CAPÍTULO 35

Una vieja y rota amistad había desembocado en el despertar de dos enormes titanes. Arzon sobre su brazo y ante la aguja del arma veía el rostro de su compañero; el comandante Greg. Estaba acorralado, si se salvaba de ser incinerado por el extractor, el monstruo de su hija se lo comería vivo.

-Como siempre, llegas muy tarde. Di adiós, Greg...- El demonio estaba por dejar caer su veredicto final. Pero en ese preciso instante, la garra de Teru descendió del cielo para atraparlo. Un castigo y señal no tan divina.

-¿¡Por que nunca me dejan terminar mis monólogos!?- Se quejaba Arzon. Se liberó de la bestia disparando sus poderes contra ella misma. A pesar de que Teru manejara el fuego, su cuerpo no era resistente desde el exterior. 

-¡Arruinan la diversión!

La criatura soltó al demonio quejándose de sus quemaduras, corriendo adolorido hasta chocar contra Tamara. Ambos monstruos se intimidaban a rugidos y empujones por territorio. Greg y Arzon habían ganado tiempo, y era hora de acabar lo que habían iniciado.

La superficie bajo el comandante había empezado a helarse, petrificándose en hielo. Greg no podía mantener el equilibrio, estaba inestable y expuesto por todas sus heridas. Sin embargo, el otro demonio se desplazaba sin mayor problema, como si se tratase de un patinador profesional. Estaba muy cerca del comandante, listo para atacarlo.

Tamara agarró la delantera, planeaba atrapar al demonio entre sus tentáculos. Sembró sus vainas bajo la tierra, envolviendo el hielo bajo ramas espinosas. Arzon esquivó tentáculo tras tentáculo, espina tras espina, dejando al monstruo sin su venganza.

Teru intervino al taclear contra la chica hacia su objetivo. Sus miles de brazos se levantaron destrozando el hielo, y los pisotones del monstruo se encargaron de elevar la pelea a nuevas alturas. Los fragmentos de glaciar y tierra se desnivelaban unos de los otros como un rompecabezas confuso.

Entre los recién formados cañones surgían las llamas que derretían almas. Pero Arzon no tenía tiempo para morir, mandaría a Greg al otro mundo antes de él poner un pie.

Saltó de tramo en tramo evitando el fuego. Su garra libre se solidificó en un gran témpano, témpano que destruyó sobre el cuerpo de Greg. Del choque se deslizó por el suelo, aún intentando mantener su equilibrio. Para derribarlo, Arzon le disparó cuchillas heladas. Esquivó algunas, logró patear otras, pero varias pudieron rasgar la piel sobre su cuerpo.

Teru seguía extendiendo sus garras hacia Arzon, quería atraparlo a toda costa. El demonio notó sus movimientos torpes y los aprovechó a su favor. Lanzó su máquina miles de metros sobre el aire y empezó a correr. Esquivando la gran mano bajo narices, ahora corría libre por sobre el brazo del monstruo. 

Greg pudo sentir del sonido de una cuerda estirarse; cargar algo. Estaba alerta, pues una ráfaga estaba perforando el aire hacia él. Escapó por sobre su hombro una gran estaca gélida, y la lejanía sobre los hombros de la bestia podía ver a Arzon. Silenciosamente, alistaba su ballesta para un nuevo disparo. La máquina se había trabado en el techo en una trampa gélida. Si no caía por los escombros, caería por comando del demonio.

Con los pocos sentidos funcionales que le quedaban, Greg logró atrapar la estaca entre sus garras con firmeza. El tercer disparo se aproximaba, acabando también en las manos del comandante. Aunque sus palmas se estuviesen irritando, estaba nuevamente armado y listo para el combate. 

Arzon siguió disparando, todo mientras evitaba ser atrapado por Teru. Podía notar como las estacas se le regresaban volando de vuelta, rozando por su cabello y cuernos. Molesto, Arzon dejó su ballesta de lado. Se encargaría del asunto mano a mano

Corrió de un hombro a otro para alcanzar el ritmo de Greg. Saltando por los aires, formó sobre su brazo una espada gélida. La colisión entre ambas armas había iniciado. Sin embargo, las dagas de Greg no tenían oportunidad contra un sable, el cual destruyó sus armas tras varios encuentros. Las cadenas de su peto se desgarraban ante un gran corte gélido, retrocediendo y debilitándose una vez más.

