CAPÍTULO 33
Tras la resolución de Reggie, y el escape de su compañero Teru, Tamara se encontró nuevamente por los bosques. Lo había perdido todo en el incendio de Solárne; sus viejas prendas, su comida y sus pertenencias. Recordaba con nostalgia el casete con la voz de su madre, se había ido para siempre. Pero no quedaba más remedio que seguir avanzando para sobrevivir.
No se sentía afligida, mucho menos perturbada. Sentía una tranquilidad que le generaba inquietud. Con su mano en el aire cargaba el remolino del señor Lewis, a quien pedía orientación y consejos. El anciano se encontraba en su hogar, recostado en su cama lleno de medicamentos, vendaje y suero. Se había negado a quedarse en el hospital, y su nieta le había obligado a mantenerse en cuidado.
-Estás en la dirección correcta, sigue derecho y encontrarás una cueva a los pies de la montaña. No detecto monstruos ni criaturas peligrosas cerca, así que estarás bien.- Decía el señor a través de las corrientes del aire.
-Gracias... No creí que fuera atenderme en este estado, debería descansar un poco.
-No te preocupes, nunca estoy demasiado viejo ni chueco para ayudar.- Hablaba el anciano mientras se encendía tranquilamente un cigarro.
-Oiga, ¿puede fumar en ese estado?- Tamara pudo oír su mechero.
-Ups, creo que no... Bueno, es solo un cigarrito. ¿Qué tanto daño puede hacerme?
De repente, la chica escuchó las pisadas de alguien. Era Reggie, quien había ingresado a la habitación del abuelo con la nariz cubierta.
-Abue, ¿Qué huele a-? ¡¿Que haces fumando con las costillas rotas?! ¡Esa cosa parece pucho de caricatura, dámelo!
-¡Pero si es solo un cigarrito!-
De repente, la llamada se cortó. Tamara rio un poco para si misma, pensando en que el señor Lewis simplemente nunca aprendía a estarse quieto o en cuidado.
La chica avanzaba a paso lento y somnoliento, hasta que se topó con la cueva que tanto buscaba. Al caer la noche, las luces del fuego se avivaron. La fogata danzaba entre las brisas heladas de la cueva, y Tamara mantenía sus palmas al calor. Comió un poco de pescado que le dejó Reggie, y se recostó a mirar el techo.
La oscuridad mostraba sus estalactitas como las fauces del abismo, era una caverna muy espaciosa. Y a las afueras, la luz se perforaba a través de las estrellas en la noche. No importaba donde fuera, la oscuridad siempre le seguiría, y la luz escaparía para mostrarle el camino.
La chica quería caer dormida, pero no concretaba nada por su mente turbulenta. El vaivén de los recuerdos y las memorias agitaban su consciencia como un terremoto. Su cuerpo estaba tenso, a medida que su mente le hacía ir más profundo. Su cuerpo se apago, sus ojos se cerraron, y su mente se encargó del recuento.
Había contado la verdad a Reggie otra vez, había visto a Teru decepcionarse otra vez. Se reencontró cara a cara con Arzon en el infierno, y se encargó de que Greg nunca volviera a ponerle un dedo encima. Se transformó en un monstruo, atacó a su amigo, formaron los Guerreros Omega y escapó de la milicia. Desobedeció a su padre, le gritó, lloró, peleó con niños de su escuela, abrazó por ultima vez a su madre y finalmente, la encontró; una memoria perdida.
Era la voz de su madre, la cual llamaba a Greg a responder unas preguntas:
-¿Donde está la niña, Greg? ¿Dónde está?
Tamara había vuelto al pasado, era una pequeña jovencita de vestidos y muñecas de trapo. Se tomaba de la mano con su padre; un demonio quien se la llevaba sin decir nada. Vestía de su bata de laboratorio y una corbata. La chica pensaba que iría a una fiesta de disfraces, y con curiosidad quiso confirmar su paradero:
-Papi, ¿A donde vamos?
-Al doctor. Estás muy enferma y tenemos que curarte.
-¿Me van a dar remedios asquerosos?...- La niña sentía rechazo ante la idea.
-No, no... Estoy seguro de que no será nada de eso.- Greg intentaba ser positivo, pero su desgano era imposible de ocultar.
