con él. Su mente estaba completamente desconectada, en otro lado. El aceite que freía los huevos en su sartén, saltaba a sus brazos. Pero este no podía sacarle una reacción, solo miraba un punto muerto.
Su hija quien bostezaba en la mesa, ya había crecido. Era una adolescente de doce años ahora. Ella no tenía idea del asunto de su madre, ella aún pensaba que ella era quien decía ser. En la tele veía sus caricaturas a una media hora antes de irse al colegio, completamente desconectada de todo.
Greg no dejaba de pensar en cual podía ser el verdadero nombre de su mujer. La lista era tan larga, y sombríamente, recordaba la lista de las personas que alguna vez cayeron en sus garras.
-¿Y si yo era el siguiente en su lista?...- Pensaba para él mismo, perdiendo la noción de su entorno.
-¿Pá...?- La voz de Tamara retumbaba en su cabeza, pero el demonio seguía sin tocar tierra firme.
-Eh... Si, dime.- Decía respondiendo por reflejo.
-Mis compañeros... me golpearon en la escuela el otro día.
Greg no respondía, seguía atormentado por las ideas oscuras que invadían su mente. Era como un huracán que se cerraba rápidamente, donde el viento le cortaba la piel poco a poco.
-¿Pá?...- Tamara quería llamar su atención
-¿Ah? ¿Decías algo?- Pero no funcionó.
-...Olvídalo. Me voy a la escuela. Te veo luego.-
El sonido de la puerta cerrándose ayudó a Greg a regresar a la realidad. Ahora estaba solo en casa. No solo iba a desayunar solo, sino que también dejó a su hija sin comer.
Sentado en la mesa, observaba los huevos que se había preparado. La yema se reventó y los bordes de la clara se habían chamuscado. Pensaba en su hija, era su desayuno favorito. Todo se había vuelto un desastre.
Pero apenas comenzó a pensar en Tamara, pequeñas conexiones y dudas comenzaron a surgir dentro de su cabeza.
-¿Y si Honey intentó meter cosas dentro de su cabeza? ¿Y si Honey intentó convertirla en una copia de ella misma?...
Pasaron los días. El demonio mientras iba camino al trabajo, fue llamado por el director de la escuela. Era su hija, se había metido en un serio aprieto. Estaba aliviado de que no debía volver al palacio, pero extrañado por lo que ocurría con su hija. En la oficina del director, este le dio una charla.
-Señor Gregorio, su hija hoy ha actuado de manera muy impulsiva y extraña.
-¿Que? ¿Qué hiciste?- Le preguntaba el demonio a su hija
-¡Yo no hice nada!- Ella respondía enojada.
-Ha tenido una fuerte pelea con uno de sus compañeros hoy. Utilizó sus poderes para levantarlo por los aires, y lanzarlo contra las ventanas de una de nuestras salas. E hizo todo eso con un solo brazo. El niño está bien, gracias al cielo. Pero se encuentra hospitalizado de momento.
-¡Ellos empezaron! Son unos idiotas.- Interrumpía Tamara, aún más molesta.
-Señor Gregorio, Señorita Tamara, nuestro reglamento es muy estricto. Todos los demonios tienen habilidades, pero en esta escuela no permitimos su uso dentro del establecimiento. Aquí promovemos el uso responsable de ellos, la aceptación a otros, y el trabajo en equipo.
-Esta escuela se salta bien por alto la parte de la aceptación, ¡Ellos me odian porque soy humana! Pregúntele a ese niño apenas vuelva del estúpido hospital.
El demonio recordó cómo su hija se volteaba a mirarlo, pidiéndole ayuda con la mirada. No estaba enojada, se empezaba a afligir.
-Dile algo, pá...
Greg se quedó pensando unos segundos en silencio. Su hija estaba presentando actitudes problemáticas. Lentamente sentía que ella estaba siendo encaminada a algo peligroso, que suponía fue impulsado por su esposa.
-Está bien, director. Haré lo posible por arreglar esta situación.
Eventualmente cayó la tarde, y la niña ya estaba en casa. Subieron a su cuarto donde tuvieron una charla. Tamara se negaba a hablarle, pero este se abrió paso ante ella de todas formas.
