CAPÍTULO 20

El demonio observaba con miedo al hombre de las ilusiones que ahora se reflejaba antes sus ojos. Este serenamente caminaba bajo el arco de la entrada, mirando todo el desastre que había provocado. Sus pisadas hacían eco entre las paredes del lugar, intimidando al demonio con su inminente derrota.

-...¿Tu hiciste todo esto?- Robin le preguntaba sorprendido.

-¡Sal del camino! no tengo tiempo para esto.

-...Greg, ¿Por que haces todo tan difícil?- El hombre de la capucha roja sonaba algo desilusionado -Te pedí que te retiraras formalmente, incluso te di una demostración de que soy capaz. Y aun así. Insistes en continuar con todo esto.-

-Maldita sea ¡Que salgas del camino! no tengo tiempo para tus estúpidos monólogos.

Robin desviando su mirada de Greg, notó a la chica pelirroja en el suelo. Su brazo seguía en su estado mutante, sin intenciones de revertirse. Dentro de su mente, Nick y Teru discutían cual debía ser su siguiente paso:

-¡Vamos! es nuestra oportunidad- Nick animaba al chico.

-...Volvió a ocurrir... No otra vez.- Pero Teru se sentía triste al ver el mal estado de su amiga. El demonio observaba al chico quedarse parado, sin decir nada. Creyendo que se estaba burlando de él, solo se enfureció más.

-¡Agh! Bien, ¿Quieres pelear? ¡Entonces vamos a pelear!-

El demonio inundado en cólera, recogió su espada del suelo mientras corría. Gritaba con su voz raspando las paredes de su garganta. Robin volviendo a la realidad, se percató de la situación en la que se envolvió.

-¡No, alto!- Dijo Robin queriendo evitar una pelea. El demonio estaba listo para apuñalarlo. Utilizando el poder de la ilusión, creó tres copias de sí mismo. Greg con su espada se encargó de estocar a todas. Para su mala suerte, ninguna copia era la real. Los fantasmas del chico se disiparon en una nube púrpura por los aires. El demonio confundido, sintió alguien correr lejos de sus espaldas. El Robin original se acercaba hacia Tamara para atenderla, pero el demonio lo agarró por su capa, deteniéndolo, y arrastrándolo hacia el rápidamente. Tomó al chico de los hombros para girarlo, y posteriormente darle una paliza. Robin intentaba detener sus puños, pero el demonio era más fuerte. Los lentes de Robin se empezaban a trizar lentamente.

-¡Niña, levántate! Debes salir de aquí ahora mismo- Greg le daba una orden a su hija, una orden que ahora mismo no podía cumplir por su estado. El chico escorpión que antes estaba con Tamara, bajó caminando por las paredes del pabellón sano y salvo. Al llegar al suelo, corrió a ver a su nueva amiga.

El demonio sin oír los pasos de la criatura, continuó con su paliza hacia a Robin. Un último puño bastó para romper sus gafas, que revelaron sus pupilas igual de rojizas. Unos mechones de cabello blanco ahora caían desde la capucha. Greg creía reconocer esa mirada, esos ojos se parecían a los de un chico que intentaba recordar. Tomando su capucha con ambas garras, intentó desenmascararlo.

-¡Sal de ahí, idiota! Muéstrame quien realmente eres.- Greg quería ver la verdad a toda costa. Pero el chico aferrándose a uno de sus brazos, lanzó desde la palma de su mano sus tinieblas púrpuras. Impactando directo contra los ojos del demonio, Greg retrocedió sobándose el rostro. Al abrir sus parpados, se vio rodeado de un huracán, el huracán donde el fantasma de su esposa lo atormentó. Miles de figuras de su hija pelirroja lo rodeaban. Eran sus versiones del pasado, de cuando aún era una niña pequeña. Todas venían a por el, caminando como muertos vivientes.

-Papá, ¿Qué está pasando?- Greg había recibido un golpe bajo, su corazón se había ablandado ante las indefensas voces de su hija. No sabía que debía hacer contra los fantasmas. No podía atacarlas, pero tampoco se confiaba de ellas y de que eran capaz.

Robin saliendo entre la niebla sin previo aviso, golpeó fuertemente el pecho del demonio, dejándolo en el piso aturdido. Intentando recuperar aire, el chico lo pateó, haciéndolo rodar sobre si mismo por los escombros del castillo. Greg se alzaba sobre sus manos rápidamente, viendo como Robin se preparaba para disparar su flecha de cuarzo. Greg desenvainando su espada, desvió la flecha con su filo. El hombre de la túnica agarró un puñado de flechas para un ataque fuerte. 