Llegaron a las afueras de un departamento, pasando los suburbios más peligrosos de la ciudadela sombra. Todos observaban desde sus ventanas, ocultos. Todos susurraban, curiosos y en suspenso. Sabían perfectamente a lo que habían venido, y temían a lo que podría ocurrir después.
Greg tocó la puerta de manera muy meticulosa: un, dos. La entrada se abrió ante él, revelando la penumbra que esperaba dentro del edificio. Desde las tinieblas se iluminaron unas largas escaleras al subterráneo. Cada paso y eco era una alerta ante el peligro, con las luces de las antorchas bañando su rostro.
Abajo, se encontraron con un espacioso y elegante salón rojo; lleno de alfombras, candiles y cortinas de lujo. Rodeando el pasillo, se paraban firmemente en filas los encapuchados de rojo. Le habrían paso al demonio, a su hija, y al jefe, quien se escondía tras su alcoba.
Desde el fondo del salón, atravesando las cortinas, bajó desde su salón personal el demonio mayor. Su capucha era más monárquica, con terminaciones doradas y una longitud que acariciaba el suelo. Sus pasos eran lentos, pero el sonido que emitían congelaban el alma. Sus cuernos se alzaban fuera de la capucha, formando sobre su cabeza un gran aro rojo. Cara a cara, se habían encontrado finalmente ambos seres, aunque no hubiese nada por distinguir bajo la capucha.
La chica, sin embargo, no parecía estar intimidada. Reconoció aquellos cuernos con dulzura, y saltó a abrazarlo con un único brazo.
-Hola pequeña, ¿Cómo estas? Hacía mucho que no te veía- El demonio mayor se agachaba para recibirla con el mismo entusiasmo.
-Muy bien, hoy me saqué un diez por pintar flores.
-¡Excelente! Sabia que eras una gran artista... Si pusieran calificaciones por tomar siestas, ya tendríamos más azules.
-¿Y el monstruo? ¿No está aquí?- La chica sentía temor ante una amenaza sin nombre.
-¡No! para nada... Me encargué de darle la paliza de su vida, asi que ya no te molestará más.-
-Es muy valiente, señor Arzon.
-Nah, date algo de crédito, renacuajo.- Arzon desordenaba el pelo de la niña, coincidiendo su mirada con la de Greg. El demonio mayor se levantaba tomando la mano de su hija, listo para hablar con el científico.
-Hola Greg, gracias por traerla. Veo que te ha interesado mucho mi oferta, hasta has venido vestido para la ocasión.
-No tengo tiempo para charlas. Haz lo que tengas que hacer. Y por favor, hazlo rápido.- Greg parecía estar muy cortante en aquella ocasión.
-Claro, no demoraré nada... Vamos, querida.- Arzon le hacía señas a sus subordinados, quienes atendían a la niña para llevarla a "la cámara". Mientras mas avanzaba, más notaba como su padre y el demonio se quedaba atrás. Entristecida, le preguntó:
-¿Papá? No me dejes sola...
-Tranquila, papá estará aquí esperándote. El no ira a ningún lado.- Le decía él de manera dulce, llenando de confianza a la niña.
Vio al demonio mayor dar la espalda a su compañero, quien sigilosamente se preparaba para jalar algo fuera de su gabardina. Las cortinas no le permitieron ver el resto, lo único que pudo oír fue el cliquear de un arma, un golpe, y como miles se aproximaban. La niña intentó voltear, pero sus ojos habían sido cubiertos por los encapuchados.
-¡Oh, no puedes voltear aún!... Papá prometió que te daría un premio si te portabas bien.
Unos gritos ahogados en la densa tela, apenas llegaban a resonar en los odios de la niña. Tuvieron que pasar años para que pudiera reconocerlos como tal, eran los gritos de su padre. Sin detectar nada más dejo que su cuerpo se sumergiese en la fauces de la oscuridad, caminando en línea recta a lo desconocido.
El interior de la cámara se encendió ante la luz de un candelabro, el cual revelaba cuadros, alfombras, y demás lujos del demonio. En el centro, una mesa redonda de velas apareció. Ambos se sentaron, con la criatura observando el fuego con fascinación.
-Bien, querida... dime, ¿Te has sentido mal? ¿Muy mal? o ¿Es un ligero malestar?
-No me duele nada, solo siento cosquillas. Mi cabello brilla y mis manos también. Puedo levantar cosas y es muy divertido.
-Necesito hacerte unos exámenes, tengo sospechas de que puede ser.
-¡Claro!