-¿Por qué hiciste todo eso?
-Ya te lo dije, llevan días molestándome.
-¿Y esto fue lo mejor que se te pudo ocurrir? Maldición, Tamara. Yo creí que eras mejor que esto.
-Yo creí que ibas a defenderme. Me dejaste sola, y ahora me cambiarás de escuela de nuevo.
-Bueno, ¿y que querías? ¿una medalla? niña, solo ignóralos y se les pasará. No quiero más problemas de ahora en adelante. ¿Ok?...
Greg se llevaba la palma de la mano a la cara, se sentía irritado y avergonzado de ella. Quitándola, vio a una niña triste. Sus ojos estaban cristalinos, y sus puños temblaban sobre sus piernas.
El demonio desvió rápidamente su mirada, sobre su cabeza hacía el fondo del cuarto. Vio en el estante en la pared, sus muñecas. Eran esas chicas que siempre veía en la televisión, las recordaba muy bien.
Era un show violento y descerebrado, infantil y soso. O al menos, eso es lo que el pudo ver cuando a ratos pasaba cerca de la tele.
-Quizá Honey no es la única culpable.- pensaba para sí mismo, queriendo dudar de todo. Pasando de largo de la niña, observó las muñecas. Escuchó que Tamara le había dicho algo más, pero el recuerdo no le ayudaba a descifrar que había sido.
-Esto es lo que ves en la tele, ¿verdad? ¿Esto es lo que quieres ser? A partir de hoy te prohíbo verlas también.
Esa tarde, todas las muñecas de Tamara fueron tiradas a la basura. Eran las muñecas que el mismo le regaló cuando era pequeña, las muñecas con las que jugaba con su madre. La niña lloraba y lloraba, suplicándole que no lo hiciera, que no era culpa de ellas. Pero el demonio no quería escuchar, su orgullo y desesperación por hallar un motivo detrás de todo, le hacía sentir que estaba en lo correcto.
-Llorar no solucionará nada, así que deja de hacerlo.
Greg tuvo que pagar por los gastos médicos del chico que su hija lesionó. Más tarde, descubrió que su esposa dejó miles de deudas que no había terminado de pagar. El arriendo de la casa subió, junto a los precios para poder comprar una propia. El dinero se iba reduciendo lentamente, y Greg a pesar de ser un comandante, estaba ganando menos dinero que sus otros pares. Intentó hablar con el maestro, pero este hizo caso omiso.
-Debes esforzarte más, Greg. Estos días has estado rindiendo fatal. Si quieres más dinero, trabaja aún más duro.
-Lo siento, señor. Es que hay algo que me perturba demasiado.- Greg tragaba saliva, reuniendo valor para interrogar al maestro -Si "Honey" era una criminal, ¿Por qué no la denunció a la policía? usted sabía de todo su pasado esto antes que nadie.
-El asunto de Honey era precisamente entre ella y yo. No la policía, ni el departamento de investigaciones. Si alguien iba a castigarla por sus actos, iba a ser yo directamente.
-Lo entiendo perfectamente, señor. Pero, pudo haberla confrontado en cualquier momento. Usted sabía dónde vivía, es mi propia casa.- El demonio quería insistir, no estaba convencido.
-No podía arriesgarme con esa "cosa humana" presente, Greg.
-¿Usted habla de...?
-Tu hija, Tamara.- El ambiente en la oficina se tornaba difuso y extraño para el demonio -Ella perteneció a las garras del Anillo Escarlata, ¿lo recuerdas? Honey nunca se despegaba de su hija. Si ella me hubiera visto llevarme a su madre, sería terrible. Secuestrar a la niña, es aún peor. Deshacerme de ella, ni hablar. Cualquier acción que la llegase a estresar habría desencadenado algo más fuerte que sus poderes psíquicos. Sería imparable Y cuando creciese, me volvería su primer blanco para cobrar venganza.
El maestro se levantó de su silla, y comenzó a caminar alrededor de la sala, observando a Greg.
-A su temprana edad, cualquier cosa puede gatillar sus poderes. Y a consecuencia, desarrollarlos. Siendo un experimento de Arzon, cualquier mutación o variante de sus habilidades está sobre la mesa. A menos que encontremos una forma de bloquearlos, estamos en peligro de volvernos sus enemigos.