De un pisotón el demonio fragmentó el suelo gélido, atrapando a Greg entre gigantescos pilares cristalinos. Confundía y mareaba maliciosamente a su enemigo dentro de un laberinto de espejismos. Se reía, se mofaba y lentamente se acercaba al acecho. El comandante estaba sin luz, salida, ni forma de atacar.

Los golpes de los monstruos a las afueras retumbaban con eco a través de los cristales, perturbando aún más la consciencia de Greg.

Quería huir, pero sus pies habían sido congelados a la superficie. Las voces se volvieron más fuertes, los pasos y los golpes también. No había otra forma, tendría que resistir los ataques del demonio hasta que las bestias derribaran el domo.

Recibió un golpe, luego otro. Uno tras otro cayeron los ataques sobre él, sin siquiera poder ver de donde venían. Arzon se movía entre el aire de una forma vertiginosa, saltando de un punto a otro y aún así atinando al objetivo. Greg estaba hecho polvo, sosteniéndose únicamente por el hielo en sus tobillos.

Su cuerpo se envolvió en un gran torbellino glaciar, petrificándolo en una densa estatua de hielo. Inmóvil, con su cabeza al aire, veía como el demonio le sobrevolaba, resplandeciendo sobre él una fuerte luz. Entre ella se discernían dos altas figuras de cuernos. Eran las bestias, quienes se habían abierto paso hacia el domo.

Arzon con sus garras formó un gran mazo de roca. Estaba listo para aterrizar, pero Teru, con sus manos prendidas en fuego, se lanzaba a atraparlo antes del impacto. Tamara no se quedó atrás, disparando sus tentáculos como lanzas hacia los demonios. Lentamente, el domo se tambaleaba hacia el derrumbe.

El mazo logró atinar contra Greg, propulsándolo contra las paredes del laberinto. Era el golpe que bastaba para dejarlo caer todo, dejando crecer las grietas por todo el cristal. Arzon con sus puños de roca empujó a Teru de vuelta a su lugar, extinguiendo el fuego de sus garras. Los tentáculos de Tamara se habían congelado en el aire, siendo machados en copos por los golpes del demonio. 

Las bestias rugieron en enojo, revelando ante ellos el páramo que su mera presencia había creado.

Greg lo contempló todo ante sus ojos incrédulos. La cueva y la montaña habían dejado de existir, se transformó en un árido campo de batalla. Los alrededores del bosque eran retenidos por una densa barrera oscura, producto de las presencias de los monstruos. Los rayos cegadores caían, mientras las nubes giraban en un enorme vórtice fuera de control.

Teru no pensaba darse por vencido, pero esa determinación estaba cortando la paciencia de Tamara. Ambos monstruos percibían estar el uno en el camino del otro, y rápidamente estallaron en una pelea.

Se forcejearon para ver quien se quedaría con el siguiente ataque. La chica se abalanzó para atacar, pero el cuerpo de Teru se había vuelto más resistente que antes. La hizo retroceder de un empuje, disparándole sobre ella una llamarada de fuego azul.

La chica era lentamente empujada contra la barrera oscura. Sus tentáculos la protegían de las llamas, perdiendo uno tras otro en el proceso. Sin poder resistir más, sus brazos se derrumbaron dando paso a un empuje del monstruo. Se estampó contra la barrera oscura, desprendiendo electricidad y rayos ante el contacto.

Teru se preparaba para el nocaut, una gran ola de humo emergía desde sus entrañas. Con los pocos tentáculos que conservaba, envolvió el hocico de su compañero en un nudo. El monstruo desesperado intentó liberarse, podía sentir el fuego a punto de llegar a su boca. Sin ningún éxito, retrocedió ante la explosión de sus propias llamas. Tosiendo y sobando su hocico chamuscado, fijó la mira en nuevo sobre Tamara.

La explosión esparció el fuego a través de la arena y el cristal. Greg se alzó ante los truenos y los escombros con la intención de seguir luchando. Arzon reía ante su insistencia, pues para él su victoria ya había sido definida. Sin embargo, el comandante se tambaleaba a demostrar lo contrario.

