CAPÍTULO 22

La chica despertó echada en el suelo, rodeada de los escombros del castillo que ella misma había destruido. Las vendas de su brazo monstruoso se habían roto, junto a la manga de su cotona. A pesar de estar en su estado normal, su extremidad se había vuelto púrpura, y parecía no querer cambiar. Miraba al cielo anaranjado, esperando a que su cuerpo tuviera algún tipo de reacción ante la luz. Pero nada pasó. Más allá de su fría mirada, no había ninguna emoción por descifrar. Ya nada era un secreto. Greg y el chico escorpión se levantaban de los escombros, aturdidos. Contemplaron la destrucción a su alrededor.

extrañamente, todos los soldados que cayeron derrotados habían desaparecido.

La chica sin decir ninguna palabra, se levantó, y pasó caminando por debajo del arco de piedra. El demonio suspirando, le siguió por detrás sabiendo que era hora de darle una explicación.

Al salir, vio a la chica parada frente al barranco de la meseta. Estaba viendo la puesta del sol. Otro día había muerto, y las situaciones en su vida seguían hallando una forma de empeorar más y más. Greg se le unió ante la distancia, sentándose frente a los muros de la estructura.

Ambos podían sentir perfectamente sus presencias. Greg intentó decir algo, pero se retractó. Intentó otra vez, pero tuvo el mismo resultado.

-...¿Tu sabías esto? ¿Sabías que hicieron experimentos conmigo?

Greg estaba callado. Se veía molesto como siempre, pero su cabeza estaba baja.

-¿Lo sabías, Greg?- Tamara le insistió. Pero ella por experiencia sabía lo que ese silencio significaba:

-Claro que lo sabías. Por eso tengo memorias de este horrible lugar... Íbamos a toparnos con esto eventualmente y aún así te callaste.

-...Honey y yo acordamos no decirte nada.- Greg no tenía idea de que era lo que había dejado salir. Pero hizo que la ilusión dentro de la chica se desmoronara.

-¿Mamá? ¿Ella también? No puede ser...- Tamara no quería creer ni una palabra de lo que decía, pero estaba dudando -¿Por qué ella?...

Greg no respondía nada, solo miraba el atardecer intentando pensar en una respuesta.

-Greg, por favor... Dime algo.

-Ya basta, he tenido suficiente. Todo lo que has hecho este maldito viaje ha sido preguntar, preguntar, y preguntar.

-¿No tengo derecho a saber nada? ¡Me escondiste la verdad!

-¡Claro que no! tú...- Greg tragó aire, intentando callarse a si mismo. La chica percibió esto, y lo empujó a decírselo a su cara.

-¿Yo que? ¡Ya escúpelo!

-No eres lo suficientemente fuerte para saber nada.

Tamara a pesar de reconocer que era cierto, se sentía indignada. Evitando estar en su presencia, se fue caminando por los bordes de la meseta.

-¿Y ahora a dónde vas?

-Lejos. Quiero estar sola.

-¿Estás loca? El bosque es completamente peligroso y tus poderes son inestables.

-Greg, Necesito pensar un poco. Me transformé en un monstruo gigante, me enteré de que soy un experimento... Pero, sobre todo, dañé a la única persona que me entendía y tenía algo de paciencia conmigo.

El demonio miraba molesto a su hija, aunque está no le correspondía la mirada en ningún momento.

-Quiero buscar más respuestas y comprender que me pasa... Y quiero hacerlo lejos de ti. ¿Te quedó claro?

Greg desviaba su mirada ligeramente irritada.

-...Haz lo que quieras. Vayas donde vayas, te atraparé tarde o temprano.

-¿Otra vez con lo mismo? ¡Santa mierda, Greg!- La paciencia de Tamara se había colmado, finalmente volteaba a encarar a su padre -¿Qué pasó con todos esos desayunos? o ¿esas muñecas que me comprabas? ¿esos besos de buenas noches? Realmente lo intenté todo contigo... ¿Es que acaso nunca vas a cambiar?

-¿Debería?

-¿"Debería"? ¿¡"Debería"?! ¡Tú arruinaste mi vida, maldito infeliz!

Una sensación amarga recorría el cuello de la chica. Ya no habían palabras suficientes para demostrar lo mucho que se despreciaban el uno al otro. Tamara rindiéndose de razonar con él, emprendió su retirada.

