CAPITULO 16
Dentro de los huecos troncos de árbol dormían un demonio y su hija humana. El amanecer iluminaba el bosque en una cálida luz, y las hojas bajaban a descansar sobre los cabellos de la pelirroja. Tamara estaba despertando, sobaba sus parpados y estiraba sus brazos con pereza. Salió a tomar un poco de aire, viendo que su padre aún permanecía profundamente dormido. Sin dudarlo dos veces, se acercó a él para hurtar de sus bolsillo. De ellos, sacó una pequeña radio casetera, con audífonos de gomas suaves y un casete: el equipo de pesca favorito de Greg.
Se cruzó de piernas sobre la pradera, dejando la radio de un lado. Conectó sus audífonos y cerró sus ojos. Dentro de ella pudo sentir las olas de un mundo delicado y acogedor que la llamaban. Era un casete llamado "Melodías del mar crepúsculo", el album de un pequeño grupo en un pueblito lejano del mundo sombra. Su madre parecía tenerle mucho cariño, y Greg cuidaba del objeto como uno sagrado.
Aquella canción se desenvolvía revelando las memorias de una Tamara más joven. La chica rememoraba como se sentía el ser cargada en brazos, que tomaran tu mano al caminar y que limpiaran tus lagrimas luego de un mal día. Los abrazos, los cariños y los mimos hundían su corazón en ternura. Pero algo no estaba bien, una extraña pero pesada emoción merodeaba en lo más profundo. Era pequeña, y sin embargo era cosa de tiempo hasta que creciera en tamaño.
Los sentidos de Tamara se volvieron helados, escuchó unas pisadas tras sus espaldas. Greg bostezó fuertemente, despojándose de su tronco con la vista aun difusa. Tamara en completo pánico, agarró el aparato e intentó detener la casetera. De tanto sacudir y presionar botones, accidentalmente desconectó los audífonos.
Ahora todo el bosque podía oírle. De tanto intentar y fallar, la chica detuvo la grabación, y presionando otro puñado de botones activó la radio local de la isla.
Greg restregó sus ojos sin ni un cuidado ni importancia, y lo primero que vio frente a el fue a su hija volviéndose un pretzel humano.
-Y uno... ¡estira! y dos... ¡estira! ,y tres, y cuatro, y cinco... "- decía entusiasmado el señor de la radio mientras Tamara intentaba seguir la rutina de ejercicios que se había topado por error.- "¡Tensa esos abdominales, nena! Con ellos destruirás ladrillos.
-...¿Qué haces?- Decía el demonio viendo como su hija se enredaba como una bola de estambre. La chica ahora hacía ejercicios de abdomen.
-¿Que no oyes?- Tamara estaba perdiendo el aliento -¡Quiero un mejor abdomen!...- Decía riendo nerviosa, intentando convencer a su padre de no cuestionarla.
-Ya ganas suficientes peleas sin ellos, ¿a quien impresionarías?
-Lo que haga no es asunto tuyo
Tamara volvió a lo suyo, esperando a que Greg se apartara del camino.
-¿Es un chico, verdad?
-¿¡Que!? -Tamara perdía su postura, cayendo de cara y escupiendo el pasto
-Oye, está bien. Es solo que no pensé que te enamorarías algún día.
-¡Greg!- La vergüenza se comía a la chica viva por dentro.
-Creí que odiabas a los chicos... y el romance. Y bueno, también a todo el mundo.
-¡Escucha!- Tamara le estiraba un dedo frente a su cara- Mis pectorales son de mi para mi, ¿entendido?
La chica dio un suspiro y entregó en sus manos la radio de su padre, junto a sus audífonos. Greg los recibió en silencio, sin decir nada más.
-Y no odio el romance, solo no lo entiendo. ¿Ya nos vamos?
-Ok.- Decía el demonio mientras recogía su mochila. -Pero no vuelvas a tocar mi radio.
-Tenemos un trato.
Ambos caminaron por el bosque sin sendero ni rumbo, siguiendo los símbolos tallados del Anillo Escarlata. A medida que se alejaban de los arboles, los arbustos comenzaban a surgir. Bajo sus miradas, a un costado el océano les saludaba. Y por el otro, los arboles asomaban sus copas al sol. Era un pequeño barranco donde el cielo se mezclaba entre el azul y el gris. Las nubes eran enormes y esponjosas, como gigantescos seres que se comían el cielo y los rayos del sol. Aquella brisa fresca fue interrumpida por lo que ambos percibieron en sus narices como un fétido y podrido olor. Tamara se asqueó, pero Greg no se vio muy afectado. De hecho, encontraba algo grato en aquel fuerte olor.