El demonio sin temor a estas, corrió contra ellas. El ángel empezó a disparar como si no hubiera un mañana. Greg esquivaba las flechas moviéndose hábilmente entre el aire en ellas. Con su espada aun en mano, el demonio se propulsó a apuñalar el cuello de Robin. Pero el chico leyendo sus movimientos, jaló una nueva flecha para disparar. Esquivando la estocada del demonio y con la espada sobre su hombro, Robin apuntaba una flecha en la cara del demonio. Ambos se miraban silenciosamente, esperando hasta el más mínimo movimiento.

Greg miraba de reojo a la chica que ahora se levantaba, junto a la ayuda del chico escorpión. Greg alertándose, creyó que se la estaba llevando para comerla. Pero la chica se veía más relajada sobre sus hombros, lentamente recuperaba la consciencia. Su brazo dejaba de mutar. Las miradas entre ambos seres se veía serena y algo triste. El demonio suspiró del alivio, ahora podía concentrarse únicamente en derrotar a su oponente. Robin seguía clavando su mirada sobre la de Greg, leyendo cada una de sus expresiones.

-Eres bastante hábil, chico.- Greg sorpresivamente elogiaba a su contrincante.

-Lo mismo digo.

-¿No estás siendo blando conmigo, verdad?

-No te precipites, Greg. 

Ambos seguían en silencio, petrificados el uno contra el otro. A pesar de que ambos tuvieran la ventaja igualada, nadie quería dar el primer paso.

-¿Y bien? ¿Vas a disparar?- El demonio lo llamaba a atacarlo.

-¿Es eso lo que quieres en verdad?

-Te hice una pregunta. ¿Vas a dispararme o no? tienes la oportunidad de hacerlo ahora.

Robin se quedó sin palabras. Sus pupilas ahora se desviaban un poco de las del demonio, buscando otra cosa con la que distraerse. Greg reía levemente para sí mismo, había encontrado una debilidad en el chico.

-Lo sabía, si estás siendo blando conmigo.

-¿Que?- Robin se notaba algo indignado.

-Niño, no puedes ser así de tonto. Nunca disparas con una intención de dañarme de verdad. Si realmente quisieras matarme, habrías tomado esta oportunidad que tienes ahora.

-¡No es mi deber matarte!

-¿Y esa flecha sobre mi cabeza?

Robin pasó de sostener firmemente su arco a temblar levemente. El demonio sabía perfectamente lo que hacía. 

-Además de blando, impulsivo. No puedes matar ni a una mosca. Creí que eras mejor que esto, niño- Decía Greg riendo un poco

-¡No me subestimes, Greg!

-Entonces hazlo.- El demonio lo miraba seriamente otra vez. Su tono burlesco se apagó junto a su expresión. Soltó su espada, que cayó tintineando en el suelo.

El chico no pudo contra la presión, su fría mirada le congelaba la espalda. Sujetó firmemente su arco y flecha, dispuesto a disparar. Pero en un rápido acto de arrepentimiento, disparó la flecha por sobre el hombro del demonio. 

Greg rápidamente se abalanzó contra Robin, con sus garras tomándolo del cuello. Su arco y flechas cayeron al suelo junto a la espada. Ambos giraban por el suelo, golpeándose y empujándose el uno al otro. Los ojos del chico se cubrían en moretones al igual que las mejillas de Greg. Sus brazos se llenaban de rasguños, mientras que las heridas del demonio volvían a abrirse. 

Retomando el control de la pelea, nuevamente cegado por la frenesí, Greg tomó el cuello de su capucha y lo levantó en el aire. Abriendo su única garra bajo sus narices, comenzó a darle una paliza. Puño tras puño aturdían la cara del chico. Más mechones de cabello blanco se descubrían, cubriendo sus ojos. Robin sujetaba el brazo del demonio esforzándose porque lo dejara ir, pero Greg no tenía intenciones de parar. Gritando y forcejeando con todo su aliento, insultaba al chico. Lo llamó un imbécil, un cobarde... y un completo estúpido.