Cada cambio de escuela que le hacía a su hija, era una apuesta, ya que no todos querían aceptar a una humana. Y cuando esos cambios ocurrían, cada dos o tres días, Greg debía ir con el director o hablar con los profesores.
-"Señor Gregorio, debe controlar a su hija..."
-"Señor Gregorio, el comportamiento de su "hija" es inaceptable."
-"Señor Gregorio, ¿Dejará que esto siga pasando hasta que empeore?"
Todo el tiempo eran las mismas preguntas, las mismas frases, los mismos regaños. La niña acabó en escuelas privadas, lo que significaba gastar más dinero. Pero ahora, las cosas eran diferentes. Greg se había enterado que Tamara era quien iniciaba las peleas en las escuelas. Los profesores y padres contaban como sus niños apenas le hablaban, y como ellos eran quienes sufrían bullying de parte de ella.
Las sospechas del demonio habían regresado.
-Esto era un patrón- se decía a si mismo -Algo debió haber metido esa mujer en su cabeza... Lo sabía.- Dentro de su corazón, la malicia se estaba desatando una vez más. Aquella incertidumbre y preocupación por su esposa, se transformó en un juego de apuntar y culpar. Pero el demonio no quería admitir su contribución a los problemas de la niña.
-¿Como se atrevió ella a hacerme algo así?
Más tarde ese mismo día, Greg interrogó otra vez a su hija. Tamara se había vuelto más terca e insolente. Era todo lo que necesitaba para defenderse de su padre, pero al orgullo de Greg no le gustaba nada de eso.
-Cuéntame la verdad. ¿Por qué estás peleándote todo el tiempo con tus amigos?- Greg empezó a interrogarla.
-No son mis amigos, son unos tontos. Mi mamá dijo que iba a llegar un tiempo en el que iba a tener que defenderme sola, y eso es lo que hago.
-¿Tu madre? ¿ella dijo eso?
-Si. Al menos ella si me escuchaba y se preocupaba por mí.
-Yo también hago eso, me encargo de encaminarte y volverte una buena chica.
-No me digas... ¿Tú? ¿Volverme buena? ¡Tu estás haciendo sufrir a los humanos, mi especie! - Decía la chica intentando confrontarle -Si, ya me enteré de tu misterioso "trabajito". A mis compañeros les encanta hablar de ti, estúpida rata.
-¡No me hables así, mocosa! En esta casa vas a respetarme. Hago todo esto por nosotros, ¿ok?
-Oh, gracias por hacerlo... ¿No piensas en lo que yo siento a veces?
-No me desvíes del tema. Ahora dime ¿Cuál era tu gran plan? No me digas que quieres imitarle hasta el cabello a tu madre.
-Es mejor que ser como tú. Quizá hasta mi papá real pudo haber sido mejor. Además, ya no soy una niña. ¡Soy una adulta!
-Yo soy el adulto aquí ¿Es que no lo entiendes? Ella me mintió, nos mintió a todos... Y ahora, tú quieres ser una copia. ¿Es que no tienes otras putas aspiraciones?
-¡Lo que yo quería ser a ti no te gustaba! Tus problemas con ella son tuyos, idiota. No me metas a mi en ellos.
-¡No me hables así!
-¡Y si tanto odias a mamá, consíguete otra mujer!
-Eso voy a hacer. ¡Me conseguiré a alguien mejor que esa desgraciada!
-Me parece excelente, y te compras otra casa de paso. ¡Una muy lejos de aquí para no verte de nuevo!
-¡Vete a la mierda!- Le gritó el demonio
-¡Tu vete a la mierda!- Le gritó de vuelta su hija.
Y así pasaron los años. La distancia entre ambos crecía y crecía. La piel de Tamara se volvía tosca, mientras la indiferencia de Greg no hacía más que elevarse. Pero mientras desde más arriba veía todo, más alta iba a ser su caída.
Estaba irracionalmente molesto. Molesto con su esposa, las deudas, las constantes llamadas y su hija. No podía culparle y gritarle a una mujer que ya había fallecido. Él no podía tener la culpa, pensaba. Se justificaba diciendo que era el "cazador de humanos", "el descubridor de la verdad" y "El defensor de los demonios".