Cerrando sus ojos, el demonio levitó su garra sobre la muñeca de la chica, sin tocarle ni un cabello. Sentía su pulso, sus arterias y sus venas. Y dentro de ellas, encontró lo que estaba buscando. Una materia desconocida para el organismo humano bombeaba por su sangre. Arzon quitó sus garras, y abrió los ojos con gran preocupación.
-Efectivamente, mis suposiciones eran ciertas. Estás desarrollando poderes.
-¡Yupi!- Tamara pensaba en las posibilidades de ser una niña con habilidades sobrehumanas.
-Es peor de lo que pensé...
-¿Ah?- Pero sus sueños se caían a pedazos.
-Querida, puedo entender que tener una habilidad así puede ser grandioso... pero debo recordarte: Un poder tan inmenso a tu edad puede dañarte inmensamente, y también dañar a los que amas.
-Pero mamá dice que estoy bien... Que no tengo nada mal.
-Muchos padres dicen eso para no asustarte, pero solo ellos saben la gravedad del asunto. Debo extraer ese poder de ti y solo así podrás sanarte.
-Me da miedo, suena peligroso. Creo que no quiero...- La joven Tamara empezaba a dudar.
-Querida, piénsalo, ¿no quieres pasar mas tiempo con mamá Honey y papá Greg?- Le decía Arzon con un tono amigable y una sonrisa invisible.
-...Si quiero.- Dijo la chica apenada.
-Y yo soy un experto en poderes, puedes confiar en mi ¿cierto?
-Si, si puedo.- Decía recobrando su firmeza.
-Entonces debo hacer lo que debo hacer, cariño. Esas jaquecas pueden volverse calambres, esos calambres pueden volverse problemas al corazón, y si el corazón tiene problemas...
-¿Que pasa si el corazón tiene problemas?.- La joven aún no comprendía el concepto de la muerte.
-Creo que no querrás averiguarlo.- Arzon reía para si mismo -Es mejor prevenir algunas cosas.-
-¿Como me quitará mis poderes?- La curiosidad de Tamara no tenía limites.
-Bueno, es muy sencillo, pero necesito que cooperes conmigo ¿podrías?
-Si.
-Esa es mi chica.- Arzon con su garra atrapó el fuego de la vela, extinguiéndolo con su piel. El cuarto y sus candelabros de repente se habían apagado, la chica no podía ver ni que tenía frente a sus narices.
-No le temes a la oscuridad, ¿cierto?
-Un poco...- La chica temblaba del susto, recordando el rostro de una bestia que encontraba temible.
-Tranquila, no hay monstruos aquí ¿Recuerdas? Estás conmigo, estás a salvo. Necesito que el cuarto se mantenga oscuro porque mis métodos son un secreto. La luz volverá al llegar a diez, verás que todo estará en orden. Ningún pinchazo, ningún remedio asqueroso... Estarás completamente sana. Solo deja que yo me encargue ¿Te parece bien?
-¡Si!- La joven pelirroja estaba entusiasmada con la idea de poder pasar mas tiempo con sus padres. Contó con firmeza mirando a la oscuridad, recayendo únicamente sobre los pocos sonidos del exterior. La voz del demonio mayor empezó a dictar sobre la chica.
-Ok. Ahora cuenta conmigo. Uno, dos...
-Tres, cuatro.
-Cinco, seis....
Pero sobre el conteo de los números, unas voces distantes irrumpían la concentración de la chica. Creía oír a su madre discutir con alguien a la distancia.
-Cubran.- Dijo Arzon susurrando de manera directa y fría.
-¿Cubran?- Tamara estaba por voltear, siendo detenida justo a tiempo por la garra del demonio, quien le cubría los ojos.
-¡Si, cubran!- Arzon ya estaba nervioso -Tu padre ya llegó con la sorpresa, pero no puedes verla aún. ¿Te gustan las sorpresas, cierto?
-¡Me encantan!
-...Pues amarás esto.- Dijo el demonio de manera ominosa.
-¡Tamara!- Una dulce voz cruzó la cortina de la sala privada.
-¿Mamá?- Tamara volteaba rápidamente mientras veía la silueta de su madre. La mujer corría atravesando la oscuridad, rebasando a la niña para protegerla. Con certeza, se lanzó rápidamente a atacar con su candil. Golpeó la cara del demonio, y al dejar caer su antorcha, reveló ante los tonos carmesí los rasgos de su monstruoso rostro.