Tamara lentamente recobrando sus sentidos, pudo oír aquellas palabras a la distancia. Vio bajo el arco de la puerta a los seres luchando ante la luz del sol. Sus siluetas poco a poco se distorsionaban cobrando formas muy familiares. Esas palabras eran las palabras que Tamara dijo alguna vez, las podía recordar bien. Miraba atenta cada golpe y cada puño de su padre, y como lentamente sus afiladas manos se volvían unas garras monstruosas y gigantes. La mano que ahora sujetaba su cuello estaba vendada y parecía humana. Y frente a ella, pudo ver a sus propios ojos llenos de ira. Golpeaba al chico de la capucha, que se había transformado en el vívido recuerdo de su compañero.

-Teru...- Decía Tamara dolida, siendo maldecida por el recuerdo que nunca podría dejarla. El demonio distraído por su voz, volteo a mirarla. Su hija estaba ahí, con todo su cuerpo congelado. El escorpión se alejaba lentamente de ella, al ver como su brazo comenzaba a temblar otra vez. Sus ojos se volvían cristalinos, y su cara se arrugaba. Sus sollozos eran ahogados, y aún así no se permitía a si misma soltar una sola lágrima. Robin dentro de su cuerpo con dos almas, pudo reconocer su nombre. De todas las formas en las que le habían llamado, nunca lo habían hecho de tal forma. Ambos seres ahora contemplaban intranquilos a la chica temblorosa.

-Niña...- Los brazos de Greg se cayeron como troncos, liberando al chico adolorido contra el suelo. Este, con su cuerpo adolorido, hacia un esfuerzo por ponerse de pie nuevamente.

-No... ¡No!- Tamara se empezaba a alterar. Llevando sus manos a la cabeza, se arrodilló contra el suelo. Su brazo se había tornado púrpura, y se sacudía de una forma desigual. Su respiración se aceleraba al igual que sus pensamientos. 

-¡No! ¡¡Yo no soy como el!! ¡¡¡No!!!

Greg y Robin no podían hacer más que contemplar, sus cuerpos no respondían. 

Su brazo morado crecía más y más, hinchándose y mostrando sus tentáculos. La chica gemía lidiando con el dolor de la mutación. El color de su brazo se esparcía como ramas espinosas alrededor de su cuerpo. Se clavaban en su piel, y rápidamente llegaban a su cuello. 

-Ay no... ¡Niña!- Greg finalmente reaccionando, corrió hacia su hija para poder atenderla. Pero ya era demasiado tarde. Todo su cuerpo se había hundido en la oscuridad, transformándose en una estatua de obsidiana. Los rasgos de su rostro desaparecieron, y solo entonces dejó de temblar.

El demonio se detuvo ante ella, analizando en que cosa se había transformado Tamara. Greg completamente atónito, tembloroso estiraba su mano frente a ella. Quería ver si aún podría reaccionar, si aún estaba con vida ahí dentro. 

Pero antes de que pudiera tocarla, los ojos de la niña se abrieron brillando como faros hacia el cielo. La piel rocosa de Tamara se agrietó hasta volar en una violenta explosión de masa rojiza. Se estaba transformando en una criatura irreconocible. El escorpión no podía hacer más que mirar en terror como la historia se repetía otra vez.

-Oh no...- Greg suspiraba impactado.

-¡Es la primera vez que veo una reacción a este grado!- decía Robin detrás de él.

-¿Que?...- Algo no estaba cuadrando dentro de las suposiciones de Greg.

La baba rojiza comenzó a tomar forma y textura mientras se alzaba al cielo. Era una torre amorfa de masa rojo neon la que expulsaba sus tentáculos a la luz. Y en la cima de aquella torre, se formaba la cabeza de una bestia de cuernos, colmillos y melena oscura. Gritaba y rugía mientras destruía sus alrededores con sus miles de brazos. Sus ojos eran amenazantes, pero huecos de interior. Se siguió alzando hasta tocar el techo del castillo, donde se retuvo agrietándolo. 

Mientras Greg y Robin miraban la bestia descontrolada frente a ellos, uno de sus tentáculos se disparaba para atacarlos.

¡Salta!- Le gritó al demonio. Ambos saltaron, viendo como bajo sus narices el tentáculo perforaba el suelo.

-Espera, ¿tú no eres Arzon?- Greg decía confundido.

-¿Arzon? No, yo soy Robin, ya te lo dije... También estoy buscando a Arzon.