-Oye, ¿tú ya no saludas?- Tamara estaba en la mesa, comiendo sola, ya tenía catorce años. Su padre había vuelto del trabajo. Pero este se fue sin más a su habitación en el segundo piso.
El tiempo pasó y la niña cumplió dieciséis. Aún no tenía amigos, pero ya no tenía problemas con nadie. No peleaba, no insultaba, solo no hacía nada. Sus poderes parecían haberse estancado, pues cada vez que los usaba, se agotaba con una enorme facilidad.
En las noches el demonio sentía como su hija escapaba de casa, y no volvía en días. Pero a Greg no parecía importarle demasiado. Después de todo cuando volvía, la niña se cocinaba su propia comida.
Cuando eran fechas importantes, la chica le regalaba cosas. Le daba chocolates en el día del padre, le daba regalos en su cumpleaños. Pero ella a cambio, nunca recibía nada.
Un día llegó a la casa vestida en una túnica negra, y con un sombrero de graduación en su cabeza. Estaba molesta. El demonio la miraba desde la cocina, lavando los platos. Ahí mismo fue donde la niña lo acorraló. Tamara sabía que su padre no iba a preguntarle que le pasaba, así que le dijo de todas formas.
-... Hoy fue mi graduación.- Decía intentando no quebrar su voz.
-¿Era hoy?- Greg no parecía interesado.
-Te lo dije un montón de veces. Por días e incluso meses... Te dije la hora, el lugar. Te dije hasta el regalo que quería, y ni siquiera te vestiste para la ocasión.
-Tu no me dijiste nada.
-¡Si lo hice!- Tamara tomó su sombrero y lo estampó contra el suelo. Se quería mostrar dura e imponente, pero sus ojos estaban empezando a brillar como el cristal.
-Bueno, lo olvidé. ¿Qué quieres que haga?
-Que me escuches tan solo una vez... ¿Qué debo hacer para que me escuches? ¿Qué debo hacer para que estés ahí para mi?
Greg no quiso responder esa pregunta, porque eso lo obligaría a admitir la culpa. Infantilmente, siguió poniendo el peso del mundo sobre la niña.
-Vete a tu cuarto.- Dijo el demonio fría y tajantemente.
-...¿Así que eso dirás? ¿Eso es todo?
-Dije que te fueras. No tengo tiempo para esto, y no tengo nada más que decirte.- Greg se mostraba insensible, mientras la niña tartamudeaba, mirando el piso con impotencia. Dejo su sombrero de graduación en el piso, y se fue a subir las escaleras hacia su cuarto. A la mitad de ellas, se detuvo. El demonio la oía respirar profundo, como si quisiera aguantarse el llanto. Ella quería decirle algo desde la lejanía.
-¿Sabes, Greg?- su voz fuerte se ablandaba y lentamente, se quebraba -Todo este año hice lo posible por volver a hablar contigo. Se que no abriste ninguno de mis regalos, y en serio quería demostrarte que lo sentía. Se que fui una niña problemática, y en serio lo lamento... Pero tú tampoco fuiste un gran padre. El día que quieras responder mis preguntas, yo no estaré ahí para oírte. Ya no. Espero lo sepas.- Tamara subió a su cuarto, donde el demonio no pudo oír nada mas de ella.
Los meses pasaron. El verano de ese año fue igual al verano anterior. Nada cambió. Greg siguió siendo el comandante, Tamara seguía desapareciendo de casa, y la relación se volvió irremediablemente rota.
Un día, El demonio entró a casa en su característica cotona marrón. Tamara le miraba desde la mesa, inmutada ante su presencia. Llegaron al punto de no admitir la existencia del uno y el otro dentro de la misma casa. La chica había vuelto a cambiar. Se tragó toda su pena y culpa para transformarla en amargura y terqueza. Greg buscaba algo entre sus bolsillos, era un afiche en papel marrón. Al colocarlo sobre la mesa, la chica se lo negó sin titubear:
Ni lo sueñes.- La chica reconocía ese afiche, era del cantón de reclutamiento.
