CAPÍTULO 23

Tras la pista del asesino de su esposa, y la momentánea alianza con su maestro, Greg pasó sus días buscando e investigando en la tierra. Escondido entre las sombras de los callejones más oscuros de Ciudad Frontera. Buscando el símbolo de la insignia por todos lados, fue a parar ante el edificio de un reconocido instituto: el instituto Gardner. Allí, espiaba a los humanos que entraban y salían todos los días. 

El los reconoció, este era el instituto que hizo revuelo en la tierra por su descubrimiento de los demonios. El demonio solo tuvo un nombre en mente como su objetivo:

-George Scafer... ese maldito demente.

Greg tuvo fuertes sospechas de aquel ser que unió a los humanos y los demonios, para mal. Sin embargo, investigando las instalaciones desde sus cuartos más apagados, no pudo encontrarlo. Días después, descubrió que George había sido echado hace años del instituto.

-Entonces, realmente era un lunático...- Se dijo para sí mismo entre susurros.

Continuando la lista de los sospechosos, alguien llamó su atención. Era un señor de barba frondosa y cabello corto canoso: un doctor veterano. Lo espió por mucho tiempo, vigilando cada movimiento. Él tenía conocimientos sobre el acceso al mundo sombra, al igual que George. Sin embargo, su conocimiento sobre los demonios seguía incompleto. Corrían rumores de que el vendía sus conocimientos a cazadores de demonios. Estos a cambio, les traían cuerpos de demonios los cuales podría examinar.

Greg no lo pensó dos veces, él debía saber algo de Honey. Así que aquella noche, acorralado en un callejón, el doctor vio ante sus ojos al terror en persona.

-¡Bien! ya te di toda la información que querías, ¡Ahora por favor déjame ir!- Le rogaba el doctor.

-¡No! Dime, ¿la mataste o no? 

-¡Ya te dije que yo no lo hice, por favor! No le hagas daño a nadie más...

El demonio no quiso oír ni una palabra más, creyó que le estaba tomando el pelo. De su cintura desenvainaba su larga espada plateada, preparándose para el ataque. Contemplaba su filo ante la lluvia, se llenó de ira y atacó sin pensarlo dos veces.

Al día siguiente, el mundo supo la noticia de que el doctor Evans había sido hospitalizado por heridas graves. 

Greg obtuvo algunos nombres de los cazadores de demonios, pero el maestro no estaba contento con lo que le hizo al doctor

-¡No, no, no! Maldita sea, Greg. Tenías que traerlo aquí sin ni un rasguño... Ahora ese idiota va a escapar de la ciudad, llevándose todo lo que sabe. Mira, seré más claro contigo. Encuentra a los culpables y tráemelos con vida. ¿Ok? No quiero que este estúpido error se vuelva a repetir. Para asegurarme, trabajarás con el pelotón de nuevo. Más vale que te comportes.

Greg caminaba a casa pensando en lo que había hecho. No quería creer que él había sido capaz de hacer todo ese daño, no quería creer que ese era el verdadero "él". Pero muy dentro de su corazón, sabía que él estaba tomando un rumbo distinto.

-Papá, el otro día se estaban burlando de mi en la escuela...- Una Tamara de diez años, le hablaba a su padre en la mesa. Iba a ser otro duro día de clases.

-Oh, vaya...- Greg no se veía muy interesado en lo que decía su hija. Se vestía nuevamente para irse. Misma cotona, mismo sombrero.

-Oye, ¿Tu no crees que soy rara? ¿o sí?

-Estoy ocupado.- El demonio abría la puerta para retirarse.

-Pero, Papá...- Tamara se paraba de su mesa para poder perseguir a su padre, pero este no parecía reaccionar.

-Hija, lo veré luego ¿Ok? ok.

Aquella tarde, el caos se sembró por primera vez en Ciudad Frontera, luego de mucho tiempo.

-¡Ey, G! ayúdame con estos aquí- Un compañero de Greg tenía en la mira a una dupla de personas que intentaba escapar. Greg reconoció rápidamente esos rostros, el maestro le había dado documentos sobre ellos:

-"Ellos son Kristen y Mario, nietos del doctor. Evans no solo contaba con cazadores de demonios, sino familiares que lo resguardaban y ayudaban en sus cacerías. Sus fotos están adjuntas y todo. Mientras más nombres y asociados tengas en la mira, mejor."

-Yo los atrapo.- Dijo el demonio cegado por la ira de la venganza.

Aquella noche, Greg recordó encarcelar a los jóvenes en las celdas del castillo, a la merced del maestro. Lo que sucedía allí dentro era información desconocida para él. Se sentía inconcluso, con su venganza aún suelta en el aire.

-Excelente trabajo, Greg... Capturaste a dos sospechosos. Quizá no fuiste hecho para ser un buen soldado, pero si un buen cazador. Ten, toma tu paga.

El maestro dejaba sobre la mesa de su escritorio un saco lleno de dinero 

-Será suficiente para cubrir las necesidades del mes. Ahora, esfúmate.