-¡Ugh! ¿Qué se pudrió aquí?- Preguntó la chica tapando su nariz y arrugando la cara.
-Yo reconozco este olor. Es... ¡Es...!- El demonio sin poder creer en sus sentidos, comenzó a correr hasta el final del barranco con entusiasmo. Tamara se quedó detrás de el, atónita, pensando lo peor:
-¿Que es? Ay no... ¿Ya llegamos al Anillo Escarlata?- Dijo ella preocupada de que sería hora de enfrentar sus problemas.
-¿Que? ¡No! Encontramos algo aún mejor.- Dijo Greg llegando al borde del barranco, mientras sonreía con entusiasmo. Al final del pequeño acantilado esperaba una bajada empinada, Observó con asombro lo que esperaba bajo sus narices. Era un enorme basural a las orillas de la playa, con montañas de cosas usadas y gaviotas que volaban sobre ellas.
-Encontramos... ¿Basura?- Tamara se ve decepcionada.
-¡Cosas de segunda mano!- Greg decía entusiasmado, sonriendo como un niño.
-¡¡Sabía que eran basura!!
Greg riéndose con felicidad, dio un salto por la colina vertiginosa y con sus garras se deslizó por la bajada empinada de esta. Levantando un rastro de polvo y tierra detrás de él.
-No se vale.
La chica decía haciendo pucheros. Se puso en marcha y buscó una forma de rodear el barranco y bajar sana y salva.
Cinco minutos más tarde, ambos ya se encontraban frente a la entrada del basural. Tamara se tapaba la nariz, mirando preocupada el lugar. Pensó que pasarían horas allí viendo cualquier cosa diminuta que Greg encontrara, y tiempo era lo que menos tenían ahora. Cruzando la entrada, el asombro, la curiosidad y el espíritu de aventura crecían en la sonrisa del demonio.
-Este es mi lugar favorito para recoger cosas... hoy he sido bendecido ¡Gracias dioses de los cacharros!- Greg decía arrodillándose y alzando sus brazos al cielo, intentando recibir al sol -¡Mira esto!- el demonio rápidamente apuntó a una caja de vinilos que vio de reojo a su costado. Corrió rápidamente a verlos. Con sus garras inspeccionaba cada uno de ellos.
-¿Tienes idea cuanto cuesta rodos esto?
-¿Tienes idea de cuantos gérmenes puede tener todo eso?- Tamara intentaba reventar su burbuja -Greg. No tenemos tiempo.
-Wow...- Sin embargo, su padre no escuchaba. Estaba hipnotizado por los discos.
Tamara se llevaba su palma a la cara.
-Aún así, ¿Qué hace un basural como este en medio de la nada? Se supone este un bosque maldito.
-Todas las ciudades tienen su propio basural ¿No?.
-Si, pero nuestro basural está en otro lado de la isla, no aquí.
-Exacto. Este el basural predilecto de nuestra ciudadela.- Dijo Greg haciendo énfasis en la palabra "nuestra".
-¿¡Ustedes están tirando su basura aquí!?- Dijo Tamara en completo shock.
-Teníamos que dejarla en algún lado.
-¡Sanguijuelas! ¡Los voy a-! -La chica se interrumpió a si misma y miro detenidamente sus alrededores. Una idea daba vueltas dentro de su cabeza -Espera... este es el basural del mundo sombra. ¿Verdad?
-Eso dije.- El demonio estaba muy ocupado viendo los discos.
-Y... ¿Alguien revisa la basura con frecuencia?
-Nadie. Solo dejamos nuestras y nos vamos. Ha sido así por años.
-¿Cuantos años?
-Quizá mas de una década.- Greg sacaba de su funda un vinilo, y le soplaba el polvo para ver su estado. Tamara con una bombilla sobre su cabeza, no perdió el tiempo y se puso en marcha hacía el interior del lugar.
-¿A donde vas?- Dijo Greg notando la espontanea emoción de la chica.
-¡Ya vuelvo!- Gritaba ella mientras se alejaba hacia las montañas de basura. Con sus botas levantando el polvo, y sus brazos cortando el aire, Tamara recordaba los momentos que una vez compartió junto a su compañero meses antes del incidente.