Sus puños colisionaron, con los gigantes imitando la pelea sobre ellos. Un golpe caía sobre Arzon, un arañazo se rasgaba contra Tamara. Una patada empujaba a Greg, un cabezazo aturdía a Teru. Los monstruos que habían creado les seguían al unísono, y no pararían hasta que solo uno quedara en pie.

Los cristales helados a su alrededor se habían derretido, y los poderes de Arzon no parecían funcionar tampoco. Greg supuso que era el fuego el que anulaba sus poderes gélidos. Tomó la chance que se le presentó, y se preparó para arremeter contra el demonio.

Sin embargo, el demonio tenía una maniobra oculta bajo la manga. El agua que le rodeaba se estaba moldeando por encima de Arzon. Se formaron torrentes, esferas y anillos alrededor del demonio, todo a su completa disposición. El comandante poco a poco lo comenzaba a comprender; el mero hecho de que pudiese controlar el hielo, él daba algo de control sobre sus estados alternativos. 

Eso solo significaba una cosa: los poderes que cargaba Arzon estaban desarrollados hasta su máximo potencial. El comandante sabía que cometía un error en enfrentarlo, pero darse por vencido nunca estaba dentro de sus prioridades.

El líquido se infiltró entre las rocas y la tierra, provocando que un enorme chorro de agua fuera disparado contra Greg. La densidad y velocidad del torrente terminó de destruir las cadenas de su camisa, dejándolo completamente expuesto a cualquier ataque. Fue deslizado por la tierra hasta no poder más.

Se intentó levantar cargando su cuerpo totalmente molido, pero Arzon no quería darle un respiro. Apareciendo frente a sus ojos, proporcionándole un rodillazo contra el mentón. Agarró su cabello entre sus garras, encerrando su cabeza en una esfera de agua. Ahogándolo lentamente, empezó a golpearlo. El demonio se aseguraría de que su compañero nunca olvidase la paliza que le estaba dando, mientras este hacía todo lo posible por no perder el aire ante cada golpe.

Sintió cada puño como el último que podría quitarle la vida. Estaba desesperado, estresado y lleno de ansiedad. Los gruñidos de los monstruos y las risas de Arzon no hacían más que desbordar la presión. Cada golpe le revivía una memoria de su vida, las buenas y las amargas. Las triviales y las que su corazón consideraba importantes.

Arzon se había aburrido de tanto golpear, quería subir el nivel de su ataque. Congeló el agua que se envolvía bajo su garra, atrapando así la cabeza de Greg. El frío del hielo quemaba su rostro, obstruyendo el aire hacia su organismo. El sonido del exterior se había vuelto difuso, pero aún así podía distinguir que era que. 

-¿Es así como todo acaba?- Dijo su consciencia, creyendo haber visto una pizca de luz ante él.

Veía su vida pasar ante sus ojos, su esposa, su hija, el maestro, sus viejos amigos y Teru. Greg no quería creer que esta sería la forma en la que moriría, pero el momento estaba por llegar. Ante aquella realización, no pudo evitar sentir pena y decepción por el camino que tomó en la vida. Un camino lleno de amargura, dolor y enojo. Enojo que sembró en las sociedades del mundo y sobre su propia familia.

De una patada trizó su casco en miles de pedazos, dejando a Greg finalmente derrotado ante la arena. Arzon al ver su cuerpo sin respuestas, dirigió su mirada hacia los titanes en el horizonte.

Teru era electrocutado contra la barrera, debilitando su cuerpo en el proceso. Tamara le había empujado bruscamente de un cabezazo. El chico se intentaba levantar, sus piernas temblaban de los calambres. Le lanzó bolas de fuego, pero ninguna cayó sobre su objetivo. Los tentáculos y cuerpo moldeable de la chica le otorgaban un esquivo fácil. 

Arzon intentaba intervenir flotando por los aires y preparándose para atacar. El monstruo lanzaba sus garras para atraparlo y acabar con él, pero nunca tenía éxito. Pequeñas estacas de roca eran clavadas sobre su piel, distrayendo a la bestia para debilitarla lentamente.

Tamara se apresuró en atacar, sujetando sus manos contra las del monstruo. Una prueba de fuerza había iniciado, evitando cada uno ser derribado por el otro. Invocando desde las profundidades de su ser, Tamara habló con su voz normal llamando a la calma.