-Tienes que ir. Es una orden. La segunda guerra está por iniciar- El demonio no distinguía su hogar del cuartel general.
-Hace tiempo dejé de hacerte caso, Greg.
-No me importa, vas a ir.
-¡No! Estás loco. Tengo apenas dieciséis.- Tamara le gritaba parándose de la mesa.
-Cállate. Cumples la edad mínima para registrarte. Si no te unes, el maestro te desterrará de este mundo. ¿Quieres eso?
Aunque secretamente Greg quería a la niña fuera de su vida, vio potencial en sus poderes psíquicos. Sin embargo, esta seguía sin verse convencida del todo. Iba a negarse a toda costa.
-La verdad para mi sería un alivio salir de aquí.
-Ajá, si ¿Y cómo piensas vivir allá afuera?... sin mí, tú te mueres. Yo pago tu comida, tu ropa, tu educación y el techo que está sobre ti. ¿Tengo razón?
Tamara agachaba su cabeza. Ella solo sabía cocinar lo más básico, y nadie la recibiría en otro hogar allá afuera por ser una humana.
-Eso creí. Así que quiero ese papel lleno de aquí a la noche. Sin peros, y sin tardanzas.
Greg apenas dejó su ultimátum, subió las escaleras a encerrarse en su cuarto: un lugar oscuro y lúgubre, lleno de basura y polvo. Escuchó algo bajó el suelo, eran los sollozos de la chica.
-...Te odio.- Se dijo para sí misma, pensando que nadie la escuchaba.
El recuerdo de aquel día nublado se disipaba como la arena en el viento, mientras el chico escorpión volvía al presente.
-...¿Y luego que pasó?- le decía telepáticamente la criatura.
-Esa niña entró al ejército, y me traicionó. Después de aquel evento, Mi amigo henry llegó a mi casa tocando la puerta. Creí que estaba molesto conmigo, pero ahora se veía decepcionado de mi. Me dijo que los doctores que secuestré para ayudar al maestro, murieron en sus manos. Y el Doctor Evans, no aguantó la herida que le hice. Ese día recuerdo que me vi al espejo por horas... El maestro solo usó mi ira embotellada para encargarme de su enemigo personal. Los asociados muertos no eran más que sus amigos y familia.
El demonio se suspiraba y tomaba aire cada vez que podía. Estaba intentando sacar todo lo que podía de su sistema.
-El Maestro falsificó los documentos de ellos, y se encargó de asesinarlos para hacer el sufrimiento del doctor aún más grande... ¿Y si también falsificó los de Honey? La verdad no lo sé, he pasado mucho tiempo perturbado por ello. A veces me gusta pensar en ella como la dulce mujer que era conmigo. Pero otras veces, me aterra la idea de no haber sabido nada de su pasado... ¿todo fue una mentira? ¿nuestro amor nunca fue real?
Greg observaba a la puesta de sol, antes de caer desmayado por el estrés. Aún no había aprendido nada, aún no quería admitir nada. Seguía persiguiendo a la chica y el fantasma de su esposa mientras miraba al cielo.
-Gracias a ella tuve tantas deudas, tantos problemas legales. La odio, pero no puedo dejar de amarla. Y esa niña, esa maldita niña hizo mi vida miserable. Sin ella, no hubiera tenido que lidiar con tantos padres idiotas, tantas escuelas de mierda, tanto estrés por tantos años... Yo no quería una hija, no ella.
El demonio comenzaba a caer rendido junto a su cordura. El escorpión se acercaba más a él tomándolo de los hombros con sus pinzas. Estaba intentando hacerlo reaccionar. Lo sacudió y lo sacudió, pero ya era muy tarde.
-Yo soy un salvador, el defensor de los demonios. Yo no hice nada... ¡Se supone que yo soy el héroe!
Sus últimas palabras se fueron susurrando en el viento, como su consciencia. Greg se había desmayado del cansancio, las heridas y el agotamiento mental. Incluso en sus últimos respiros conscientes, su ego era bastante fuerte. El ser trataba a cualquiera que lo cuestionara como un "moralista loco". Cuando en realidad, el único que se había vuelto loco era él mismo.
-Capítulo 24: El hombre que lo tuvo todo-
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