Era un día común en el vecindario de Teru. En su hogar, los globos colgaban, y la mesa del living estaba llena de chocolates y galletas. El chico se sentaba frente a un pastel blanco de velas rojas. Estas humeaban y goteaban un poco de su cera derretida en la crema. Su madre aplaudía, Tamara también, y sus dos únicos amigos también lo hacían. Un muchacho de polera verde y otro negra. El chico había cumplido sus veinte años.
Más tarde ese mismo día, Teru recibió unos cuantos regalos de su madre y amigos. Unas agendas para la universidad, algo de ropa y toallas para la ducha. Era el turno de su compañera, quien vestía un chaleco rojo, acompañados de pantalones beige y zapatillas negras. Su cabello era largo, cubriendo la mitad de su espalda.
Está le dio en sus manos un paquete sin papel ni envoltorio. Era un DVD. En su caratula tenía unas chicas de vestidos de marinero, bastones dorados de gema, con peinados de colores y estrellas.
-Eh... ¡Gracias, Tamara! ¿Que...? ¿Qué es?- Decía el chico aún sabiendo que era lo que tenía en manos.
-A ti te gustan las caricaturas, ¿cierto?.- Tamara se veía muy seria.
-Eh, ¿si?-
-Bueno... tómalo. Era mío pero ya no lo uso. Pensé que te gustaría, así que dale un buen uso ¿Ok?- Decía la chica viéndose muy fría.
El silencio y la confusión de Teru se reflejaban en el plástico protector del DVD, pero empujando su cortesía le sonrió de vuelta a la chica:
-Si, eso haré. Gracias.- Dijo él.
Ya había oscurecido y todos habían vuelto a sus hogares. Teru estaba en su cuarto frente al televisor, mientras Tamara se preparaba para dormir en el sofa cama del chico. El viéndola aún confundido por su regalo, quiso averiguar las cosas por su cuenta.
Había amanecido, y la chica recordó los rayos del sol que intentaban cruzar las cortinas del cuarto. Despertando de su sueño, se tapó con sus manos su boca bostezante, vio a su compañero sentado frente a la TV, mirando atentamente la serie
-Ya vas por el final.- Dijo Tamara algo impresionada
Teru dando un brinco sobre su posición, estiró temblorosas sus manos a cubrir la televisión. Unos segundos después, recordó que podía apagarla, y la apagó.
-¡Tamara! Ey... N-No sabía que despertarías tan temprano.
-Dijiste que desayunábamos a las nueve y media. Ya son las nueve y media.
-Bastante puntual, ¿eh?- Decía Teru intentando ser sarcástico, pero nadie mas que el se estaba riendo. La chica sintió en el los nervios, y con honestidad sacó las palabras que el chico no podía decir:
-Te gustó el show.- Tamara afirmaba con una sonrisa burlona.
-¿Que? No... claro que no.
-Te gusto tanto que lo viste en una noche
-Solo fueron un par de horas...
-Tu favorita es la de verde.
-¿Que te hace pensar eso?- La pantalla estaba pausada en ese especifico personaje.
-¿Quieres arrendar más DVDs?-
-Si, si quiero.- Dijo Teru finalmente rindiéndose, no podía mentirle a Tamara y ambos lo sabían muy bien. Después de almorzar, ambos chicos habían salido a una tienda de alquiler. Allí salió con una bolsa de DVDs entre sus manos. Teru se veía feliz, mientras Tamara mantenía la mirada perdida en algún lado.
-¡Gracias Tamara!
-No es nada. Tienes suerte que la franquicia siga viva por los juguetes.- La chica comenzó a caminar por la calle, el chico le siguió detrás de ella. Algo nervioso le intentó suplicar
-Por favor, no le digas a nadie ¿si?
-¿A quien le voy a decir?- Tamara se sentía irritada.
-Gracias.- Teru suspiraba del alivio. Su compañera recordaba que pasaron varios minutos paseando por las calles, ella mirando restaurantes con el estomago vació, y el viendo el interior de su bolsa. Recordaba que esa tarde le salvó el pellejo al chico en varias ocasiones; le evitó varios choques con personas desconocidas, golpes con postes de luz, o ser atropellado.
A pesar de ser feliz unos segundos, en el momento ya no se veía contento. Tamara notaba en él una expresión insegura, y hasta quizá algo asustada. Recordó que se sentaron en una banca a mirar el lago de la ciudad frente al atardecer. Aquella tarde, el chico algo tembloroso e inseguro, se le acercó para hablarle:
-Oye... ¿Crees que esto está bien?