La niña veía los tintes de lo que parecía ser una calavera, con grandes y relucientes ojos insectoides, una densa y picuda melena, junto a una afilada mandíbula que se separaba al sisear sus canticos de muerte.
Al sentir su verdadera identidad revelada, Arzon se desesperó. Había formado con su garra una afilada oz, listo y dispuesto a embestir contra la madre de la niña.
El demonio había fallado el ataque, mientras Honey corría a recoger a Tamara en sus brazos. La niña lloraba del miedo ante la faceta del demonio; era la bestia de la cual prometió protegerla.
-No...¡No! Estaba tan cerca.- La voz de Arzon se había distorsionado.
-No volverás a ver ni un cabello de esta chica. ¡Nunca más!- Decía la mujer inflando pecho ante el monstruo.
-¡¡Sal de mi camino!!- Arzon se acercaba a atacar a Honey con su oz. De un esquivo, el arma acabó clavada en el suelo. Al quedarse atascada, Honey huyó hacia los muebles del salón. Allí, en un gran ropero blanco, escondió a Tamara, formando una promesa con ella.
-Cariño, no quiero que salgas de aquí por nada en el mundo. No mires y cúbrete los oídos. Volveré en un segundo.- Honey cierra el ropero, mientras la joven escucha sus pasos alejarse.
-¡Mamá...!- Decía la niña aún llorando del miedo, asustada de que su madre deba enfrentarse sola contra el demonio de la guadaña.
Escuchó golpes y quejidos, venían de las bocas de ambos seres. Escuchó la oz afilarse, los muebles caer... las cortinas se desplomaban y los cristales se trizaban. A pesar de su mejor esfuerzo, mantenerse con los oídos tapados no resultaba en nada.
Escuchó como el demonio atacaba fuertemente a su madre, quejándose del agotamiento ante cada rasguño. La oyó rodar por las escaleras hacia el salón principal. La sintió retorcerse por el suelo, intentando escapar. El llanto de Tamara se volvía mas fuerte ante la desesperación, sin poder hacer nada para ayudarla.
-¡Esto se acabó!- Gritó Arzon con total imponencia, retumbando su voz hasta su propia recamara.
Tamara había tenido suficiente, salió golpeando con fuerza las puertas del ropero. Al caer aturdida, corrió sin titubear por la sala del demonio. Pero era demasiado tarde, pues al atravesar las cortinas y avanzar hacía su madre, se topó con un grito desgarrador y una escena que la marcó de por vida.
La pequeña niña, todos en la base secreta y las afueras de esta, oyeron aquel llanto estremecedor. Tras él, el silencio se mantuvo ante el goteo de unas manchas sangrientas.
-¡Mamá...!
Un enorme charco de sangre se esparcía por las alfombras del pasillo. resbalaban del solitario filo de la guadaña. Arzon ya estaba encogido, cubriéndose nuevamente por su capucha. Ante el ataque, notó los gritos que Tamara. Y al voltear, ante el pánico la mirada del demonio se grabó en sus instintos:
Miró con sus ojos a la verdadera cara del vacío; un rostro de facciones moribundas, llenas de frenesí y sangre. No tenía boca, ni nariz. Solo unos alargados oídos y sus filosos ojos de serpiente. Era una imitación disparatada de un ser vivo; una criatura fuera del sistema natural. Detrás de él las cortinas mostraban desplegando el logo del sol y las alas unidas por el anillo.
El cabello de Tamara se había vuelto de platino, junto a sus ojos que brillaron como faroles. En un momento le acompañó su piel y posteriormente todo su cuerpo. Sin dar ninguna alerta, una enorme explosión psíquica se desencadenó por sobre el lugar.
La niña no podía ver más allá de la luz que provocaban sus poderes. Su visión, audición y tacto se sentían difusos, jamás había tenido una reacción a tal nivel. Desorientada, alzó su mirada. Se reencontró rápidamente con su madre, quien la veía fijamente a los ojos con una sonrisa pacifica,
El entorno se volvía cada vez más claro, eliminando la luz y trayendo de vuelta la oscuridad. Tamara no quería creer lo que veía, pero mientras mas se aclaraba la imagen, más podía confirmar lo que observaba. Su madre se paró ante ella, con una sonrisa amable y ocultando tras sus espaldas su brazo. Pero era demasiado tarde, Tamara lo había visto y estaba echando a llorar. Honey había perdido la extremidad ante el ataque de Arzon.