-Adiós, Greg.- La chica se fue caminando por las costas, buscando una salida. Su padre no hizo ni un esfuerzo por seguirla, la había dejado ir. El escorpión le vio desde el interior del castillo, intentando seguirla. Pero al salir, se percató de Greg sentado a su costado. Su expresión estaba vacía, mirando al sol esconderse de él. 

El escorpión se acercó a él, intentando averiguar qué era lo que le sucedía. Con sus pinzas, tomó amablemente su brazo armado. Intentó comunicarse, pero las memorias de Greg lo azotaron como una ola.

Era una noche fría y lluviosa en el mundo sombra. El demonio recordó con claridad cuando su amigo recibió las noticias de su acción imprudente. No sabía cómo, pero las había recibido. Este tocaba su puerta algo inquieto y apresurado. Al abrirla, Greg lo vio mojado ante la lluvia.

-¡Greg! ¿Qué hiciste? ¿Tienes la más mínima idea de en qué te has metido? ¡Las fuerzas armadas del maestro es cosa peligrosa! no saldrás de ahí vivo por tus conexiones... ¿Qué pasará con tu hija? 

El demonio no tenía intenciones de responder a nada de lo que le decía su amigo.

-Fue ese desgraciado, yo lo sé. El siempre odió a mi esposa. Él y sus malditos soldados siempre la hostigaban, todo el tiempo... Voy a arruinar al maestro a toda costa, y lo haré desde adentro. El sabrá de lo que soy realmente capaz.

-Pero Greg, vas a matar humanos... Honey no estaría feliz con esto, y lo sabes.

-Haré lo necesario para descubrir al imbécil que esté detrás de todo. Si nadie se dignará a vengar su nombre, yo lo haré. Y si vas a ponerte en mi camino será mejor que te apartes ahora, antes de que empiece a sospechar de ti.

-Estás demente... Yo ya no te conozco.- Dijo su amigo yéndose lejos de el, perdiéndose en la lluvia.

El recuerdo de la noche lluviosa se había transformado en una brillante mañana. Una Tamara pequeña intentaba acercarse a su padre con una muñeca en su mano. Tenía un gran moño rojo sobre su cabeza, el color era parecido a los cuernos de su madre: un rojo muy brillante. El hombre vestía de una larga cotona y sombrero beige, se preparaba para irse al trabajo.

-¿Papá?

-¿Qué pasa, cariño?

-¿Podríamos ir a jugar afuera un poco? Molly y yo estamos aburridas.

-Perdóname, linda. Pero no puedo jugar contigo ahora. Debo ir a mi nuevo trabajo. Cuando vuelva lo vemos ¿sí?-

El demonio se retiraba silenciosamente por la puerta, pero notaba que su hija estaba triste y algo desanimada. Arrastraba la muñeca por el suelo, yendo a jugar sola otra vez. La tristeza se le contagió a su padre, quien fue a atenderla.

-Cariño, no te pongas así...- Le decía acariciando su cabello -Te prometo que jugaremos, en serio.- Greg le dio un abrazo a su pequeña hija, quien intentaba abrazar a su padre torpemente. Al soltarla, se dirigió hacia la puerta.

Pero recordó que antes de irse, había escuchado sus palabras llamarle una vez más:

-¿Papá?

-¿Si, cariño?

-¿Cuándo volverá Mamá?

Greg recordó perfectamente que nunca le contó que su madre había fallecido. Lleno de culpa, intentó evadir la pregunta para no hacerla llorar:

-...No lo se.

El demonio cerró la puerta detrás de él.

-Las ordenes son las mimas de siempre. Salgan y destruyan lo máximo posible. No tengan piedad con nadie, ni con nada. ¿Queda claro?.- El demonio recordaba su primer día en la armada, y las ordenes que le dio su capitán de aquel entonces. Habían sido enviados a invadir una ciudad lejos de Isla Frontera.

Cuando Greg salió a la ciudad. Se vio envuelto en los destrozos y el caos. Edificios en llamas, humanos que corrían y gritaban, sirenas, alarmas y explosiones. Todo era provocado a manos de sus compañeros, quienes disfrutaban de atemorizar al mundo.

El demonio paralizado ante la destrucción, se sentía ansioso y comenzaba a retroceder. El sabía lo que le dijo a su amigo Henry aquella noche, pero ahora estaba arrepentido de ello. Uno de sus compañeros lo notó:

-¿Greg? ¿A dónde vas?

-No... No puedo... ¡No puedo hacer esto!

Greg recordaba como salió corriendo en su primer día de trabajo. Al regresar a la base, se volvió la burla del pelotón. El maestro quería verlo al día siguiente en su castillo.