Atrapar humanos se volvió tedioso con el tiempo. Si el demonio quería avanzar con rapidez, necesitaría de un ejército completo que lo ayudara. Así que Greg decidió reincorporarse en la milicia, esta vez con el objetivo de ascender hasta la cima. La ira que se acumulaba en su corazón por las limitadas misiones de cacería, se estaba liberando. La estaba transformando en un animal salvaje.

El plan del maestro iba a la perfección, estaba cambiando al demonio, tal como el quería. La maldad se estaba apoderando de Greg. La adrenalina y la satisfacción de destapar su ira, lo hacían sentirse vivo una vez más. 

Pero mientras más avanzaba en sus misiones, más rápido esa sensación se apagaba. La desesperación entraba con fuerza en su sistema, viendo que aún era incapaz de encontrar al asesino. Su vida volvía a caer en un agujero de emociones vacías y monótonas. 

El demonio estaba olvidando sus principios, su vida con su hija, sus amigos, y las cosas por las que Honey luchaba. Su mente ahora solo tenía espacio para dos cosas: Él y sus enemigos.

Con el tiempo, recibió una medalla del maestro. El hueco en su corazón que intentó llenar de emoción, se llenó del ego que le daba el maestro. Este era el pase definitivo para volverse el mismísimo comandante de las tropas, las tropas en las que él alguna vez estuvo.

-Bienvenido, comandante Gregorio... te has ganado este puesto. Me demostraste ser alguien frio y eficaz. Aunque aún no hemos encontrado al sospechoso, tengo claro que todo este trabajo hará temblar su consciencia.

-Gracias, señor. Es un honor para mi trabajar para usted.

-El honor es mío, Gregorio. Ya puedes retirarte, tengo cosas que hacer hoy.- Decía el maestro mientras escribía sobre unos papeleos. Sin embargo, el demonio no parecía querer irse. El maestro se percató de esto

-Puedes retirarte, Greg.

Pero Greg seguía sin hacerle caso, solo se quedó ahí parado.

-¿Te estás burlando de mí?- Dijo cansado y ligeramente irritado.

-No, maestro. Para nada, discúlpeme. La verdad es que.... quería pedirle algo.

-Hubieras comenzado con eso. ¿Qué quieres? Alto, creo que ya lo sé. Quieres saber los beneficios de tu nuevo puesto, ¿cierto?

-Señor, quiero saber la verdad. ¿Qué hizo Honey? ¿Cuáles son esos "secretos" que debían quedarse guardados?

El demonio preguntaba en un tono apenado, y su maestro solo se quedó mirando a la mesa. Oír esas palabras lo petrificó de golpe. No respondía ni se movía, el tiempo a sus alrededores se había congelado. 

-Eso también está dentro de mis beneficios, ¿verdad?

Decía Greg, dándole la oportunidad de acabar con el misterio que lo carcomía por dentro. La secretaria del Maestro cruzó la puerta, con un aviso importante.

-Señor, los lideres de las otras ciudadelas llegaron a la sala de reuniones. ¿Va a asistir?

-Dame unos cinco minutos, querida.

La secretaria se retiró sin más. El maestro suspiró, y miró fijamente a los ojos al demonio.

-Tú y yo acordamos que te diría la verdad cuando descubriéramos al principal sospechoso. No puedo decirte nada ahora mismo, Greg.

-¿Por qué no? ¿No he hecho suficiente ya? 

-Greg, encuentra al asesino y luego hablaremos.

-He atrapado a cada uno de los sospechosos que me dijo... Incluso sus afiliados. Y ninguno quiere decirme nada de Honey. Todos tienen un amigo, un familiar, o yo que se. Todos tienen a alguien que hizo algo ligeramente sospechoso. La lista no acabará nunca, ¿verdad?

-Greg, no estás escuchándome.

-¡No, usted no está escuchándome! - El demonio alzaba su voz, se sentía iracundo -Hice todo lo que me pidió, sin ningún "pero". ¡Estoy comandando sus malditas tropas, carajo! Y aun así no quiere decirme nada.

El maestro estaba en silencio. Era como gritarle un muro, Greg lo podía ver. Pero también podía ver como tirarlo abajo.

-Yo soy el único demonio que ha logrado escalar su mugrosa pirámide desde lo más bajo hasta lo más alto. Estuve en las celdas comiendo mierda y ahora estoy en la cabeza de su ejército. ¿Qué haría usted si yo me voy?  La primera guerra la perdieron porque sus comandantes eran ineficientes, unos completos novatos. ¿Y ahora? de repente estamos ganando... Estamos desatando el caos allá afuera. Y todo es gracias a mí. ¡Incluso ni siquiera teniendo este mugroso puesto, logré dirigir bien a mis compañeros!... Usted no sería nada sin el comandante Gregorio, ¿cierto?

Las miradas entre ambos seres colisionaban con gran potencia. El maestro intentaba mostrarse impotente, pero el orgullo del demonio era más fuerte. Convencido ante el sermón de Greg, el maestro dio un suspiro, molesto.

-Bien... Te diré todo lo que necesitas saber de ella.