-¡Teru! Debes parar por favor... Tu cuerpo no lo tolerará el poder si abusas de él

Pero Teru no quería escucharla, ya había tenido suficiente de sus interrupciones. La empujó derribándola sobre la arena. El monstruo arrancaba del suelo un enorme escombro, el cual lanzó por sobre su cabeza.

-¡Ellos jugaron conmigo! ¡Me usaron!

Con su aliento de fuego, Teru destruyó la gran roca. Ahora una lluvia de meteoritos se disparaba contra Tamara. Por inercia los golpeaba con sus tentáculos, sin contar que las llamas los atravesarían. Cubriéndose por miles de vainas construyó una barrera hasta idear un nuevo plan, pero eran demasiados meteoritos, demasiados impactos y demasiado dolor.

Dejó caer sus barreras debilitadas, viendo ante ella la criatura que se aproximaba a toda carga. Retuvo al monstruo de los cuernos, estaba a solo centímetros de chocar con la barrera nuevamente.

Con fuerza abrazó el cuello del monstruo y empujando contra él. Se mantuvieron firmes el uno contra el otro, arremetiendo con todas sus energías. Pero para retener a Teru se necesitaba más, Tamara estaba empezando a ser arrastrada. Sintió las chispas saltar sobre su lomo y recorrer su cabello. La barrera estaba cerca, y el monstruo de cuerno azules solo seguía avanzando.

Los tentáculos de Tamara se aflojaban, y lo hicieron hasta no poder más. El cuello de la bestia había sido liberado, y la chica se había impactado contra la barrera. Su cuerpo entero se electrocutó, y el mantenerla en contacto con el domo, generó intermisión e inestabilidad.

Su cuerpo se achicaba y sus tentáculos se retraían. La chica en su estado normal caía inconsciente a un destino seguro; una caída fatal. Teru la sujetó en el aire, la había atrapado entre sus garras. Se miraron a los ojos una vez más, y la chica quería conectar con él. Aunque fuera, quería intentarlo una última vez.

-¡Se que te engañaron! Jugaron contigo y conmigo también. Sé como debes sentirte.- Tamara decía apenada por su amigo.

-¡No lo sabes! Juegan conmigo, me engañan, me humillan... ¡Todo el tiempo es lo mismo!

-...No sabía que habías sufrido tanto, Perdón...

-No digas eso con tanta facilidad. No es una palabra mágica...- El monstruo comenzaba a sentirse apenado.

-...Es cierto, si, pero estoy muy arrepentida por lo que te hice.

El monstruo al oír aquella frase, volteó a mirarla a los ojos. La pena estaba creciendo en él otra vez.

-No debí tratarte mal. No debí insultarte, ni golpearte, ni nada de eso... No eres un imbécil y en serio lo siento por haberte hecho creer eso. No supe apreciar lo que tenía y tenía un amigo fantástico. No quiero excusarme nunca más, tampoco quiero esconderme. Quiero que sepas la verdad. Lo lamento mucho, Teru. Lamento haberte hecho tanto daño. Prometo alejarme de tu vida si eso es lo que deseas, no te rogaré que me dejes quedarme.

La bestia estaba sin palabras, tartamudeaba con un nudo en la garganta. Miraba frente a su enorme mano la gran pelea que también había causado por la chica. Empezó a retroceder asustado de sí mismo.

-Tamara...- Dijo Teru dejando en el suelo a su adolorida amiga. Miró sus garras pensando en retrospectiva, no sabía que pensar.

-No puedo creerlo, ¿Qué estoy haciendo? ¡Peleé contigo! ¿Por qué...?-

El aura del monstruo disminuía en poder, la transformación perdía su efecto. La chica sentía un gran alivio, como si el peso del mundo se fuera levantando poco a poco. Pero la criatura no hacia más que sentirse apenada, quería escapar a donde nadie pudiese verlo.

Tamara intentó acercarse a su ser con palabras reconfortantes, pero Teru intentaba negarlo todo. Sentía que se había vuelto una criatura desalmada, aunque la chica intentara probarle lo contrario. Ya no era una discusión, tampoco era una charla de amigos. Solo era un intercambio que ambos sentían necesario.

El monstruo y la pelirroja comenzaban a aprender cosas nuevas de ellos mismos, y todo parecía volver a la normalidad otra vez. Sin embargo, Arzon no parecía estar satisfecho con los resultados.