-¿Ah?- Tamara miró en su dirección.
-Que me gusten estas cosas. Es decir, esto es para niñas.
-...¿Tiene algo malo?
-¿Quizás?- Teru se llevaba una mano a la nuca.
-¿Por que?.- El tono de Tamara ahora sonaba dudoso.
Teru parecía dudar de lo que iba a decir a continuación. Sus manos temblaban y sus ojos miraban a todos lados menos la cara de su compañera. Tomó aire, sus manos se quedaron quietas, y le dijo firmemente mirándola a los ojos:
-¿Qué tal si..?- Aquella voz firme se cayó temblorosa -¿Qué tal si creen que soy gay?- Dijo el chico algo tímido, escondiendo algo entre su pregunta.
-...¿Por que harían eso?- Tamara parecía no comprender, pero se veía algo intrigada por todo lo que pasaba.
-No lo sé. Mejor olvídalo, es muy tonto que pensara eso.- Dijo entre susurros, evitando ser oído por sus alrededores.
-No, claro que no- Tamara captó perfectamente lo que quería decir -¿Sabes que es tonto? que cualquier concluya eso de ti solo por esto.- La chica era algo tosca pero conservaba el espíritu, pues nunca antes había tenido una charla profunda con un amigo.
Recordó mirarlo fijamente, el chico desviaba la mirada de sus ojos: estaba sumamente avergonzado, arrepentido por la ansiedad de haber contado su secreto.
-...Si te gustan los chicos y también las cosas de chicas, ¿vale la pena esconder una de las dos cosas?
-Ya ves los diarios y las noticias. Soy un blanco fácil.
-Hombre, has frenado ataques de demonios por meses. Maldición, te has enfrentado contra Greg; un comandante. ¿Quién podría detenerte ahora?
-No es lo mismo sufrir a manos de un demonio que a manos de un humano.- Teru seguía desanimado, no había como sacarlo del agujero en el que se hundía -Estoy condenado a huir y pedir perdón por mi vida.
-Teru, escúchame. Me enseñaste las maravillas del mundo y la complicada naturaleza de la humanidad. Quizá tienes razón y aquí no es donde serías feliz, pero tal vez allá afuera, si.
El chico no sabía si la voz de Tamara temblaba un poco de la impotencia o estaba irritada de por si. La chica notó esto y se encogió esquivando la mirada.
-...Solo prométeme que saldrás de esta.
Teru agachó la mirada pensativo, estaba tomando el peso a las palabras de su amiga. Suspiró con el peso del mundo aliviándose sobre sus hombros, dirigiendo su mirada hacia el atardecer.
-Espero hacerlo algún dia.
El silencio entre ellos creció y creció, hasta que la memoria se volvió distante entre las manos de la chica.
Sus palmas se habían llenado de basura y sus ropas habían agarrado un olor fétido -¿Donde está? ¿¡Donde está?!- Dijo ella entre dientes. Lo que intentaba encontrar parecía no estar entre aquellos cachivaches. La esperanza se perdía dentro de ella, entre el calor y los alaridos de las gaviotas que la atormentaban. La presión en su pecho estrujaba de su corazón la culpa y la pena, que goteaban de su piel hacia el sol.
Greg seguía revisando la caja de vinilos, ya había sacado afuera casi todos los discos. Llegando casi al final de la lista, encontró algunas caseteras. Variadas en colores y portadas, algunas con el plástico protector algo dañado.
-No puedo creerlo ¿también tiraron de estas?
Greg tomando las caseteras en sus manos, comenzó a revisarlas. Todas eran caseteras de bandas y artistas que nunca había conocido: "The Boise", "RedFlags", "I'm Jordy", la lista seguía. Nada lograba captar su atención, hasta que encontró en sus manos un color que lograba reconocer. Era un pequeño panfleto con el color del cielo al atardecer. Los cirrocúmulos se bañaban en el sol, con las olas del mar tornándose grises y brillantes.
