CAPÍTULO 11

La chica observaba anonada a su padre, quien ahora estaba atontado por los efectos de los dardos, actuando como un niño pequeño. Ella hizo un esfuerzo por cargar al demonio nuevamente en su espalda, ahora a caballito.

-Bien... Aquí vamos...- Tamara tomó aire y se preparó mentalmente, en un intento de mantener la compostura. Caminando por el nuevo pasillo en el que se encontraban, habían dejado al libro detrás. La chica veía nuevos glifos que a pesar de no estar manchados, eran cubiertos por el musgo que colgaba desde el techo con sus lianas. Los glifos ahora mostraban la mascara del maestro sombra, y un enfrentamiento entre humanos y sombras. En el centro de todo, un corazón humano. 

Estaba completamente distraída intentando comprender lo que veía, que el suelo que pisaba comenzaba a desvanecerse. La chica al percatarse del acantilado frente a ella, mantuvo el equilibro en el borde del pasillo y se empujó a si misma hacía tierra firme, retrocediendo. En el barranco veía como emergían unos largos pilares que se podían usar como plataforma. Eran varios los pilares que se reunían en circulo, girando. Unos en direcciones opuestas a otros, las rondas estaban ordenadas en una fila recta.

-¿Que son esos?- Preguntó el demonio de manera inocente.

-Pilares- Respondió la otra dando un vistazo hacia el vacío. En aquella oscuridad se asomaban unos pequeños ojos rojos, que poco a poco se convirtieron en miles. Un enorme monstruo parecido a un milpiés corría sin limite en las sombras del barranco, echando vapor por la boca y dejando caer su baba verde. Tamara estaba aterrada.

-Jeje, un perrito.- Greg no comprendía lo que veía en el barranco.

-...Ok, ok. Solo... Solo no mires abajo.- Se decía Tamara a si misma intentando levantarse los ánimos y tratando de tragarse sus miedos. Casi por impulso dio un brinco hacia uno de los pilares, que ahora la hacía girar como un carrusel. La chica intentaba concentrarse, pero las vueltas que se daban la hacían distraerse. Por el otro lado, Greg parecía disfrutar de todo.

-¡Wiiiii! ¡Jugamos a la rayuela!- Decía completamente entusiasmado.

-¡Quédate quieto!- Le regañaba Tamara progresivamente enfureciendo.

De la irritación y sus constantes meneos, la chica resbaló y en unos segundos su cuerpo ya caía al barranco. Con sus poderes psíquicos se levanto a si misma y a Greg, regresando ambos a la plataforma movediza para girar nuevamente. El demonio estaba asombrado e incluso comenzó a aplaudir de la alegría

-Wow, ¿eres una maga?. Dime, ¿Cuántas líneas tengo en la mano?- Greg le ponía sus manos en la cara, haciendo que la chica se fastidiara.

-¡Concéntrate, Greg! debemos salir de aquí intactos lo antes posible

-¡Y así podremos jugar a los magos!...- La chica solo dio un suspiro y planeo su siguiente movimiento -Magos Vaqueros- interrumpió Greg nuevamente. 

Tamara dio su brinco hacia la siguiente ronda de plataformas que la esperaba al frente. Y así se la pasó, brincando y girando de un lado a otro. Su padre pataleando y ella soportando sus gritos y jugarretas. De tanto brincos y giros, la chica sentía que estaba pronta a vomitar no solo sus entrañas, sino toda su furia. Cegada por sus emociones y la molestia, no se percató de lo rápido que sus pies nuevamente habían tocado la tierra firme. 

En efecto, volteando a ver lo que había tras ella eran los pilares giratorios. Tamara y Greg habían llegado al otro extremo del barranco.  El pasillo se resumía hacía unas escaleras larguísimas que eran pintadas por la luz naranja de las antorchas, y la luz radiante del sol.

-Bueno, eso fue sencillo...- Se dijo a si misma algo confiada e incluso relajada. Dio su primer paso y lentamente sintió como una baldosa se hundía por la presión de su pisada: era otra baldosa trampa. Desde el musgoso techo frente a ella, un gran compartimiento rectangular se abrió, y un robusto tronco atado por cuerdas se columpiaba en dirección hacia Tamara. Casi como por reflejo, se agachó evadiendo el tronco. De repente, su espalda se sentía mas liviana, pudo sentir el alivio recorrer su cuerpo. Al levantarse lentamente se percató de que entre sus brazos ya no cargaba las piernas de su padre. Confundida, comenzó a conectar los puntos dentro de su cabeza: 

-Espalda liviana, nada entre sus brazos... Ay, no me jodas.- Se dijo asimisma. Volteó rápidamente solo para ver a Greg caer a la boca del barranco. Tamara reaccionó y detuvo a su padre en el aire con sus poderes psíquicos.