-¡Ni se te ocurra!- Dijo el demonio entre dientes

Desde los escombros, levantó intacto de su escondite gélido el extractor, alzándolo por sobre su hombro. Disparó el arma como un dardo directamente hacia el pecho del monstruo, agarrando velocidad a medida que se acercaba. Teru se estaba encogiendo, y Tamara lo estaba intentando calmar. Ninguno de los dos se daba cuenta de la aguja que se aproximaba a la distancia. Con un silbido a través del aire dio su alerta mortal, hasta que fue muy tarde.

El monstruo aulló de dolor contemplando sobre su pecho la aguja del extractor. Automáticamente se empezó a tragar todo el poder del demonio, encapsulando su fuego dentro del cristal. Teru reaccionó de manera rápida, extirpando la máquina de él, y destrozándola con su palma. La máquina había pasado de un arma letal a un montón de chatarra; era historia antigua.

-¡No, no, no!- Arzon se estaba desesperando, veía a su preciada máquina caer a tierra como una lata pisada. Corrió a atenderla, contemplando a la lejanía como el monstruo escapa de sus manos. Se adentró en las profundidades del bosque donde su silueta se fue encogiendo hasta desaparecer.

El demonio revisó cada cable, cada daño y abolladura que sufrió su máquina. A pesar de su deplorable estado, Arzon suspiraba de alivio.

-Aún puedo arreglarlo...- Dijo reconfortándose, sabiendo lo que debía hacer. Se levantó casi victorioso entre el caos y el desorden que provocó. Un círculo de tierra perfecto se había talado en medio de los árboles, con las llamas azules aún sin poder extinguirse.

El demonio volteaba a mirar a sus viejos adversarios, conectando su mirada con la de la chica. Estaba furiosa, impotente por ver lo que aquel ente hacía contra su viejo amigo. Cojeaba enojada cerrando sus puños con fuerza, pero Arzon no parecía reaccionar ante aquello. Los levantó, dando cada vez más pasos. Pero Arzon seguía sin reaccionar ante aquello.

La indiferencia enfureció aún más a Tamara, desencadenando chispas y rayos sobre su brazo demonio. Estaba a centímetros de plantar su puño sobre Arzon, hasta que un fuerte calambre recorrió de golpe todo su cuerpo.

La chica había caído recogida entre sus brazos en el suelo, estaba temblando y liberando chispas. Una mutación terminaba, pero otra iniciaba, y estaba empeorando. La oscuridad sobre el cuello de Tamara estaba avanzando hacia su rostro, quería ahogarlo por completo como una masa de petróleo.

El comandante no comprendía el estado al que estaba llegando su hija, pero Arzon tenía todo completamente claro. Sintió que ya había llegado la hora librarla de su sufrimiento, y cumplir la promesa que le hizo a su padre.

Se acercó a Tamara. Al oír sus pasos, la chica retrocedió del miedo en todas direcciones. No sabía por donde correr, ni como defenderse, pero sabía debía desaparecer del radar. Greg se levantaba a duras penas a ayudarla, pero Arzon congelaba su cuerpo al suelo.

-Eres muy duro de matar. Luego me encargaré de ti.

Arzon regresó su mirada hacia la chica, quien pataleaba asustada sin emitir ningún ruido de la parálisis.

-Incluso con tus poderes sombra eres un fastidio. No dejaré que te sigas interponiendo en mi camino, así que toma esto como una advertencia.- Dijo el demonio atrapando todas sus extremidades contra el suelo en cadenas rocosas. Se agachaba a observar el brazo que ocasionó toda la mutación, y con delicadeza lo sujetó. Tamara forcejeó, pataleó e intentó quitárselo de encima. Sin embargo, en su situación actual no conseguiría nada. 

El demonio cerró los ojos, y empezó a meditar. Una atmosfera eléctrica envolvía su brazo monstruoso, algo estaba generando interferencia. Sus ojos otra vez brillaron tal como faros hacia el cielo, intensificando los rayos que caían al rededor 

Poco a poco, Tamara sentía como sus brazos no eran suyos. Como su cuerpo se desligaba como una prenda de otro, y como su rostro estuvo todo el tiempo recostado sobre uno ajeno. La luz que emergía entre ellos se volvió tan intensa que ya nada era visible desde el exterior.