En un costado de este leía: "Gana una copia de Sonidos del Mar Crepúsculo participando con este folleto." El demonio conocía ese lugar y esas sensaciones. Con movimientos lentos y torpes, sacó su radio casetera. El álbum aún estaba dentro, tenía la opción de no dejar las cosas en un mero recuerdo. Se puso los audífonos, y se recostó en el suelo a mirar la nada. Sus ojos inexpresivos contemplaron el cielo, que lentamente se tornaba del mismo color que la portada. Lentamente la música comenzó a llegar, y consigo, sigilosamente, las melodías desempolvaban esos recuerdos que tanto amaba.
Recordaba la sonrisa de Honey, su perfume, la textura de sus manos, y sus pupilas blancas. Recordaba como debía bailar el vals, y también lo malo que era para hacer eso. Recordó las cálidas paredes de su hogar, su traje elegante, y el vestido de bodas de su esposa. También recordó la comida, las noches de té y entre ello, a su pequeña hija pelirroja.
-Greg, cariño, debo trabajar... ¿Podrías cocinar para ti y Tamara hoy?.- Decía Honey al fantasma de su esposo.
-Claro, linda. No hay problema. Mucha suerte en el trabajo.
-Gracias. Eres todo un sol.- Su esposa le lanzaba un beso en el aire mientras tomaba su delantal verde de la panadería. Aquella tarde Greg cocinó un pollo en el horno, su hija estaba deleitada. Ese día le enseñó a la niña como usar un cuchillo y tenedor por primera vez. Ambos estaban muy orgullosos de lo que habían logrado.
Pasaban las horas del día, y Greg hacía las tareas del hogar. Barría, ordenaba, y sacudía. Jugó un poco con las muñecas de Tamara, hasta que su esposa llegó por la puerta, derrotada y algo agitada. Su rostro se veía triste, pero forzó la sonrisa para su pequeña hija. La saludó y puso su delantal en el colgador.
-Volví del trabajo.- Honey le daba un abrazo desanimado a Greg.
-¿Que te pasó? te ves terrible.- El demonio estaba preocupado.
-Estoy bien.- Honey evadió la pregunta.
-Se que no es asi, puedes contarme.- Greg quería ayudarla.
Su esposa le miró apenada, notando que su hija seguía sentada al fondo de la mesa. Sonriéndole al ver su confusión, le dijo con ternura:
-Linda, ¿Espérame arriba por favor?
Tamara acertó con la cabeza, subiendo a su cuarto mientras arrastraba la muñeca por las escaleras. Cuando ambos padres tuvieron su privacidad, se sentaron en el sofá a finalmente charlar.
-¿Que sucedió?- Preguntaba el esposo.
-Es... es solo que uno de los soldados del maestro vino a la panadería hoy.
-No me digas...
-Tranquilo, no hizo nada. Solo quiso atenderse directamente conmigo. Pero eso no me hizo estar más tranquila.
-Esto es ridículo.- El demonio se levantaba del sofá, llevándose las palmas a la cara -La obsesión del maestro ya ha sido suficiente, esto no es más que solo una excusa para hostigarte... hay que darle un alto ahora.- El demonio tomaba su chaqueta café del colgador para salir de la casa.
-¡No, Greg! por favor, no nos metamos en problemas. No ahora...- Greg recordaba que Honey tomó su brazo, intentando detenerlo. El demonio se ablandó, sintiendo la misma pena e impotencia que su esposa.
-¿Cuánto tiempo más estás dispuesta a soportarlo?- El demonio y su esposa estaban cara a cara, mostrando sus facetas mas vulnerables. Honey le respondió con cálido abrazo, y Greg le correspondió. La tristeza entre ambos crecía, pero entre ellos era mejor estar tristes juntos que solos.
-...Cuando recolectemos suficiente dinero, te prometo que nos iremos lejos a vivir una vida tranquila. Ya nadie tendrá que molestarnos.
-Es una pena que tengamos que irnos para ser felices.
-...Tal vez es lo necesario.
-Me aterra la idea de que te hagan daño.
-Si algún día llegase a pasarme algo, quiero que tomes todo y huyas con nuestra hija. Ella no estará segura si está sola conmigo, pero a ti, el maestro no te tocará ni una escama. Ni aquí, ni fuera de la ciudadela.
-No digas esas cosas, somos un equipo...
-Lo siento, pero debemos estar listos para todo. Solo prométeme que cuidarás de Tamara.
-Lo haré.
Greg recordó aquella sonrisa, y la calidez que le daba verla tranquila. Tamara se asomó desde las escaleras, preguntándose por que tardaban tanto en subir con ella. Los padres la miraron con una sonrisa, subiendo las escaleras como monstruos que querían jugar con ella.