A nivel del suelo a través de unas escotillas ocultas en las paredes, se liberaron unos alargados insectos parecidos a un ciempiés. Estos se acercaban hacia las botas de Tamara y comenzaban a escalar sus piernas. La chica al sentir los cosquilleos, quedó petrificada presenciando todo.

 -¡¡Ahhh!!- Gritó mientras accidentalmente liberaba las ondas psíquicas que envolvían a Greg. En un intento desesperado de huir, la chica saltó al barranco a rescatar al demonio, haciendo que los ciempiés resbalaran de sus piernas cayeran al vacío. El monstruo gigante que yacía en las profundidades, vio en la joven y su padre la oportunidad de cenar. Gruñendo y rugiendo, se preparaba para abalanzarse contra Tamara. Ya en el aire, la chica llevó el poder psíquico de su mente a sus piernas. Dando una patada al aire, se propulsó en una onda expansiva a atrapar a Greg entre sus brazos. 

El insecto gigante intentó morderla, pero fue empujado hacia los muros del barranco por la onda. A pesar de esto, el insecto monstruoso no se rindió, y se preparaba para el ataque yendo por debajo de la chica. Tamara podía oír el crujir de miles de huesos acercándose hacía ella. Deteniéndose en el aire, decide dar una ojeada sobre su hombro: Eran las millones de piernas del insecto monstruoso, que se estaba acercando a a gran velocidad.

-Esto no es cierto...- Tamara comenzaba entrar en pánico de nuevo, y un frio hormigueo recorrió su cuerpo y los pelos de su piel se erizaron. Entre los escalofríos, pudo sentir como algo pinchudo y alargado escalaba por su pierna, subiendo y bajando por su rodilla. Tragando saliva y lentamente agachando su temblorosa mirada, se encontró cara a cara con uno de los ciempiés del barranco. Este sin hesitar clavó sus mandíbulas en la rodilla de la chica, secretando sus toxinas al interior de su cuerpo. Tamara gimió del dolor, y dio una patada que hizo al insecto caer al vacío. La chica sentía como si un clavo ardiendo hubiese atravesado su carne y hueso.

El insecto gigante se acercaba mas y mas, y la chica comenzaba a agotarse. El monstruo se abalanzó nuevamente contra ella, pero la chica esquivaba débilmente su mordedura. El cuerpo de Tamara pedía descansar, y sus poderes psíquicos de un momento a otro se esfumaron. 

Ambos cayeron sobre una empinada superficie lisa, alargada y brillante, donde rodaron y rodaron hasta llegar a un punto plano. Tamara se levanta aturdida, mareada y con una fuerte jaqueca, llevándose las manos a la cabeza. A su costado entre sus semicerrados ojos, Greg aún yacía aturdido por el golpe del tronco. La chica reuniendo fuerzas dispuesta a continuar, colocó sus manos firmes sobre el suelo. Notó lo liso que era este. Al verlo fijamente, se vio a ella misma como en la reflexión de un espejo. Fue en ese entonces que oyó el sonido de los miles de huesos crujir y crujir, pisar y pisar. Con una fuerte exclamación, presenciaba como de la superficie crecían miles de patas alargadas y huesudas a sus costados. Tamara estaba en el lugar que jamás pensó, y al mismo tiempo, más temió estar en toda su vida:  Estaba sobre un insecto gigante

Está entre el pánico, la hiperventilación y el sudor, notaba que Greg todavía cargaba su espada. Corrió como un rayo hacia ella, desenvainándola. En plena impulsividad, planeó apuñalar el lomo del monstruo, pero su cuerpo debilitado nuevamente se lo negó, desplomándose con la espada en mano. El cuerpo de la chica necesitaba descansar a gritos; sus músculos ardían como el carbón y su mente parecía derretirse. Pero Tamara forzando a su consciencia a sobrevivir, inicio un nuevo plan. 

Tomó firmemente la espada de Greg y robó su capa roja; quitándose su chaqueta negra y amarrándola a la capa creó una soga que ato al rededor de sus cinturas, y al mango del arma también. Ahora ambos habían quedando unidos nuevamente. Tamara sujetando la tela que amarraba a la espada, la giró en los aires como un lazo de vaquero, y envolviendo con sus poderes psíquicos el arma, la lanzó sobre su hombro al otro extremo del barranco. 

La tela que los unía comenzó a apretar sus caderas y en poco tiempo se encontraron viajando por los aires, guiados por la espada. Ambos habían sido propulsados lejos del insecto gigante, quien al notarlos rugió furioso ante la derrota. 