En silencio desde los puntos ciegos creció un grito ensordecido, sintiendo como la carne se despojaba de su cuerpo. Era un imán conectado a otro, siendo forzados a separarse.

El dolor era inconmensurable, pero poco a poco comprendía lo que sucedía; el demonio que residía en ella estaba listo para salir. Entre el sudor, los gritos y los ensordecedores relámpagos, escuchó un pequeño ruido. Una liga de caucho que se rompía, una soga que se cortaba en dos de la fuerza, un feroz látigo que se rompía de su propia fuerza. 

Recobró sus sentidos, lo percibía todo otra vez. Todo menos su brazo.

Una onda se disparó ante la explosión de luz, la operación había sido un éxito. Greg a pesar de la violenta ola, no sintió ningún rasguño. Quedó cegado por un momento, hasta regresar a los cielos grises del mundo.

Tamara despertó recostada en el suelo, mirando el remolino que se formaba en las nubes. Su cuerpo estaba acalambrado y debilitado. Su cabeza sufría de una jaqueca desmedida. Llevó sus manos a la cabeza, solo para notar que estas habían aumentado en tamaño, y que le faltaba una. Sintió sus dedos afilados, y entre ellos un par de cuernos.

Se miró del torso para abajo, su única garra era púrpura, robusta y enorme. Tomó uno de sus mechones y lo revisó ante sus ojos. Estaba rojizo, un intenso y brillante color rojo.

Frente a ella anonadada veía las espaldas de lo que parecía ser una figura humana. Se levantaba quejándose del dolor, tosiendo por el polvo y la tierra que la rodeaba. Tamara lo podía ver con total claridad, esas eran sus prendas y su cuerpo. Su cabello pelirrojo había perdido sus ondas, cayendo sobre la cabeza de la chica en un tono castaño.

Se volteó a ver al demonio, revelando las bolsas que caían por debajo de sus parpados.

-¡Esa... esa es mi cara!- Pensaba Tamara en suspenso

-¿Quién eres?...- Dijo la chica del cabello castaño

-Pero esa no es mi voz...- Era un voz dulce y suave, pero debilitada.

Ambos seres se miraron cara a cara en total confusión, lentamente conectando las ideas dentro de sus mentes. Además de la apariencia compartían algo en común; el muñón en su brazo derecho. 

-Niña...- Greg estaba impactado, pues nunca creyó que volvería a ver a aquella jovencita otra vez.

-Ha pasado mucho tiempo. Me imagino debes muy estar confundida, Priscila.- Decía Arzon de manera ominosa, mientras se acercaba a la jovencita humana. Esta se espantó, intentando alejarse a paso lento de él. Cubrió con sus brazos su rostro, esperando no recibir ningún daño.

-¿"Priscila"?- La chica demonio no quería creer lo que oía, ese tampoco era su nombre.

-Permíteme.

El demonio sujetó del brazo a la chica, intentando convencerla de que confiara en él. La chica oponía resistencia, pero era arrastrada en contra de su voluntad.

Arzon colocaba a la chica indefensa ante los ojos de Tamara. Podía percibir su mirada aterrada sobre ella, con sus brazos y piernas temblando de los nervios.

-Dime, ¿ves algo familiar...?

Una sola mirada bastó a sus rostros y facciones para poder entender que era lo que las unía. Era algo más complejo que una mera coincidencia, o un vínculo familiar perdido. Lo que había provocado Arzon en Teru estaba cobrando poco a poco el sentido. 

Tamara sintió como toda su vida se hacía añicos para tomar un nuevo sentido. Había encontrado la verdad que tanto perseguía, pero ahora que la veía ante sus ojos deseaba nunca haberla descubierto. Lo que dijo frente a Reggie había tomado forma, efectivamente todo este tiempo había sido ella la culpable de sus desgracias.

Los ataques, las transformaciones, los arranques de furia. Todo era ocasionado por un supuesto agente malévolo el cual no era más que ella misma. Teru había logrado despertar un poder oscuro dentro de él, pero el caso de Tamara era distinto. Ella era el monstruo, el parásito y huésped en el cuerpo de alguien más; un demonio sombra.

-No puede ser...

-Capítulo 35: Desligada-

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