La teoría que Greg tenía dentro de su cabeza se había desmoronado, todo perdió el sentido y la coherencia para él.

El chico investigaba sus alrededores con la mirada, intentando pensar que podía hacer ahora. Detrás del monstruo, el pequeño chico escorpión parecía estar entrando en pánico. Su cabeza le dolía y su respiración se agitaba. Entonces en una de sus pinzas, se formaba una masa oscura como el carbón que la envolvía. Se hinchaba y formaba tentáculos también. Pero el con todos sus esfuerzos intentaba retenerla.

Robin vio en la criatura la respuesta al problema:

-Ya se, lo tengo.

-¿Sabes cómo parar a la niña?

-Si, yo me encargo de esto.- El chico llevando sus manos a los bolsillos, tomó un familiar botón escarlata. Disparando sobre este su característica neblina púrpura, lo activó. Tintineando y abriendo sus alas, el demonio desprevenido no vio venir sobre el aquel artilugio. Una red se abrió por encima de su cabeza, y lo atrapó. 

El chico tomando la responsabilidad, lo cargó sobre sus hombros. Ahora Greg era la mochila de carga.

-¡Oye! ¿Qué significa esto?

-Es por seguridad.

-¿¡Seguridad?!

-Vamos, Nick.- Robin esperaba la respuesta de su compañero.

-Entendido, andando.- Nick respondía dentro de la mente del chico.

Entonces, Robin subió rápidamente las escalinatas sobre la puerta. Saltando desde el barandal hacia la pared, se agarró de una de las cortinas destruidas. Columpiándose y con sus pies corriendo sobre las murallas, generó la velocidad que necesitaba en un gran arco. Esto desplomaba lo que quedaba de la cortina. Soltándola y propulsándose a la pared frente a él, disparaba sus flechas hacia los tentáculos que querían atacarlo. Tocando con sus manos la muralla, dio hábiles saltos de una a otra, disparando más flechas en el aire. 

Los tentáculos de la bestia roja se retraían ante el dolor. Esto hizo que el monstruo se moviera de manera más violenta. El techo que se agrietaba comenzaba a desmoronarse, hasta que de un rugido se abrió en un enorme hueco hacia el cielo. 

Aterrizando y deslizándose por una de las murallas, veía los gigantescos escombros de ladrillo caer ante la luz del sol. Detrás de ellos, se alzaba el alargado cuello del monstruo hacia el sol. El chico con las piedras a punto de caer sobre él, brincó de un escombro a otro, subiendo gradualmente hacia la salida.

Tentáculos intentaban atacarlo destruyendo los escombros, pero la agilidad de Robin no tenía competencia. Sujetando sus pies firmemente del último escombro, se propulsó como un cohete hacia la  salida, sobrepasando el enorme agujero en el techo. El aire y sus ráfagas azotaron el cabello del chico, y la bestia contemplaba ante ella el diminuto ser que volaba sobre su cabeza.

Robin parecía estar estático mientras veía bajo él, el monstruo amorfo que solía llamar su amiga. Sus miradas colisionaban, pero Robin no podía entender que veía en los ojos de Tamara. Dispuesto a averiguarlo, tomó aire y se preparó para el siguiente paso de su plan.

-¡Bien!, ¿¡y ahora que!?- Greg preguntaba gritando, el aire lo ensordecía.

-¡Nos vamos adentro!

-¿¡Adentro!? Oh no, no, no, ¡Alto!- Greg se asustaba pensando en cómo iban a sobrevivir a esta. Robin sin oír ni una palabra de la carga sobre su hombro, se lanzó en picada contra la cabeza del monstruo. Este abrió sus mandíbulas, pero no para recibirlo. Desde sus entrañas, surgió una lluvia de afilados tentáculos que rasgaban la ropa de Robin. Sus hombros, torso y cara ahora tenían cortes finos sobre ellos. 

Mientras más se acercaban, más eran los tentáculos que le golpeaban. El brillante cielo azul se había bañado en rojo. Recibía en su cuerpo todos los cortes posibles, pero aun así el chico no encontraba la razón de darse por vencido. 

Greg no hacía más que mirar en shock la resistencia de su rival, que ahora sobrepasaba los gigantes colmillos de la bestia. Se percató de que estaban sobreviviendo, que el plan funcionaba. O que al menos, él estaba sobreviviendo.

 

 -Capítulo 20: ¿Qué Eres Tú?-

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