Al día siguiente, Greg junto a su hija comenzaron a buscar entre las cajas del ático distintas cosas para vender: ropa, música, vasijas y demás. Llevo todos los artículos a la feria de la ciudadela, donde progresivamente ganaba dinero junto a su otro trabajo en la librería
Su esposa por el otro lado, siguió trabajando en la panadería además de pedir horas extras. Aunque conservaba un puesto de meses, el incidente del pago le costó una que otra mirada rara de sus compañeras.
Con el tiempo su alcancía de ahorros se llenaba cada vez más, y el sueño de poder vivir lejos se acercaría dentro de unos años. La felicidad entre la pareja y su hija hacia que sus lazos se volvieran fuertes, pero aquella dulzura se tornó gris. Gris, espinosa y fragmentada. Fragmentada por las propias manos del esposo que veía todo con absoluto remordimiento. Escalofríos corrieron por su espalda, una mano invisible ahorcaba su cuello, ahogándolo en el aire frio de su interior. Los fantasmas de sus mal actuar volvían para castigarlo en su momento más debil.
-Papá, ¿A donde vamos? No me dejes sola...- la voz de su hija retumbaba en sus memorias con un eco espectral.
-Greg, ¿Dónde está la niña? ¿¡En que estabas pensando?! ¿¡Como pudiste?!... -Ahora, la voz de su esposa cruzaba por su cabeza, atormentándolo.
-Como pudiste, Greg... Como Pudiste...-
Las voces se fueron calmando, pero su tren del pensamiento no pensaba parar hasta estrellarse en su totalidad. Saltó de recuerdo en recuerdo, de momento agrio a momento agrio, hasta llegar a aquella noche, una noche de lluvia y frio en su solitario hogar. Su esposa se había divorciado de él hace meses, y el sueño de escapar se había vuelto una memoria distante.
Honey había pactado un arriendo con su jefa, viviendo ahora en una casucha sobre las colinas de la ciudad. Greg se quedo con en el hogar que el maestro obsequiaba a sus antiguos trabajadores, junto a la custodia de su hija.
Eran las nueve de la noche cuando tocaron a la puerta. Tamara había caído dormida en su cuarto, mientras Greg leía el periódico desde el living. La tele estaba estática, mientras la ventana sobre esta reflectaba unas intensas luces policiales.
El demonio abrió la puerta, topándose con dos oficiales que querían interrogarle:
-Buenas noches, señor Gregorio. Lamentamos tener que molestarlo en su casa a estas horas, Pero...
El demonio no quería recordar eso, esas palabras. No quería revivir esa cruda emoción. Pero la fuerza de sus memorias era mayor, esta cruzó su mente como el golpe de un rayo. Esa noche de lluvia en un momento se transformo en una de tormenta.
-...Es la madre de su hija, Honey. La encontraron sin vida dentro de su hogar hace unas horas.
Sentía caer las lagrimas de su rostro una vez más. Su corazón se había partido en miles de pedazos al recordar que ella ya no estaba ahí con él. A pesar de que los años habían pasado, nunca logró asimilar la muerte de su esposa. Todo este tiempo secretamente anhelaba despertar y pensar que quizá todo fue un mal sueño, y que ella estaría ahí a su lado. Su ser se había quedado con miles de dudas, miles de cosas por decir, y una relación por arreglar. El demonio no quería pensar que Honey abandonó el mundo con tanta tristeza por su culpa.
-Necesitamos hacerle unas cuantas preguntas, venga con nosotros, por favor.
Greg recordó sus llantos y sus gritos ante la lluvia. Recordó su forcejeo ante los policías, y los moretones que le dejaron.
-¿Por que te resististe?- Le preguntaron apenas lo contuvieron.
-¿Sabes algo que nosotros no?
-¿Donde estuviste hace unas horas?
-Si cooperas se te bajara tu sentencia.
Luego de un duro cuestionamiento, Greg fue liberado por falta de pruebas. No había algo que apuntara a él como el autor, pero tampoco se dictaminó que la muerte de Honey fuera un suicidio. El demonio comprendía exactamente lo que había pasado; alguien allá afuera había asesinado a Honey.
-¿Has oído? Es el que culparon de matar a su esposa...- Decían las voces de la ciudad.
-Debe haber sido él, debe tener una razón de andar tan escondido.