-¡Perdón mamá!- La niña corría a abrazarle.
-No es tu culpa, linda... Estaré bien.
Al bajar las escaleras cargó a su hija en su único brazo. Greg había sido retenido por los súbditos del anillo, quienes lo liberaban ante la terrorífica presencia de Honey. Observó a su esposo de manera fría y decepcionada. Sin embargo, no quería enojarse o su hija llorara más.
-¿En que estabas pesando? ¿Cómo se te pudo cruzar eso por la mente?- Decía la mujer de manera serena, pero cortante.
-¡Ese sujeto me amenazó, quería deshacerse de ti! Creí que tenía todo controlado y que lo acabaría por mi cuenta, pero estos imbéciles me detuvieron y...
-Greg, expusiste a nuestra hija... ¿Entiendes lo que hiciste? ¿Entiendes lo peligroso que pudo haber sido? Mírala, está llorando del susto. Intentaron matarla...
-Era nuestra única opción.
-¿En en serio? ¿De verdad lo era? Esto no lo vale. Después de todo lo que nos costó tener a una niña ¿ahora la vamos a poner en peligro?
-No podía permitir que tú estuvieras en peligro, ya tienes un sujeto muy poderoso sobre ti, imagina dos...
-Ya basta, Gregorio. Entiendo lo que querías hacer, pero esto no va con mis principios. Tamara debe ser lo que más tenemos que proteger, y lo que más nos importa ahora mismo.
-Tu sabes que esa no es la hija que yo quería.
El shock invadió el cuerpo de Honey. Tamara, para su suerte, no logró oír nada. Lloraba tan fuerte y estaba tan encerrada en sus temores, que nada de lo que ocurría afuera le hacía reaccionar. Greg se había percatado de sus crudas palabras e intentó enmendarlo.
-Honey...
-Ya comprendo perfectamente.- Pero era demasiado tarde. Honey estaba pasando de él -Debiste decirme de un inicio que no querías hacerte cargo de ella.
Y desde la cima de los escalones, a medida que la disputa avanzaba, una enorme entidad bajaba a poner cartas en el asunto.
-Pudimos haber hallado una solución juntos...- Continuaba su esposa.
Los pasos se volvían cada vez más fuertes y densos, revelando ante las luces una mascara y armadura pesadas. Era el maestro, quien venía a encargarse de Arzon de una vez por todas.
-¡Maestro!... ¡Creí que-!- Greg estaba atónito.
-Tranquilo, no estás equivocado. Nada entre nosotros esta solucionado... Solo es algo de una ocasión.- Decía el maestro siendo acompañado por sus miles de soldados
-Tenemos un enemigo en común, pero no te acostumbres, "Honey"...
La mujer no decía nada a cambio, solo observaba fríamente a su rival. Su hija, quien era cargada en sus brazos había visto por primera al maestro en persona. Este pudo notarla, bajando la mirada en un suspiro melancólico.
-Te dije que esa niña traería problemas, pero todos quieren una vida arriesgada y egoísta ¿No es así?- El maestro se abría paso por el cuarto en camino a Arzon, con sus soldados arrestando encapuchados de diestra a siniestra. El demonio sintió la fuerte presencia del maestro sobre él, temiendo a cual sería el castigo que recibiría.
Por el otro lado, Greg sentía a su esposa cada vez más lejos de él. Intentaba acercarse, pero cada paso que daba apartaba más a Honey. Era claro, el interés era unilateral, tal como el rechazo.
Honey se retiró subiendo las escaleras, mientras Greg se llenaba el corazón de culpa y enojo. Al ver el cuerpo inconsciente de Arzon, golpeó impotentemente las murallas, gritando y ahogándose con su propio aliento. Su mirada vengativa se clavó sobre la chica, quien la miró con ojos de cachorro.
La expresión del científico se ablandaba también, pensando en que estuvo a punto de dejar morir a su hija. La niña lloraba viendo a su padre, sin comprender realmente que había sucedido.
-Papá....
Con el paso, el suelo se erosionó dando al vacío, y la niña cayó de los brazos de su madre a las manos de la nada. Estaba creciendo muy rápido, con el mundo a su alrededor girando sin para darle un respiro.