Este sentándose nuevamente frente a su escritorio, abrió uno de los cajones para recoger unos documentos. Los puso sobre la mesa, mientras buscaba algo más. Greg inclinaba su cabeza en un intento de fisgonear, creía ver la foto de su esposa adjunta a unos escritos. Pero fue sorprendido por la palma de maestro, que cayó como una roca sobre los papeles.

-Alto ahí. No vas a ver nada. Ahora, nuestro trato será más formal.

El maestro colocaba sobre la mesa otro documento y una lapicera. Greg parecía preocupado.

-¿Qué es eso?

-Es un acuerdo. Comandante Gregorio, a partir de hoy sabrás de documentos privados con información personal de un individuo que solía vivir en nuestra ciudadela. Se incluye información que fue cambiada o "borrada" en varias instituciones civiles. Nuestro acuerdo es sencillo; no importa lo que veas, no importa lo que leas. Seguirás trabajando para mí y seguirás cada orden que te dé.

-¿Y a cambio que gano yo?

-Te daré la verdad... y, si cumples todo como te ordeno, podría darte un mejor puesto.

-¿Cuál es ese puesto?- Greg estaba intrigado.

-Ser el heredero al cargo del maestro.

El demonio había sido golpeado por el peso de aquellas palabras. ¿Él? ¿El siguiente maestro? estaba tentando por la idea, pero lentamente ese asombro se convirtió en un manojo de risas

-¿Que dice? Eso es totalmente ridículo... Me está mintiendo. No hay forma de que exista un segundo maestro.

-No es una mentira, Greg... es algo que he considerado mucho. Verás, yo... estoy envejeciendo muy rápido.

El maestro para probar la veracidad de sus palabras, se quitó su máscara. Reveló los alargados cuernos que eran cubiertos por ella. Sus puntas comenzaban a agrietarse. Una de ellas se desprendía en el aire como si fuera arena. Desapareció sin dejar más. Sus cuernos se estaban volviendo polvo, y en cosa de tiempo su cuerpo también lo haría.

-Ya no soy quien solía ser, Greg. Quizá en unos años me vaya de este mundo. Tú sabes el ciclo de los demonios. Crecemos, vivimos... y cuando llegue el momento, quiero que alguien continúe mi legado. Pero ya no seré yo quien podrá seguirlo. Piénsalo... Todo el poder de la ciudad será tuyo. Tus deudas y las que dejó tu esposa se cerrarán, la comida que es buena mejorará aún más... Y esa casa en la que vives podría ser este mismo castillo. No tendrás que encargarte de esa mocosa nunca más, lo tendrá todo. Tú lo tendrás todo.

El demonio no podía creerlo, él estaba hablando en serio. Estaba completamente tentado. Pero a cambio, tenía que enfrentarse contra lo que sea que escondía Honey. Greg pensaba en los peores escenarios posibles. Pero pensó que la idea de tener en sus manos el poder y las riquezas de un maestro demonio, haría su vida feliz y sencilla. Quizá, eso era lo que llenaría su corazón.

No lo pensó dos veces, tomó la lapicera y firmó el acuerdo. Desde ese día, Greg juró lealtad incondicional a su maestro, a cambio de volverse el futuro dueño del cargo.

Se tomaron la mano, en signo de confianza. Greg olvidaba por completo quien era la persona con la que había hecho un trato.

El maestro se sentó, tomó los documentos que le pertenecieron una vez a Honey, y comenzó a leerlos en voz alta. Hoja por hoja iba leyendo, y cada palabra que salía de su boca era como una bala que perforaba el cuerpo de Greg.

El demonio quiso creer que todo era mentira, hasta que tomó los papeles con sus propias manos. Esas palabras que dijo eran reales. Esas palabras estaban adjuntas a la foto de su esposa, la mujer que el creyó que se llamaba "Honey".

Este estaba atónito, sin aliento. Estaba sudando como loco, sus piernas se debilitaban y su cuerpo quería desmayarse. Tomando aire, recuperó la compostura. Devolvió los documentos a su maestro, y le dio las gracias.

Greg se retiró lentamente del castillo, sin decir nada. 

Caminando por las calles hacia su casa, no podía dejar de pensar en lo que vio. La noche helaba el aire y las gotas de lluvia caía sobre su espalda como sacos de rocas. Sentía un fuerte nudo en su garganta que lo quería hacer vomitar. Aun así, él no podía porque no dejaba de creer que todo era solo una simple pesadilla. Ahora, el demonio juró lealtad al maestro y a cumplir sus órdenes, hasta hallar al asesino de su esposa.

Pero ya no quería seguir ensuciándose las manos, no después de eso. Llegó a un callejón, donde se dejó caer de rodillas en un charco. Luego sus brazos cayeron. Empezó a llorar, a gritar y a golpear el suelo. Sus lágrimas tocaban el suelo tal como la lluvia.

Greg observaba sus manos sabiendo en lo que se había transformado, en nombre de la venganza. Quería escapar, huir lejos, pero no podía. La pena, la rabia, impotencia y ego no le dejaban avanzar. La imagen de la mujer que alguna vez amó, se estaba distorsionando para revelar los matices y rasgos de una criminal fugitiva; una asesina en serie.


-Capitulo 23: Espejismos del mar crepúsculo-


Comentarios