Tamara entre sus cansados parpados vio nuevamente la luz del sol bañar las escaleras de la salida. La chica sonreía con una debilitada sonrisa, pensando que al fin todo había acabado. Pero los poderes que empujaban a la espada comenzaron a debilitarse. La chica presintiendo esto, apresurada estiró sus brazos frente a sus ojos.

A punto de alcanzar el borde del barranco, la espada no logró clavarse en la superficie. Está resbaló quedando suspendida en el aire. Tamara había quedado colgando de sus manos desnudas al borde del precipicio. La chica respiraba agitada entre el aire caliente, el sonido blanco e intentaba analizar sus alrededores con la visión borrosa. 

A medida que todo se aclaraba, veía como sus manos se sujetaban desde el precipicio, y bajo ella el vacío. Alarmada, rápidamente pidió más a su cuerpo de lo que podía dar, forzó a sus brazos a subirla a la superficie, pero sus bíceps le quemaban la piel y sus brazos ya temblaban del esfuerzo al flexionarse. El rugir de aquel insecto gigante a la distancia le hizo mayor presión. Su cara se cubría de sudor y su corazón latía a mil por segundo. 

Sus brazos por los nervios, se tensaron y no pudieron con su cuerpo, estirándose y deshaciendo el progreso de la chica. Tamara podía sentir como miles de clavos punzaban sus músculos. Aún así se obligó a subir, intentándolo por segunda vez. Ya había logrado subir la mitad de su cuerpo, pero sus brazos rendidos, insistieron en que no podían más y dejaron a la chica resbalar, colgándose de sus manos otra vez. Tamara estaba desesperanzada, agotada y con la piel ardiendo. 

Bajo ella estaba aquel insecto que tanto temía, esperándola para devorarla. La tristeza y la decepción invadieron a la chica, cerrando sus ojos con lentitud y apoyando su cabeza contra el muro. Parecía que el final se acercaba, y se estaba preparando para aceptarlo.

-Te fallé...- Se dijo a si misma en una voz entre suspiros, recordando la promesa que hasta el día de hoy no había podido cumplir. De reojo vio a su padre inconsciente, que colgaba pegado a su espalda, mirando a la oscuridad. Los rugidos de aquel monstruo alargado se volvían mas fuertes, este intentaba escalar la pared con sus huesudas patas, pero no tenía resultado. Tamara a pesar de su decepción, no podía evitar sentirse enojada. Furiosa, no solo con Greg, sino que consigo misma.

-No...- Dijo esta vez entre dientes, dejando caer sus cejas y abriendo sus enormes ojos -¡No voy a morir así!- gritó declarando la guerra cara a cara el destino. 

Siguió empujando a su ya estropeado cuerpo a esforzarse. Sus codos apenas se flexionaban, y sus brazos se volvieron de gelatina. Presionaba sus dientes con fuerza y exhalaba un aire caliente frente a su rostro. A pesar de sus esfuerzos, uno de sus brazos se dejó caer por el cansancio, colgando ahora con el resto del cuerpo. El destino de su vida ahora recaía en una única mano desnuda, y el monstruo ya comenzaba a desesperarse, moviéndose erráticamente mientras rugía y babeaba.

-Me niego a morir así ¡Me niego!- La furia de Tamara se volvía cada vez mas intensa -¡¡Me niego, me niego, me niego!!- La voz que intentaba liberar golpeaba su garganta en el proceso. 

Desde su único brazo, las vendas que lo envolvía comenzaron a levitar y menearse en el aire. Se estaba formando un aura pesada al rededor de este; un aura densa y oscura que se retorcía en el espacio. La chica cegada por sus emociones, no pudo percibir esta energía provenir de ella.

-¡No puedo decepcionarte!

El aura oscura que rodeaba su brazo se volvía mas notoria, y mas densa. El sudor caía como lagrimas de su rostro, y sus dientes se presionaban con una fuerza que podría romperlos en cualquier momento. La roca que componía el suelo del barranco se trizaba; hasta que formó un hueco a su alrededor. La mano de Tamara estaba ejerciendo un peso descomunal sobre el. Lentamente se vio capaz de levantar su cuerpo y el de Greg hacía la superficie. Con su otro brazo sujeto firmemente el suelo, y escalando con sus piernas se daba el impulso necesario para subir.

-¡¡No puedo decepcionarte así!!- Sus brazos se estiraban mas sobre la superficie, luego su vientre, y luego sus piernas. Varias partes de ella lograron sentir el suelo por segunda vez. Su rodilla se apoyó al borde del barranco y con ello, su cuerpo y el de su padre habían llegado al otro extremo del pasillo. 