Creció, perdió a su madre, sufrió por su padre, por la escuela, escapó de la milicia y conoció a Teru. Hablaron, hablaron hasta volverse recurrentes. Lucharon, jugaron, comieron, lucharon, huyeron, lucharon y comieron.
Teru estaba confiaba más en ella, era una amistad establecida, pero la chica no podía dar más pasos. Intentó, intentó, intentó. Pero falló, algo se había roto dentro de ella. Atacaba, atacaba. Las cosas salían mal, atacaba, atacaba. Ante el mas mínimo estimulo, atacaba, atacaba.
Y atacó hasta no dejar nada contra que defenderse. Luchó contra fantasmas de problemas que realmente no estaban en Teru, sino en ella. A pesar de ello, la chica era incapaz de notarlo. No podía ver las señales ni las razones, pues siempre era cegada por la incertidumbre
Había crecido tanto, que su vestido y sus muñecas ya no eran adecuadas para ella, aunque ella las quisiese allí. El tiempo había avanzado tan rápido que no le dio el tiempo de vivir la infancia que ella quiso, la adolescencia que tanto perdió, y la adultez que había tirado abajo.
Desde sus entrañas algo golpeaba su cuerpo. Con sus uñas rasgó sus órganos, separó sus músculos y presionó sus huesos. Se abría paso entre sus costillas, su carne y su piel. Estaba avanzando a toda marcha. Y como una bala certera, la atravesó. El demonio salió desde su interior a verla a la cara. Había devorado todo en su interior, y era hora de devorar todo el exterior.
La chica despertaba de su pesadilla con el rostro sudado y la oscuridad apoderándose lentamente de su rostro. Recuperaba su aliento a un ritmo acelerado, observaba sus alrededores pensando en que todo lo vivido había ocurrido en el momento. Suspirando del alivio, se dio cuenta que ya era un nuevo dia.
Sin embargo, el sol no asomaba ninguno de sus rayos. El cielo se cubría en nubes; nubes densas y grises que apagaban la isla entera. La luz había cumplido su deber, había guiado a la chica lo mas que podía. Sin embargo, las tinieblas reclamaban su reinado, alertando con su presencia la llegada de algo más grande que ellos mismos.
Todos en la isla podían sentirlo; era la sensación de la incertidumbre recorrer sus espaldas. Aunque las nubes no eran más que eso, la atmosfera que se tejía entre los cables de luz, y las pisadas en la acera era de detrimento.
Teru, quien se encontraba vagando por los bosques, sintió el pesado aire de la perdición recorrer sus hombros. Agachándose a mirar el rio, vio su reflejo y sobre él, las nubes que asechaban la luz. Había pasado un día desde que hoyó esa voz dentro de él, no había vuelto.
No podía evitar sentir que algo estaba fuera de lugar, y sus instintos no fallaban. Observando bajo sus zapatos el pasto juguetear con el aire, pero bajo este no había nada más que tierra. Se levantó observando los arboles a su alrededor. A pesar del día nublado, conservaban la sombra de sus copas.
Las rocas, las colinas y demás conservaban su interposición a la luz. Pero Teru no, había perdido su sombra. Caminó por toda la pradera pensando que quizá no era alcanzado por el cielo, pero estaba equivocado. No importaba donde fuera o que hiciera, nada estaba bajo él.
No estaba asustado, mucho menos triste. El choque de todos los eventos recientes lo dejaba desfasado de toda la realidad. No comprendía, pero ya no quería esforzarse en comprender.
Las flores de la colina intentaron distraerlo, haciendo volar sus pétalos hacia el horizonte infinito. Varios tallos quedaron despojados de sus colores, mientras otros dudaban en dejar ir lo suyo.
Teru pensaba si las flores sin pétalos seguirían siendo vistas como flores, o si solo serían un residuo de lo que solían ser. Con pisadas silenciosas alguien presentía sus dudas al subir la colina. El chico se giraba esperando una oportunidad de reconfortarse. Sin embargo, se vio nuevamente frente al rostro del títere.
El chico creyó que jamás querría verlo de nuevo, pero sin embargo allí estaba. Algo en él se ablandaba, pero al mismo tiempo se alertaba. Definitivamente no podía confiar en él, pero su atracción le hacía todo más difícil. Nick, por el otro lado, sabía perfectamente lo que hacía. Sabía perfectamente a que había venido. Necesitaba del chico una vez más, y esta vez le ayudaría a encontrar lo que había perdido.
-Capítulo 33: Memorias de una vida-


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