-Greg, dime que es mentira. ¿No lo hiciste, verdad?- Decía la voz de un amigo suyo -¿Ahora vas a trabajar para el enemigo de tu mujer. No quiero jugar a la moral alta, pero... ¿En que estás pensando? ¿Cuál es el punto de todo esto?
Recordó su ingreso al ejercito, pero lentamente olvidó sus motivos. La pena, la amargura y el remordimiento le estaban destruyendo el cerebro. Entre los fantasmas de sus compañeros, su jefe, los policías y su mujer, apareció el fantasma de una pequeña niña. Una niña pelirroja, quien le vio con sus ojos cristalinos y una cara deprimida.
-¿Donde está mi mamá?
El demonio oyendo la voz de su hija, vio como las manos de miles de esqueletos se alzaban desde el suelo para reclamarlo. Greg despertó de su trance. Respiraba como si todo el peso del mundo hubiera caído en su pecho.
Apagó el reproductor, observando el shock el cielo. Seguía recostado. Estaba sudando frio, aún con la miraba clavada al cielo. En unas cuantas horas el día estaría llegando a su fin, y Greg no podía evitar sentir que había desperdiciado otro momento de su existencia lamentando a la nada.
-El tiempo se acaba.- se dijo a si mismo.
Tamara todavía buscaba entre los cachivaches. Más y mas basura era lanzada lejos de sus manos, y luego de un largo rato, su esfuerzo en la desesperación había rendido frutos. Entre las cajas, tuercas, partes de auto y porquerías, encontró una muñeca de trapo. Una muñeca en traje de marinero con cabello purpura estrellado. Tamara la reconoció, era la muñeca de su infancia.
-¡La encontré! ¡¡Al fin la encontré!!- Tamara cantaba victoria al cielo, mientras daba un abrazo a su muñeca. De tanta felicidad, ignoraba su fétido olor junto a la mugre que tenia
-Oh, ha pasado tanto tiempo... No puedo esperar a que Teru te vea.- Decía hablándole a la muñeca.
La chica se deslizo de las montañas de basura llena de alegría, pensando que la solución a sus problemas había llegado. Sin embargo, dentro de su corazón volvió a resurgir esa espina que la atormentaba. Era esa bala de plomo que se hundía en ella cada que la felicidad llegaba:
-¡Tamara por favor, cálmate!- era su amigo, estaba aterrado.
Tamara sintió su voz tras de ella, y al voltear había regresado a la escena de ese día. Veía a su amigo, gateando lejos de ella en un callejón de la ciudad. Su expresión estaba llena de miedo, y su cara estaba cubierta en sudor. Su mano se agarraba de su hombro, empapándose de sangre ante su nueva herida.
-Teru...- Tamara intentó acercarse a él, extendiéndole su mano en ayuda, pero al verla en detalle frente a sus ojos, notó que su brazo se había vuelto el de un demonio. Entre sus garras escurría la sangre, espantando a la chica a retroceder.
-¡Lo siento, en serio! No volveré a fallar la misión, lo prometo... Solo aléjate- Le suplicaba el chico con su voz temblorosa.
-No... ¡No, espera! ¡Teru!- Tamara en completa negación, se abalanzó a ayudar a su amigo, pero en un parpadeo ya había vuelto al presente.
La chica se encontraba rodeada de basura nuevamente, y en la mano que causó todo su mal, cargaba la muñeca de su infancia. El viento era helado, y el sol ya se posaba por encima del horizonte. Puso sus ojos sobre la muñeca nuevamente, convenciéndose de abortar la estrategia que tomó.
-...Esto es estúpido.- Dijo la chica aferrándose la muñeca entre sus brazos.
Greg deambuló por las montañas sin decir nada, viendo a lo lejos como se acercaba una figura: era su hija, quien se veía igual de desorientada. Ambos se toparon el uno con el otro, pero no parecían estar molestos con su presencia. Aunque no querían admitirlo, ambos necesitaban a alguien en ese preciso momento.
-Hola.- Dijo Greg intentando ser indiferente, con la tristeza asomándose poco a poco.
-Hola...- Tamara respondió con el mismo desanimo que él. El silencio seguía creciendo entre ellos, la chica no comprendía que ocurría con su padre, ni el que ocurría con ella. Desviaban la mirada a otros lados de manera incomoda, se rascaban las mejillas, y jugaban con su cabello, hasta que su hija quiso dar el paso adelante:
-¿Podemos hablar un poco?