Iba camino a su casa bañado en la lluvia, cansado. Ya era de noche. Recordó como dejaba todo cocinado para su hija para pasar el día. Creyó que estaría en su cuarto, sin embargo la encontró sentada en la mesa, sola. La tele estaba encendida de fondo, Tamara la veía fijamente.

-¿Que haces despierta tan tarde? A esta hora no hay nada para tu edad.

Greg se acercó a su hija, se veía triste. Esta intentó mirarlo, pero no pudo hacerlo. Intentó ver a la pantalla, pero acabó mirando a la mesa en cambio.

-Papá... ¿Por qué mi mamá nos dejó? ¿Ya no te quiere?

Greg estaba apenado al ver que sus mentiras solo hacían sufrir más a su hija.

-¿Me odia?

-Cariño, no... No es nada de eso.

El demonio recordaba que ese fue el día en el que tuvo que contarle la verdad. Le dijo que Honey había muerto, pero la pequeña Tamara no comprendía que era la muerte. Eventualmente, comenzó a entenderlo mejor. Eso no significaba que no le dolía.

-Gregorio, tu oíste claramente las instrucciones de tu capitán ¿cierto?- El maestro regañaba al demonio que se sentaba frente a él en su escritorio.

-Claro, señor-

-¿Entonces por qué no eres capaz de cumplirlas? ¿Qué te detiene? 

Greg no respondía, se sentía humillado.

-Tu único deber como mi soldado es obedecer. 

-Pero-

-No quiero oír ni un solo "pero". Si crees no ser capaz de obedecer lo que se te pide, puedes retirarte y esperar tu orden de destierro. Pero no creas que me olvidaré de tu rostro, no tan fácilmente.

Greg no respondió, solo miró al suelo molesto, impotente. El maestro intuyó que el joven soldado había captado su orden. Pero apenas se volteó, escuchó la madera de su escritorio crujir.

El demonio saltando sobre la mesa, se abalanzó para golpearlo con sus puños en el aire. El maestro se volteó rápidamente para atrapar su rostro entre sus enormes garras. Aplastó a Greg contra el suelo, donde lo retuvo. 

Greg pataleaba y gruñía, estrujando inútilmente con sus manos la muñeca del maestro.

-¡Suéltame, Asesino! Tú lo hiciste, ¡Tu mataste a mi esposa! 

-¡Enciérrenlo en la celda! Asegúrense de que aprenda a comportarse.

La oficina del maestro se había transformado en una conversación entre Tamara y su padre. 

-¡Papá! mira esto. ¡Me saqué un 10 en matemáticas!

-Si hija es... excelente.- Pero Greg no parecía interesado en continuarla. Este se colocaba lentes de sol para esconder los moretones que tenía en sus ojos.

-¿Papá?- Tamara sentía que su padre no lo escuchó. Quiso seguirlo, pero este ya se estaba retirando por la puerta.

-Perdóname, debo irme. Te veré más tarde.

Greg recordó cerrar la puerta mientras veía el triste rostro de su hija.

-No creas que te he perdonado por lo de ayer, Gregorio... Hoy otra vez fuiste incapaz de cumplir mis recados. ¿Qué sucede contigo?- El maestro interrogaba a su soldado en las celdas donde fue a parar.

-Yo no cumpliré las ordenes de un asesino como tú. Se que mataste a Honey, ¡dilo!

-¿En serio seguimos con esto?... escúchame, se que yo y tu esposa no teníamos buenas interacciones. Realmente nos odiábamos mutuamente.

-¿Que te hizo esa pobre mujer? ¡Habla!

-Gregorio, tu esposa no es esa "pobre mujer" de la que tu y todos siempre hablan. Ella tenía secretos. Secretos de los que no quería a nadie enterado. E hizo un excelente trabajo en persuadirte.

-¿De qué me estás hablando ahora?

-Te estaré contando más cosas, a medida que me ayudes a descubrir quien la mató.

Greg recordó que el maestro le enseñó una bolsa plástica de evidencia. Abrió la celda para acercarse a él y la viera en detalle; era una insignia dorada.

-Nuestro instituto de investigación dejó de existir hace mucho ¿Lo recuerdas?

-Lo recuerdo. Esta no se ve como una de nuestras insignias.

-Ni como ninguna que el mundo sombra tuviese. Gregorio, no es un demonio el culpable al que buscas. El verdadero culpable está allá afuera, en la superficie.



-Capítulo 22: ¿Lo recuerdas?-

Comentarios