Su brazo aun no terminaba de emanar aquella aura oscura, y la chica estaba completamente insensible a sus alrededores. No podía oír ni sentir, pero si ver. Sus ojos notaron que aquel brazo que le ayudó a subir estaba cubierto en un manto de oscuridad. Sus dedos se retorcían rápidamente, y su brazo temblaba ansioso. Dentro de sus menorías logro reconocer aquella sensación, aquellos temblores y aquella ira. Se sentía fuerte, pero odiaba el sabor amargo que conllevaba. A pesar de su consciencia, su furia y decepción ahora se habían vuelto incontrolables. 

Golpeaba el piso, destruyéndolo mas y mas. Levantando escombros rocosos que saltaban del suelo, pero ella no podía sentir el impacto de sus manos. al gritar, liberó una onda de energía oscura que trizó las paredes y el techo. Tamara no lo sentía, tampoco lo oía, pero el polvo que se alzaba en el aire silenciosamente advertía de que tarde o temprano, todo el castillo que los rodeaba iba a desplomarse sobre ellos.

El gris escenario boscoso se convirtió en un verde paisaje con altos pinos, y a lo lejos una enorme montaña color mármol. El sol ya se hallaba a la mitad del horizonte, y los arboles del lugar recibían sus últimos rayos de sol. Entre aquellos pinos y un sendero rocoso, yacían las ruinas del castillo, que se habían derrumbado por completo. Siguiendo el sendero rocoso, había un largo rio. En el agua, los salmones intentaban ir contra la corriente, brincando sobre una pequeña cascada. Varios de ellos en el rio se espantaban y cambiaban su curso al ver como unas enormes manos humanas se metían en su hábitat, para recoger algo de su liquido.

Allí estaba la chica pelirroja, al borde del rio con su pantalón arremangado y la rodilla descubierta. Ella mojaba su rodilla en abundante agua para sanar la herida. La picadura del insecto estaba hinchada. La chica por curiosidad se tocó e inmediatamente se tensó del dolor, recogía mas agua del rio para tomar precaución.

Entre el pasto a su costado, estaba Greg, quien ya estaba despertando de su inconsciencia poco a poco. Pudo sentir la hierba entre sus dedos, el aire frio recorrer su cara, y luego el interior de su nariz. El demonio se sentó, llevándose sus manos a la cabeza. Tamara se dirigió a verlo, creyendo que ya estaba completamente recuperado:

-Ay... ¿Qué me golpeó? ¿Un tronco?...- Greg se quitaba las manos de su cabeza, y correspondía la mirada a la Chica -¡Vaya, eso si que dejara marca, chica maga!- Dijo Greg mientras apuntaba a la picadura de Tamara. El efecto del dardo persistía, y ella sin decir nada se levantó y caminó lejos de él para no oírlo.

-¡Oye espera!- Greg corría detrás de ella -¿Quien te hizo eso?- Preguntaba, pero sus preguntas no paraban en ningún lado. La chica estaba ignorándolo a medida que se alejaba.

-Ey... no me dejes aquí solito. Oye, oye ¿Cómo te llamas? no me has dicho tu nombre. Los bosques son bonitos ¿no? Oye, ¿y a donde íbamos?-

-¡Ah! ¡¡Ya cállate de una vez, mierda!!- Tamara se abalanzó para intentar golpearlo en el rostro, pero su consciencia detuvo a su cuerpo. Frente a ella, la figura que iba a golpear ya no era más su padre, sino el chico de pelo castaño que la miraba apenado e indefenso. El entorno se había vuelto blanco, sin dejar rastros de la naturaleza. Tamara bajaba su puño, y su rostro se afligía al ver el del chico. Sus ojos cristalinos dañaban y rompían las entrañas de su corazón. Mirando la palma de su mano, recordó esa energía oscura. Mirando a su costado, la nada reveló los escombros del castillo que ella derrumbó. 

-No... No ¡Teru, no es lo que crees-!

Al girar a ver al chico, este se había convertido en su padre. La chica estaba estática y el demonio la miraba confundido. El ambiente forestal había vuelto del vacío, junto al rio sus salmones. Los pájaros cantaban a sus alrededores, pero el silencio reinaba entre sus miradas. 

-¿Quien es Teru?- Le preguntó el incrédulo Greg a su hija.

Tamara no pudo soportar una pregunta más, y luego de ignorar a su cuerpo y mente, se desmayó sobre el suelo con el peso del mundo sobre sus hombros.


-Capítulo 11: El guardián de mil piernas-

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