Faltaba una media hora para que el sol se escondiera, y ambos estaban sentados sobre un enorme montículo de basura. Era el punto más alto del basural, donde se podía disfrutar de la fresca brisa del mar. Ningún mal olor podía alcanzarlos allá arriba. Aún asi, el estar uno al lado del otro no generaba ningún tipo de conversación. Ambos estaban incomodos, silenciosos y esperando a que el momento acabara pronto.
-¿Sabes? Creo que ahora entiendo porque te gustan estas cosas.- Tamara volvía a dar la iniciativa.
-¿Ah si?- El demonio estaba ligeramente sorprendido.
-Si. Traen muchas memorias... supongo.
Habían pasado años desde la última "conversación seria" que tuvo con su padre. Greg no sabía como seguir avanzando, creía que estaba frente a un muro, pero su hija sabía como atravesarlo.
-¿Greg?
-¿Si?
-¿Alguna vez te has sentido... "Perdido"?
El demonio seguía sin responder, pero aquellas palabras le hicieron reaccionar.
-Es sobre la pelea con tu amigo, ¿verdad?- Greg estaba atinando al clavo.
-Si... No. Ni siquiera fue una pelea, ¿sabes? yo lo ataqué.- Tamara abraza sus rodillas a medida que profundizaba. -Me enfadé tanto con él que me cegué por la ira.
El demonio escuchaba atentamente.
-Quizá si se que es lo que debo hacer. Pero ¿puedo hacerlo si quiera? Estas... "emociones" me han vuelto tan débil que creo no creo ser capaz de solucionar nada. Ya no puedo ni pensar bien.
La chica sostenía con fuerza la muñeca en sus manos.
-Soy un desastre.- Tamara apoyaba su rostro sobre sus rodillas, cerrando los ojos y perdiéndose en su mente.
Greg pudo ver en dichos lamentos las palabras de Honey. Hasta en sus momentos de tristeza, madre e hija eran bastante similares. En ese preciso momento algo se activo dentro de él. Desde su pecho se encendió un instinto paternal que lo empujó a protegerla. Aunque algo oxidado y tosco, el demonio conservaba el espíritu:
-Deja de decir estupideces, niña.- Le dijo Greg en un tono muy distinto al usual. Tamara asomó la mirada para verlo a los ojos, estaba irradiando serenidad, era justo lo que necesitaba en ese momento
-Tienes el don de sentir remordimiento. Es horriblemente abrumador, pero muchos darían la espalda y correrían ante estas cosas.- Greg sentía que hablaba de él mismo por un momento.- Arreglar esto así como así no es tan sencillo, pero eventualmente encontrarás lo que buscas.
Tamara seguía abrazando sus rodillas, protegiendo la vulnerabilidad que sigilosamente intentaba escapar a la luz.
-¿Tú arreglaste las cosas con mamá?
-...No. Nunca.- Decía Greg casi riéndose mientras veía el atardecer, pero esa sonrisa se volvió amarga. Esa caída culminó en uno apagado suspiro que despertó la melancolía en el.
-Daría lo que fuera por sentir algo más que culpa.- Greg se decía a si mismo en voz baja. Tamara indirectamente había captado la idea: si no hacía algo, eventualmente acabaría como su padre.
El sol se había escondido en su totalidad. El cielo se tornaba purpura, y las estrellas comenzaban a brillar. Al salir del basural, ambos caminaron silenciosos y sin intercambiar miradas. La chica ahora pensaba todo con mayor tranquilidad. Estaba algo confundida en pensar que aquella persona que era su enemigo jurado, acababa de darle un buen consejo. No sabía si pensar que la estaba manipulando, o que un trozo de su viejo ser aun dormía en él.
Greg, por el otro lado, tras aquella charla comenzó a tener un conflicto interno. Aquel instinto paternal había despertado algo nuevo en él, era una sensación que sabía era familiar pero que tampoco podía sostener del todo.
-"Cual es esa fascinación en querer ayudar y salvar al mundo?"- El demonio recordaba las cosas que cuestionó ante su hija, ahora dándoles un nuevo sentido.
Con la luz y la oscuridad luchando por el control, Greg lentamente comprendía que era lo que pasaba. Estaba sintiendo lo que el creía era la "bondad", luego de muchos años. Pero contemplando sus garras de monstruo, pensó si realmente habría espacio para la bondad dentro de su maléfica naturaleza.

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